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Y ahora, ¿qué?, por Javier Astasio

 
Lo peor de cualquier situación, especialmente las malas, es que se enquiste, que no haya nada ni nadie capaz de desatascarla, y, aunque quiero creer que hay movimientos discretos entre quienes sacar a Cataluña de la ciénaga que la asfixia, para encontrar una salida legal, sólida y aceptable por todos, es demasiado evidente que hay quienes, profetas del todo o nada, prefieren hundir el barco a que llegue a otro puerto distinto al marcado en su delirio.
Es evidente, también, que, por más que los justifiquen y corrijan, habrá un antes y un después de los mensajes del deprimido y derrotado Puigdemont a su ex conseller Comín. Mensajes sobre los que aún hay mucho que explicar, pero que ahí están, como síntoma del cansancio de quien lleva demasiado tiempo pedaleando sobre una bicicleta de piñón fijo y que sabe que, en cuanto deje de hacerlo, caerá irremisiblemente sobre el asfalto de la realidad.
En Cataluña, como en todas partes, hay quienes llevan años trabajando por sus ideales, encuadrados en partidos o no, peleando en parlamentos y ayuntamientos, trabajando en los barrios y los pueblos, con los de abajo y los de abajo, y hay quienes, cuando los resultados de las elecciones se prometen felices, aparecen en las listas, como mercenarios que, a cambio de su nombre o su "experiencia", de lo que adornan sus nombres en las listas, consiguen figurar en los puestos "de salida", asegurándose un puesto de trabajo para cuatro años.
De estos últimos estaba llena la lista de Puigdemont, una lista que parasitó al PDECAT y que, en aras de la cohesión, invocando las prisas y el "tirón" electoral del president cesado, se llenó de todos esos fieles a su persona, más que a las propias siglas, que, ahora, se han transformado en un núcleo duro, cismático e inmovilista, en lo que debería haber sido el partido heredero de aquella Convergencia que aglutino a la derecha burguesa catalana.
Por desgracia, Cataluña parece condenada a la eterna división, a la multiplicación de siglas que esconden o tratan de esconder el pasado o las intenciones. El partido con el que Puigdemont llegó a la Plaça de Sant Jaume ve ahora al exiliado como un obstáculo para esa salida necesaria que ya está tardando en llegar.
Dicen que Puigdemont y los suyos, ese grupo de Junts per Catalunya ajeno al PDECAT, se empeñan en torpedear cualquier salida posible, porque lo que persiguen en forzar la convocatoria de unas nuevas elecciones a las que el soberanismo acudiría, muy posiblemente, unido y con él como cabeza de lista. Sin embargo, a nadie se le escapa ya que una cosa es ganar elecciones y otra poder gobernar y que, para esto último, la única salida es ponerse a bien con la justicia española y eso, hoy por hoy, sólo es posible si el expresident "se entrega" de una vez en España.

Dicen también que se trabaja en otra salida que sería la de convertir a Puigdemont en una especie de regente, de reina madre en el exilio, que pusiese a salvo su dignidad herida, convirtiéndole en un nuevo e innecesario Tarradellas en Saint Martin le Beau al que ir de vez en cuando a consultar y rendir pleitesía, algo tan artificial como innecesario y que, a mi modo de ver, no se correspondería con los méritos de quien ya anda buscando casa en Waterloo, carísima zona residencial cercana a Bruselas, de infaustos recuerdos para quienes, como Napoleón, quisieron abarcar más de lo que podían apretar.
En tanto toman forma esos movimientos soterrados que sin duda se estarían produciendo, sólo cabe esperar y confiar en quienes, como el president del Parlament, Roger Torrent, parecen tener la calma y el buen entendimiento que son tan necesarios para alumbrar el camino de salida.
Evidentemente, la calma y la discreción no les harán populares como el histrionismo o la mística han hecho populares a Puigdemont o Junqueras, pero en el "y ahora qué" en el que estamos son ellos los realmente necesarios.

 
 
 

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