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VIDAS ROBADAS, por Javier Astasio

 
Qué español de más de cuarenta años no ha oído hablar del hombre del saco, ese personaje siniestro, huidizo, apenas visto en la distancia o, simplemente, imaginado con su saco a cuestas, para encerrar en él a los niños desobedientes, los que se negaban a comer o a dormir y a los que se alejaban de casa más de la cuenta. Afortunadamente. ese personaje siniestro y la crueldad de su historia, como método para asustar a los niños y volverlos obedientes, está prácticamente desaparecida del imaginario de los niños españoles, en el que la pobreza, los vagabundos y los pedigüeños son ahora, por desgracia, demasiado habituales.
Otra cosa son sus padres y madres que, quien más, quien menos, saben de historias de niños perdidos en clínicas, de niños sanos fallecidos inesperadamente, de la noche a la mañana, han oído hablar del cuerpecito de un pobre niño, congelado, que, en la nevera de un hospital, apenas mostrado, era usado como señuelo para evitar las preguntas incómodas de unos padres desconsolados. Han oído hablar de nuevo hombre del saco, vestido con bata blanca, ayudado por monjas y enfermeras, que se llevaba los niños sanos de mujeres jóvenes y sanas, para entregarlos, a cambio de regalos y limosnas, o a precios perfectamente tasados, a matrimonios sin posibilidad de engendrarlos por sí mismos, como un regalo que se hacía a los buenos clientes, los de pago, a costa de sus pobres madres, ingresadas afiliadas a la sociedad de turno.
Ese era el sistema: en maternidades privadas que también atendían a beneficiarias de algún seguro médico, se organizaba cuando convenía la comedia del falso parto en el seno de una pareja estéril, mientras una planta más arriba o más abajo, en la zona "de caridad", se escribía la tragedia de otra pareja que acabaría saliendo de allí con las manos vacías o, en todo caso, con un pequeño ataúd vacío también y un montón de papeles confusos, imposibles de verificar entre las lágrimas.
Estas historias, crueles como pocas, no son de hace un siglo. No han salido de una novela de Dickens o Zola, son de hace apenas medio siglo y tienen sus villanos. Por ejemplo, el doctor Eduardo Vela, quien, con su coqueta clínica del madrileño Paseo de la Habana, estuvo robando niños hasta hace bien poco, ya en democracia quizá, mientras su patrimonio iba creciendo, tanto como el número de parejas felices a costa del dolor de otras.
Yo mismo fui testigo cercano de un caso parecido, que afortunadamente quedó en intento, en otra prestigiosa clínica madrileña, cuna del rey y sus hermanas, en la que una monja perversa trató de convencer a una amiga, universitaria y soltera, que le entregase a la preciosa niña que acababa de parir, de la que, según la religiosa, no iba a poder hacerse cargo. Afortunadamente, el padre de la niña echó de allí a la siniestra monja que, con toda seguridad ya tenía adjudicada a esa preciosa niña que hoy es madre a su vez. Ese era otro sistema, otra táctica. En España había ya democracia y habían mejorado los controles médicos y jurídicos, pero la miserable red de los nuevos hombres del saco no había cejado en sus intenciones y acosaba a jóvenes madres, sin recursos, deprimidas tras el parto, para quitarles esos bebés, preciosos, que fácilmente "colocarían" a su "clientela".
Sin embargo, y siendo espeluznantes los crímenes del doctor Vela, sor Teresa y tantos cuantos se han dedicado a arrancar recién nacidos de los brazos de sus madres, lo peor es el resultado de todas esas vidas robadas, esas madres, esos padres, privados de sus hijos y, cómo no, la de esos niños "fuera de contexto", condenados a vivir vidas que no eran las suyas, a querer a unos padres que no eran los suyos y a no conocer a los suyos, porque el peor crimen del miserable doctor Vela, refugiado ahora, a la hora del juicio, en una improbable desmemoria, es el de haber borrado todo rastro de sus fechorías, haciendo imposible el reencuentro y dejando en cada una de sus víctimas un poso amargo que ni el más descarnado de los novelistas del XIX imaginó para sus personajes.

 
 
 

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