Yo, por Andrea, mato, por Ernesto Carratalá

A estas alturas de la película, ni a Abundio, ese que asaba la manteca, se le ocurriría pensar que la asfixia a que nos tienen sometidos los poderes públicos de este país tiene su origen en España.

Cierto es que de todo hay en la Viña del Señor. Desde que somos un país que vivimos por encima de nuestras posibilidades, hasta que el derroche ha generado más gasto como consecuencia del generalizado subsidio en que vivimos. Si no es así, nadie se explica cómo pueden vivir cinco millones de parados sin quemar Moncloa, por poner un ejemplo, que ya se sabe que “por mi hija mato”, que diría la emblemática Belén Esteban.

Pero también es cierto que gran parte de este “marrón” ni lo hemos comido ni bebido. Salvo el desaguisado provocado por un político que se creyó el ombligo del mundo y el mejor economista de la tierra, José Luis Rodríguez Zapatero, aquí la clave de lo que está pasando tiene su origen en algo mucho más profundo que la crisis provocada por Lehman Brothers, las hipotecas “subprime”, o la falta de liquidez financiera.

Lo que está en juego, y no sé si con la complicidad consciente de la derecha europea, es la ruptura de un contrato social que lleva funcionando setenta años en el Viejo Continente, y unos cuantos menos en este país. Un contrato que ha permitido a las clases medias y modestas mirar para otro lado, dejar a los políticos hacer lo que les diese la gana, a cambio de cierta estabilidad social.

El ciudadano les votaba. Les daba un cheque en blanco. Aceptaba el sistema a cambio de que la clase política les garantizase un sustento económico, y una serie de servicios básicos, sanidad, educación y pensiones principalmente. Es lo que se  llama Estado de Bienestar Social.

Se quería evitar, de esa manera, convulsiones que originasen situaciones como la vivida en la Alemania nazi que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, Parece ser que los herederos de aquellos políticos han olvidado la historia. Y, sin medir muy bien las consecuencias, temerosos de los poderosos agrupados en torno a los llamados “mercados”, están dispuestos a seguir alimentando la avaricia de los mismos.

He aquí la cuestión. La historia parece repetirse. Alemania no olvida que por su nacionalismo desmedido, provocó la mayor catástrofe vivida por el ser humano. Las protestas producto de la asfixia social están desembocando en nacionalismos más o menos extremos. Hungría ha elaborado una Constitución que no se identifica, ni en la forma ni en el fondo, con el espíritu del Tratado de Roma, el fundacional de la UE. Austria protesta por el trato de favor que se ha dado a España con el déficit público. Grecia está con un pie fuera del euro. Alemanes y franceses no hacen más que quejarse de tener que mantener economías mucho más débiles que las suyas. Y la sombra del extremismo, del neofascismo, vuelve a surgir en una Europa cuya construcción se desmorona como si sus cimientos se hubiesen fabricado a base de barro.

¿Qué nos depara el futuro? No se sabe. Pero una cosa parece clara. O se impone cierta sensatez por parte de unos políticos de segunda división, o la situación puede acabar con ellos en los tribunales de justicia, como ha pasado en Islandia, o, peor aún, en la hoguera producto de la violencia porque, como diría la Esteban, “yo por Andreita mato”.

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