VUELVE LA INTOLERANCIA, por Javier Astasio

Nunca sospecho el PP, y no hay más e ver la cara de funeral de sus dirigentes para confirmarlo, que iba a cocerse en su propia corrupción y que ese cocimiento iba a ser a fuego lento, tan lento para que cada uno de sus escándalos soltase todo el jugo, llenando el aire con toda su hediondez hasta hacerlo irrespirable. Nunca lo sospechó, pero, aunque quizá sólo por instinto, se ha estado preparando para lo peor a lo largo de estos cuatro años. 
Lo ha hecho a conciencia, blindando a sus "cargos" en las empresas amigas  o públicas, cubriendo a sus dirigentes más contaminados por la corrupción con el escudo del fuero, aunque para ello tuviesen que quitarse la máscara delante de todos, otorgando embajadas y canonjías a los más aguerridos y vergonzantes de sus "gladiadores" que cómo el exministro WERT, hoy embajador ante la OCDE en París, se dejó la piel y el prestigio defendiendo una ley de Educación infumable, asegurándoles, en fin, un futuro apacible en agradecimiento a los "servicios prestados".
Pero, siendo eso grave, lo más grave es el campo de minas y los francotiradores que han sembrado a su alrededor para mantener a raya a todo aquel que osase plantarles cara en la calle, la prensa o sobre los escenarios y lo han hecho con la pasividad de una oposición, no sé si aturdida o remolona, que se conformó con quejarse del rodillo parlamentario que, con su voto, pusieron en su mano once millones de ciudadanos, de los que muchos hoy están arrepentidos. Lo hicieron con la pasividad del PSOE que tardó en darse cuenta de que su lugar estaba en la calle con quienes estaban sufriendo en sus carnes la crisis que ellos no supieron diagnosticar.
Leyes y reformas, como la del código penal, que permiten sentar ante un juez a dos titiriteros sólo por haber puesto en manos de uno de sus títeres una pancartita no más grande que media cuartilla, que un policía malo quería "cargarle" a la bruja buena para llevarla a prisión. Leyes y reformas en las que se mantiene como delito lo que no es otra cosa que la blasfemia y que sienta a la portavoz del gobierno del ayuntamiento de Madrid por una protesta llevada hace cinco años, cuando sólo tenía veintiuno y estudiaba junto a la capilla de la facultad. Leyes que amenazan la libertad de expresión hasta el punto de llevar a creadores, actores y ayuntamientos a censurar y auto censurarse para no correr la suerte de los titiriteros.
Pero, como las leyes solas no bastan, este gobierno que aún controla, en funciones, eso sí, la nación, se ha ocupado de amaestrar y cebar a toda una corte de periodistas y opinadores, dispuesto a batirse de columna en columna, de tertulia en tertulia, contra cualquier cosa que amenace a quienes tan buen trato les han dado. Columnistas, correveidiles y opinadores que, con el beneplácito de los titulares de los medios para los que han trabajado y "trabajan" aún.
Lo que está sucediendo en este país está muy claro. Los sátrapas de los que os hablo y tanto os he hablado han quedado obscenamente desenmascarados y, por ello, han perdido gran parte del poder que, durante años, si no décadas, han ostentado. Han quedado retratados como los chorizos, malos gestores y poco atentos a lo social que son. Ya, ni el milagro económico que nos mostraba el ministro De Guindos en sus números de prestidigitador. La fantasía de los millones de puestos de trabajo, en realidad tajadas indecentes resultantes de trocear raciones de trabajo digno, se les han desmoronado también y por eso han recurrido a dos armas hasta ahora infalibles para ellos: el miedo y la ideología.
Dos armas que en sus manos se confunden, porque su ideología es la del miedo. El miedo a una ETA inexistente, el miedo a persecuciones religiosa en las que nadie piensa, el miedo a perder la pensión, insuflado por quienes las están devaluando. Ideología y miedo, pero, sobre todo, intolerancia. Intolerancia contra todo aquello que perturbe su plácido buen vivir, contra todo aquello que nos haga iguales ante ellos, iguales y libres, porque la libertad y la igualdad son y han sido siempre sus grandes enemigos. Por eso, ahora que ya todo lo han perdido o están a punto de perderlo, vuelve la intolerancia.


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