¿Viva la Pepa?, por Gabriel Merino

Si Daoíz, Velarde, Manuelita Malasaña –los indignados de la época- y los de la carga de los mamelucos levantaran la cabeza y vieran que Pepe Botella ya no está en Madrid pero está Ana Botella con sus peras y manzanas, uf... No sé, la verdad, qué hubiera pasado si Bonaparte hubiera seguido después aquí: igual estábamos todos ahora chamullando franchute y divagando esta semana entre si votábamos ahora a Sarkozy, a Hollande o a la Le Pen. Europeos de abolengo. Y  -claro- sin haber pasado por el séptimo ni por Amadeo ni Isabel II ni el himno de Riego ni los carlistas ni los restaurados ni la tricolor ni la cruzada ni el caudillo ni las autonomías ni la transición ni Juanito. Ni la Pepa.

Pero fue que no. Cuatro años después de estos, que pusieron nombres a las calles de nuestro barrio de copas, en el 12 vinieron aquellos vivas a la Pepa aunque, sólo un poquitín más tarde, los sustituyeran los gritos de viva las caenas para recibir a aquel otro Borbón –Fernando VII, el deseado- que había salido previamente por patas para vivir como un rey por Bayona mientras aquí se andaba a tiros con allorsenfantsdelapatrie. Pues así seguimos aún: a flujos y reflujos. La Pepa me parece una constitución de las muy antiguas, de cuando había que convocar a Cádiz a los diputados de ultramar que ya estaban deseando salir corriendo de esto, una constitución prácticamente de posguerra y de libertades estrenadas porque el patrón se había ido corriendo. Y por otra parte, algo inédito. Pero prácticamente sin usar. De 1812, anda que no ha llovido.

Ahora ya, ni llueve. Ni hay indignados. Sigue habiendo un Borbón pero no deseado sino campechano, con yernos plebeyos pero duques y también cortijeros como aquellos del siglo diecinueve. Y tenemos una constitución muy querida y muy respetada por todos, tanto que no se puede tocar a menos que lo mande la Merkel o el FMI y entonces se hace en dos patadas, sin consulta.

Cuando yo estudiaba la Pepa era una constitución que caía bien y parece que sigue cayendo, porque aquí se la celebra como un triunfo de la democracia; con alharacas, cáterings caros y actos oficiales, de esos de los que se hace hasta logotipo. Le llaman constitución liberal –¡qué polifónico y versátil es el adjetivo!-, exacto exacto a como se autodenomina ahora la presidenta de la Comunidad de Madrid. Pero en realidad la Pepa duró en activo bien poquito: dos años, luego los tres del trienio liberal y al final, un ratillo antes de poner en vigor la de 1837. Es decir, que a los de Cádiz les salió niquelada, pero se quedó como el libro de instrucciones del iPad o del homecinema, que se olvida en la caja sin leer y hasta  a veces junto con la garantía sin sellar.

Que para llegar hasta aquí nos  hizo falta una primera constitución, no lo dudo. Que por primera vez  se reconocía que el pueblo es soberano, que los señoríos quedaban abolidos y que los poderes están separados, quedaba superguai y moderno, pero en 200 años parece que algunos aún no se han enterado. En tiempos de la pepa, la mujer aún era como un animal de compañía, porque no se contemplaba ni remotamente que tuviera derechos –ya no de voto, ¡impensable!- parecidos a los de los hombres y, evidentemente, esto de aquí no podía ser otra cosa que un  país confesional católico. Para algunos, ¿ves? sí que sigue vigente la Pepa para eso. Como si hubiera regido sin parar doscientos años del tirón.

Está bien mirar atrás. Para no repetir. Pero ahora es que toca mirar hacia delante. Así que bueno. Eso. Como dicen todos –algunos más que otros, y parece que se lo toman al pie de la letra-: “¡Viva la Pepa!” que, desgraciadamente,  para muchos ha quedado básicamente a los anales como un sinónimo de “ahí me las den todas” o “todo el monte es orégano”. Yo lo decía en el otro sentido, en el que se oponía al “vivan las caenas”, pero sé que no todo el mundo se toma igual lo de "viva la pepa" y eso de oponerlo a lo de las caenas les parece de perroflautas, antisistema e incluso antipatriótico. Igual, igual que hizo aquel Fernando, el séptimo.

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