¿Y por qué no Richard Clooney?, por Javier Astasio

 
 
Fue ayer, en plena jornada de liga, y no debe extrañarnos que así fuera, porque, de siete días que tiene la semana, sólo quedan tres sin liga, lo que no quiere decir sin fútbol. Fue ayer cuando se emitió el último capítulo del serial correspondiente al fichaje galáctico de todos los veranos. Fue ayer cuando, por fin, se nos dijo que Gareth Bale, la estrella galesa del Tottenham, jugará en el Real Madrid las próximas seis temporadas. Fue el colofón de tres meses de una historia interminable, no apta para gente dada a los ataques de ansiedad, tres meses de "ya está, aunque falta un detalle" tres meses de sembrar la inquietud en el vestuario del Bernabéu, donde más de uno habrá pasado el verano tentándose la ropa, al verse en peligro por la llegada de un "compañero" que, para resultar rentable en lo económico, lo deportivo, como con Beckham, queda al margen, está como esté, debe saltar al campo cada domingo.
No hay más que leer los titulares de las informaciones que recogen el fichaje, para darse cuenta de que la operación, al menos desde el punto de vista deportivo, tiene gato encerrado: "Bale, más precio que currículum" o "El Madrid rompe el mercado" son sólo un ejemplo que nos pone sobre la pista de lo que estoy hablando. Aquí -que me perdonen los madridistas- Florentino Pérez se ha comportado como aquellos capos del estraperlo que, con el tiempo, acabaron siendo asentadores, si no políticos directamente, que, con los bolsillos llenos de billetes, a la hora de comprar un coche pedían siempre "el más grande que haiga", hasta el punto de que, para la gente, cualquier coche que excediese de determinado tamaño y más si era abundante de niquelados, paso a ser un "haiga".
Se me dirá, ya me lo dijo en Facebook mi amigo Manolo Fernández, que el dinero con que se paga el fichaje no es dinero público y que aunque, sin llegar al récord de Bale, también se han pagado cifras escandalosas por jugadores como el hoy barcelonista Neymar. Y se me dirá con razón, porque uno y otro fichaje son una especie de afrenta a quienes lo están pasando mal en medio de esta maldita crisis y lo es en un país en el que los clubes de fútbol deben cifras escandalosas a la Seguridad Social y a la Hacienda Pública. Y eso es lo malo que Real Madrid y Barcelona se gastan millones y millones en jugadores que, en el mejor de los casos, fuerzan a que otros equipos, aunque no puedan, gasten lo que tienen y lo que no en "comprar" jugadores que, con suerte, estrechen el foso que separa a los dos "grandes" del fútbol español de los no tan grandes. Y todo, porque, a la hora de percibir los derechos de televisión, parece que  no todos juegan en la misma liga.
El de Bale es, hasta ahora, el fichaje más caro de la historia: un mínimo de noventa y un millones de euros en la operación de traspaso, más un mínimo de once millones al año como sueldo del jugador, haga lo que haga en el campo. Una barbaridad, pensaréis muchos como yo mismo lo pienso. Aunque, para eso, los que defienden la burbuja inflacionista del mercado futbolístico también tienen respuesta, porque insisten en que el dinero pagado se recuperará en la venta, a precios astronómicos por cierto, de las camisetas con su nombre y en la parte correspondiente de los derechos de imagen del jugador. Entonces yo me digo: puestos a buscar modelos publicitarios y perchas para sus camisetas, jueguen o no jueguen al fútbol, por qué no Richard Clooney que al menos invertirá parte de lo que gane en buenas causas y no en horteradas.
 
 
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