Y también dos huevos duros, por Javier Astasio



Las elecciones del domingo, una especie de Q1 de la política española son mucho más trascendentes de lo que parecen, entre otras cosas, porque de ellas depende la política de pactos que se vaya a llevar después de las de mayo, en ayuntamientos y otras comunidades autónomas, y, a final de año, para el gobierno del país.
Quizá por eso todos, para salir bien en la foto, andan enseñando su lado mejor y escondiendo en los cajones todas esas fotos de la familia que cuentan a la perfección el pasado, pero les pueden poner en evidencia ante las visitas y, sobre todo, ante los nuevos vecinos, si es que te ves obligados a dejarles entrar en casa.
Todos, salvo algunos, tan soberbios como Felipe González, genéticamente incapacitado para admitir sus errores y más que ufano de una etapa de este país que pese a haber sido obra de todos y de que, si salió adelante, fue gracias a la determinación, el sacrificio y las renuncias de toda una generación de españoles que, ahora, contemplan decepcionados en qué han quedado muchos de aquellos sueños que fueron de todos, han escondido sus fotos. Todos, salvo González, avergonzados, han escondido esas fotos. Todos menos Felipe que debe sentirse una especie de Moisés que ahora contempla la tierra de promisión, en la que él si entró, desde lo alto de un monte.
No puede ser que González borré de un plumazo más de un siglo de Historia y ponga como modelo único e irrenunciable aquella constitución, la del 78, que, pese a tener en sí misma el mecanismo para su reforma, nunca se ha modificado, salvo para canalladas como la reforma del 135, con nocturnidad y alevosía, de espaldas a la ciudadanía, a la que no se quiso consultar, tal y como González hubiese querido hacer con la entrada de España en la OTAN, que no llevaba en su programa salvo en aquella eslogan de trilero que fue el eslogan "OTAN, de entrada no". No puede ser que el político que más años ha estado al frente de nuestro país en democracia borre de un plumazo la constitución republicana de 1931 que el pueblo defendió con las armas y que marcó por sus logros y por el castigo que sufrieron sus defensores más de cuatro décadas de la vida de nuestro país.
No puede ser que el señor González tenga ahora ese gesto de soberbia para con los jueces que tuvo en su entrevista de ayer para EL PAÍS, proclamando que no puede ser que sean ellos quienes, a cuenta de las imputaciones, sean ellos quienes hagan las listas de los partidos, como si no hubiesen sido los propios partidos, con la ayuda de sus coros mediáticos quienes se han venido reclamando dimisiones e inhabilitaciones por algo que no es una condena sino un estado más del proceso. No puede ser que González desprecie de esa manera la labor de un estamento, el judicial, que pese a sus defectos, es la única garantía para corregir los excesos de unos partidos, todos o casi todos, ensoberbecidos que han olvidado que están ahí para servir al Estado y no para servirse de él.
Pero, si lo de González es escandaloso, más lo es lo de esa señora que parece habérsele comido por los pies y que se empeña en imitar sus gestos y su labia, con esa mezcla extraña de altivez y humildad en sus intervenciones públicas, esa Susana Díez que renunció a un gobierno estable y convocó estas elecciones anticipadas para salvar los muebles frente al Podemos emergente y que ahora puede verse obligada a pactar con la derecha que es Ciudadanos si quiere gobernar de nuevo.
Eso, por no hablar de Rajoy que, consciente de sus su candidato sigue siendo transparente a los ojos de los andaluces, está trabajando como nunca en la vida, saliendo a dos mítines por semana en una tierra por la que apenas había asomado, un esfuerzo que ha debido agotar a sus neuronas, hasta el punto de que ha llegado a prometer para Andalucía un millón de puestos de trabajo, más de los que ja llegado a prometer en el resto de España. 
Como dijo una vez el propio González citando a Marx, Groucho, "y también dos huevos duros". Porque las promesas de Rajoy son como las disputas de los niños y ya sabemos cómo son los huevos duros que gasta Rajoy.


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