VIEJOS Y POBRES, por Javier Astasio


A nadie se le escapa que, si los primeros zarpazos de la crisis se vieron amortiguados en España, fue porque los ancianos, los que disponían de una pensión o de ahorros, se echaron a la espalda tanto a sus hijos en paro como a los hijos de estos que, si hacían alguna comida decente al día, ésta era la que les servía la abuela, después de que "contables" sin conciencia decidieran que no había por qué darles de comer en la escuela y algún que otro jarrón chino, como Felipe González, les diese la razón.
Pues bien, desde ya os digo que, si alguna vez salimos de esta crisis y sus crueles consecuencias, ya no será posible ese milagro, porque los ancianos del futuro, nosotros y nuestros hijos, no tendremos ahorros ni pensión con la que mitigar la pobreza de nuestra familia, porque, para entonces. los de siempre habrán acabado con ese último bastión del sistema de bienestar.
A nadie se le escapa que el sistema público de pensiones, todo lo público en general, no gusta a los especuladores ni a los expertos que tienen alrededor. Ellos, al igual que en los terrenos de la Sanidad o la Enseñanza, carentes de escrúpulos, ven en esto, como en cualquier otro asunto, sea cual sea, una "oportunidad de negocio" y ya hablan, mientras se encienden todas las alarmas, de la conveniencia de suscribir un plan de pensiones privado, como ya hicieran hace años, cuando los suscribieron tantos y tantos trabajadores que tuvieron que "comérselos" deprisa y corriendo y perdiendo todas las ventajas prometidas cuando la crisis llegó con sus primeros arreones.
No sé si somos conscientes de que, siendo como es éste nuestro mayor problema, como individuos y como país, en los próximos años, nadie, insisto, nadie habló de él en las dos convocatorias electorales por las que hemos pasado en apenas un año. Nadie quiere destapar la caja de los truenos en que se convertiría la evidencia de que otra caja, la que garantiza el pago de las pensiones, se vaciara como parece que va a vaciarse en unos meses.
No me explico ese silencio de los partidos políticos, grandes y pequeños, nuevos y viejos que parecen apuntarse al "dios proveerá" de otros tiempos. No sé si es que no tienen soluciones a la vista o si lo que ocurre es que se sienten culpables del desaguisado. Lo que sí sé es que, si con Zapatero el sistema alcanzó su mejor momento y con Rajoy en La Moncloa la caja comenzó a vaciarse, algo hizo, algo se hizo, para que se rompiese el equilibrio entre pagos y cotizaciones que la mantenía. Y ese algo es, sin ningún género de duda, esa reforma laboral que permite contratar por días y horas, sin garantías y por salarios míseros que apenas cotizan y que no garantizan el ahorro, el consumo o las pensiones que se necesitan para enfrentar el futuro con confianza.
Dirán lo que quieran, pero tal parece que Rajoy y los suyos, en los cinco años que llevan en funciones y disfunciones al frente del país se hayan comportado como los obreros de un desguace, empleándose a fondo en desmontar lo que de bueno tenía el sistema, para "vendérselo" a buen precio, cuando no regalárselo a sus amigos, porque ¿a alguien le entra en la cabeza que nuestros jóvenes, bien formados, muchos de ellos licenciados o doctorados, no sean capaces de encontrar un trabajo que les garantice una pensión?
Claro que no. Tal cosa no sería posible, si este gobierno o el que le antecedió no hubiesen dinamitado el sistema de relaciones laborales, si no hubiesen acabado con la negociación colectiva, dejando a los trabajadores en manos de "negreros" sin escrúpulos dispuestos a cambiar de empleados, como quien cambia las bolsas de basura, antes de que consoliden sus salarios o sus derechos. No hicimos nada y, ahora o, mejor dicho, en adelante, vamos a pagar las consecuencias. Y las vamos a pagar, porque los empresarios no van a querer otra cosa que los beneficios conseguidos con el PP y, por qué negarlo, también con el PSOE,
Durante años funcionó el chantaje de "si me lo ponéis difícil me voy", ese chantaje que acabó con los derechos de los trabajadores, devolviéndoles a la condición de jornaleros, sin presente ni futuro, sin todos esos derechos conquistados tras décadas de sangre y sufrimiento, augurándoles a ellos y a sus hijos una difícil etapa final de sus vidas, en un país mísero, de pobres y viejos.

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