Vivo en un barrio donde la gente se cuela en el metro por la puta patilla, por Gabriel Merino

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Hoy llegaba a casa en metro.

Como siempre que llego o que salgo de casa en metro, al atravesar el vestíbulo de las taquillas había alguien que se estaba colando: se salta el torno, abre las portezuelas de salida o pasa por encima de la valla. Hoy era una familia joven al completo. Sin complejos. El padre abrió la portezuela de salida y la madre pasó por ella con el carrito del niño. Y que conste que mi barrio no es más delincuente que otros. En el vestíbulo hace años que no hay taquilleros físicos y las cámaras de seguridad ya no parecen asustar a nadie. La verdad es que no he visto jamás un vigilante ni un revisor. Como, lo cierto es que,  tampoco he visto nunca un policía municipal en una calle de mi barrio multando esa endémica doble fila de quienes creen que el mejor sitio para aparcar es la puerta de su casa, haya o no haya sitio. Debe tenerlos el ayuntamiento –supongo- para otros menesteres.

Estas cosas antes me rebelaban. Es puro incivismo: como poner las patas encima de los asientos del autobús, oir la música a toda ostia sin cascos, tirar la mierda en la calle fuera de las papeleras o los contenedores o fumar donde no te dejan. Pero aunque yo no lo hago, cada vez lo entiendo más.

Y es que vivimos en un país de urdangarines, bankias, fabras, convergencias, pepés, eres falsos, pantojas y campanarios, amiguísimos del alma, contratas que no hacen nada, magistrados que se van de cena con pasta pública y consideran que no tienen que dar cuentas, obispos que no pagan impuestos y dan lecciones de ética, condesas privatizadoras que echan la culpa de su déficit a los funcionarios, prescripciones y chorizos profesionales que siempre salen indemnes  encima, jaleados. Vivimos en un país en que parece que educar en la ciudadanía –en el civismo- es pecado. Los primeros antisistema son el propio sistema, el establishment; un diputado considera que tiene derecho a llevárselo crudo hasta el fin de sus días por haber currado una legislatura, y eso sin pisar el escaño, porque yo –y cualquiera que mire el congreso, el senado, la asamblea o el pleno de su ayuntamiento- veo muchos vacíos. Un juez cree que por dedicarse a juzgar está por encima del bien y del mal para tirar de la visa del dinero del juzgado. Un obispo habla sin rubores de los pecados que se cometen en los bares de hombres nocturnos que ve cuando va a trabajar –por cierto, que ¿dónde trabajará?-, un presidente de banco nombrado por otro que no sabía cuadrar las cuentas dice que no tiene por qué devolver el dinero que le aporta el estado, porque para algo le han nacionalizado el banco.

Y hay aeropuertos sin aviones, e indemnizaciones a inútiles, jubilaciones a quien no trabajó nunca, aumentos de ratio de alumnos que no parecen influir en la calidad del servicio, delegadas del gobierno que creen que las manifestaciones se deben hacer en la casa de campo, contratas para recoger cartón y papel de la basura a empresas del ladrillo a quienes se les paga religiosamente como proveedor, y cazadores de elefantes, fundaciones sin ánimo de lucro con sede en las Bahamas o las Islas Cayman, programas electorales de mentira…  o  esa subida del precio de transporte público al doble en menos de un año. Con la que está cayendo.

No.

Yo no me cuelo en el metro ni  incito a mi hija a ser tan incívica como los que lo hacen.

Pero vamos: que hay quien le está incitando, no lo dudo.

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