Yo, de pequeño, quería ser negro, por Gabriel Merino

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Uno a veces se pregunta si es excesivamente pragmático y utilitarista o, por el contrario, ha desaprovechado las oportunidades de la vida. Cuando haces balances y echas la vista atrás, dicen que es de soberbios y estúpidos no arrepentirse de nada pero, lo cierto, es que compadezco a aquellos que se están quejando siempre de lo que dejaron de hacer, del cruce de caminos en el que tomaron una dirección equivocada, de los errores cometidos o de sus decisiones poco o nada acertadas. Si observo –ahora que estoy en capilla de un nuevo cumpleaños, fechas que parecen marcar pequeños puntos de inflexión- por dónde, con quién y hacia dónde ha derivado mi vida, naturalmente que hay cosas dolorosas, imperfectas, deficientemente hechas o mal decididas pero llegar hasta aquí ha sido básicamente más feliz que otra cosa.

Y no es que sea conformista. Ni que me encante todo lo que me rodea. He empezado a reflexionar qué esperaba yo de la vida cuando era pequeño. Me gustaba inventar, leer, descubrir. Pero a diferencia de los otros niños de clase que decían que serían de mayores futbolistas, astronautas, actores, bomberos, científicos o herederos del negocio o de la profesión de su padre, recuerdo vívidamente que cuando era muy chavalín, lo que me parecía verdaderamente molón –quizá porque ya desde entonces sabía que era prácticamente inaccesible- era ser negro. No mayor, ni rico, ni mujer -que entonces no lo era y, en algunos casos, también sabía que era altamente improbable que llegara a serlo- sino negro. Hace poco hice este comentario entre algunos amigos de aquella clase de primaria  y salió –claro- el consabido chiste sobre la presunta envidia relativa al supuesto hiperdesarrollo genital de la raza. Y qué va: nada más lejos. Ni de niño pensaba en eso ni ando con excesivos complejos de tamaño. Se trataba más bien de una admiración por lo abiertamente diferente, por el exotismo de ser minoría, por su rasgo completamente original dentro de la masa general, por su huida de la uniformidad.

Es verdad que la mayor parte de los negros que conocíamos entonces eran fundamentalmente iconos fílmicos, artísticos o deportivos. Que corrían veloces, que cantaban como los ángeles, que jugaban al basket. Había algún niño y niña negros en el cole, y eso en un tiempo en que era más raro que ahora. Su diferencia de color de piel siempre me despertó un rasgo de curiosidad simpática más que de rechazo –los niños son extrañamente primigenios en sus gustos y ascos-, e incluso me despertaba internamente un íntimo elogio absurdo de la diferencia. A medida que fui creciendo me dí cuenta que los negros, como las chicas, como otros colectivos diferentes o minoritarios podían llegar a  ser considerados por el grupo “el enemigo”. Pero incluso luego en la adolescencia recordaba que de niño, más que llegar a ser ingeniero de caminos como quería mi padre o aventurero como Indiana Jones, lo que me hubiera gustado es ser, como los negros, abiertamente diferente a primera vista. O diferenciado. Lo cual, con el tiempo, ya me dice algo de por qué entonces muchas veces no oía, leía o jugaba a lo que la mayoría.

No me arrepiento en absoluto de aquella aspiración; en el fondo la veo con cierta melancolía. Preferí el trampolín al fútbol, la poesía a las discotecas, la filosofía a la convicción política, el espiritualismo a los dioses. Hubo momentos en que ese supuesto contracorrentismo me hizo sentirme sólo, aunque en otras ocasiones, esa diferencia me hizo un ser extrañamente atractivo. Me llevé tantos elogios como críticas. Batacazos. Curiosidades. Creo que eso fue lo que me enseñó a ponerme con facilidad en el lugar de otros y a no aceptar mansamente todo lo que era del gusto de las mayorías.

Elegí a mi pareja por mí mismo y por ella, no por lo que opinaran los demás. Aunque hice el cou de ciencias al final hice una carrera de letras. Me independicé y me casé pronto. Empecé – de pura chimba- a trabajar dedicadamente en algo que me llenaba y me gustaba. Tardamos años en decidir tener una hija y, contra lo que decían los partidarios de la parejita, se quedó en hija única; gasté en mis gustos sin hipotecarme en exceso, viajé rutas y conocí cosas no siempre tan amables como aparecen en los libros de instrucciones o guías de viaje, hice buenos amigos de raza, condición y creencia diferentes, renuncié a veces a ascensos a costa de decir lo que pensaba, voté sin afiliarme y siempre  me deslumbró lo nuevo, lo desconocido o lo diferente. Aún me pasa.

Es verdad que tomé muchísimo sol hace años, pero nunca llegue a ser negro. Disfrazarme de negro con betún en plan cantor de jazz siempre me habría parecido una burla o una impostura. Y cuando tuve ocasión de tener amigos negros me dí cuenta que podían exactamente ser tan inteligentes o tan necios como los blancos. Pero a veces – a mí algunas músicas me pierden- oigo a la Kidjo, o aquella música de los créditos de “Raices” o -¡yo, que soy ateo!- un gospel y me invade de nuevo aquella extraña envidia infantil por ese acto cotidiano de levantar tu cara, abiertamente diferente, con conciencia y reivindicarte y… eso, aunque voy envejeciendo, me hace estar orgulloso de que, cuando era niño, más que esa general ambición de ser obispo, cantante, famoso, jefe o delegado de clase, lo que me hubiera apetecido de verdad es ser negro.

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