Y ahora, la bienvenida, por Javier Astasio


El día en que nos dejamos engatusar con eso de que el libre mercado, la desregulación, favorecía la competencia y que sería ese mismo libre mercado el que acabaría por auto regularse para beneficio de los consumidores, el día en que nos convencieron de que daba igual el color del gato no importa, si, al final, caza ratones, ese día comenzamos a resbalar por la pendiente que lleva a la miseria moral y económica de todo un pueblo.
No hay más que ver dónde están hoy, cómo viven, quienes nos contaron lo del gato blanco y el gato negro, quienes nos decían que la rigidez la gestión pública y controlada de lo que al fin y al cabo es de todos acabaría asfixiando, cargándose, nuestro progreso y bienestar, y dónde estamos nosotros con nuestros sueños.
Ellos, los que nos engañaron, están disfrutando del botón, propio o de sus amigos, en largas jornadas de pesca en el mar, viendo pasar las horas en mansiones que son ajenas, pero siempre son de algún amigo agradecido y codeándose con quienes lo tienen casi todo de todos,  los que acaparan la riqueza de países enteros, esa riqueza que proviene de la explotación y la desigualdad y que debería volver a su origen redistribuida mediante los impuestos, aplicando esa consigna ya olvidada de que pague más quien más tiene.
Siguiendo un diabólico plan, haciéndonos creer que éramos ricos, nos tomaron como rehenes en una carrera suicida por bien quien bajaba más los impuestos. Un plan en el que necesitaban nuestros votos para disfrazar de democracia lo que no es más que el golpe de estado silencioso de quienes pretenden imponer la crueldad de las leyes del mercado, sus leyes, a quienes, para defenderse, sólo disponen de su trabajo.
Nos quitaron la dignidad de ese trabajo, obligándonos a hacerlo en condiciones miserables por unos salarios que han pasado a ser de hambre, nos quitaron nuestros ahorros para jugárselo en la bolas o en la ruleta rusa de la especulación inmobiliaria y, a muchos, les quitaron sus casas, pagadas a precios delirantes, precios inflados mediante los créditos con que se pagaban los sueldos y los retiros de oro de los colaboradores necesarios del plan y, ahora que comprar una vivienda es, para casi todos, un sueño inalcanzable, nos expulsan de ese paraíso de segunda que ha sido para muchos poder vivir en la casa en que nacieron o en el barrio en que quieren vivir por un alquiler razonable. Necesitan esos piaos en barrios amables y encantadores, para convertirlos en apartamentos de fin de semana, más baratos que un hotel, menos estrictos en las normas que un hotel, que se llenan de jóvenes ansiosos de disfrutar de nuestra fiesta legendaria y nuestras copas baratas, convirtiendo sus calles en caravanas de ruidosas maletas con ruedas, después de haber llenado los bolsillos de quienes, después de dejarnos sin nada, nos están quitando nuestros barrios que sólo quieren como paisaje y reclamo para su cruel negocio.
Poca gente puede acceder a los alquileres de eses apartamentos que, en cuatro fines de semana de ocupación, triplican o más el alquiler que pueda pagar una familia, por seo esos barrios se quedan sin niños y sin ancianos, para vivir de lunes a jueves la resaca de una fiesta que nos está costando nuestra identidad y la misma felicidad.
Algo habrá que hacer para poner coto a este desfalco que se está gestando en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga y otras tantas que esperan a la cola, ciudades a las que se llega desde cualquier punto de Europa a costa de sembrar inútiles toneladas de CO2 en nuestros cielos, porque la fiesta que buscan quienes vienen aquí la podrían tener en cualquier parte.
Nos han quitado los ahorros, el trabajo, y ahora quienes quitarnos nuestras casas, para, gracias a gobiernos marrulleros y consentidores, llevar sus beneficios a paraísos fiscales desde los que retroalimentar los fondos que seguirán comprando edificios enteros hasta convertir mi ciudad, tu ciudad en un decorado sin alma, casi de cartón piedra, para la fiesta.

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