Wertgonzoso, por Javier Astasio


La verdad, no sé de qué nos asombramos. No sé qué es lo que nos extraña de la actitud del ministro de Educación y Cultura. Mo sé por qué alucinamos en colores cuando comprobamos el desprecio con que trata, por ejemplo, la escuela pública. El como buen pilarista que fue sabe que el mundo se divide entre quienes apellidos y patrimonio y quienes no son más que ese triste quiero y no puedo de quienes, en lugar de defender y mejorar la escuela y los institutos del barrio, hacen juegos malabares para llegar a final de mes después de haber pagado el carísimo colegio de élite al que mandan a sus hijos para convertirles el resto de su vida en desclasados condenados de piedra a las fiestas de los ricos y poderosos.

Conozco algún caso de gente humilde de mi barrio, con un oficio humilde, que se esforzaron en echar el resto en la educación de sus hijas, llevándolas a un elitista colegio bilingüe, compartiendo aulas y patios con compañeras a las que jamás pudieron invitar a un cumpleaños en la humilde casa a la que, como cenicientas de uniforme, tenían que volver todos los días, como invitadas incómodas un mundo que no es ni será el suyo.

Todo esto viene a cuento de la última bengala lanzada por el ministro Wert, acostumbrado a prender fuegos donde no los hay con el único fin de desviar la atención de lo verdaderamente importante que, aquí y ahora, no es otra cosa que el enorme deterioro que se ha producido en la enseñanza pública. Un deterioro orquestado por este ministro y los consejeros territoriales del ramo que no persigue otra cosa que la expulsión del paraíso de la enseñanza universal, obligatoria y gratuita a quienes pueden hacerles sombra en el control político y económico de este país.

El fogonazo de ayer no tenía otra finalidad, conseguida de pleno, que la de hacernos hablar de su presunta torpeza antes que del desastre hacia el que lleva todo lo que depende de su departamento.

Si hablamos de os pobres niños catalanes "condenados" a no sentirse orgullosos de ser españoles, no lo hacemos de los niños amontonados en clases abarrotadas en las que, por no tener, no tienen un pupitre en el que sentarse, porque no cabe en el aula, ni existe la posibilidad de repartirlos en dos aulas, porque el profesor que tendría que hacerse cargo de ella fue despedido hace meses.

Si hablamos de la españolización de los alumnos de las escuelas en Cataluña, no hablamos de esos casi dos millones de niños españoles que, hasta ahora, hacían su única comida, si no decente, sí ordenada dentro de la escuela, de la que ahora se les ha excluido.

Si hablamos de este conflicto inventado, algo que se ha podido comprobar una y otra vez, en los tribunales, no hablamos de los privilegios que se siguen financiando a los colegios sectarios, elitistas y confesionales, como ese al que fue el ministro, mientras miles de profesores, los que marcaban la diferencia de la calidad en la enseñanza pública, son enviados al paro con el tenebroso horizonte de ser repescados por mucho menos dinero por esos colegios que se llevan el dinero que debería haber ido a los centros públicos donde ejercían.

Pero, más allá de todo eso, lo que no deja de ser preocupante es el verbo empleado por el ministro Wert y que no es otro que "españolizar". Un verbo que suena a evangelizar, adoctrinar, deformar y uniformar. Parece que, en un territorio caracterizado por el gran prestigio de sus pedagogos, quiera volver a aquellos tiempos en que a los niños se les quitaba la fea costumbre de hablar su lengua, el catalán, a hostias.

Esa es la diferencia entre una educación en libertad, de valores y solvente como la Educación para la Ciudadanía y la franquista Formación del Espíritu Nacional a la que nos quiere devolver Wert, que nos querría con el babi a rayas, el brazo en alto y la cara al sol.

Ayer tarde, mi amigo Isaías Lafuente lo explicaba certeramente en twitter "No me gusta que se españolice a los niños catalanes, como no me gustaría que se españolice al mío que es madrileño".

Pues eso.

 
 

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