Viaje con nosotros, por Javier Astasio





Que nos tienen por gilipollas es ya más que una realidad y que ellos, aunque le moleste que les digan casta, se tienen por un grupo de escogidos con derecho a privilegios inconfesables, otra. Lo dejaron claro ayer, porque tuvieron la oportunidad, no ya de pedir perdón por excesos anteriores, sino la de evitar que se volvieran a repetir abusos y desmadres, poniendo coto al gratis total de los viajes de sus señorías y no lo hicieron.
Podíamos pensar, siendo generosos, que las reglas de juego de nuestra democracia, después de treinta y cinco años de vida, tenían algún que otro agujero que había que zurcir y que PP y PSOE, partidos ambos en caída libre por sus excesos, cuando no abusos, estaban dispuestos a tomar aguja, hilo dedal y ese legendario huevo de nuestras abuelas, para taponar con arte el agujero puesto al descubierto por el itinerante Monago. Podíamos pensarlo, pero estábamos equivocados, porque lo que hicieron ayer fue establecer un mecanismo que deja de nuevo en el misterio el destino y los costes de los viajes y a sus señorías en el más oscuro de los anonimatos.
Lo que aprobaron ayer PP y PSOE, reacios a ser tildados de casta, aunque no a comportarse como tal, fue agrupar el coste de los viajes de sus señorías por grupos y trimestres, frustrando cualquier atisbo de transparencia para que nadie sepa realmente quién viaja, dónde y por cuánto, reclamando nuestra confianza en el buen criterio de cada grupo para evitar excesos. Dicho de otro modo, sus señorías populares y socialistas encerraron los costes de los afanes viajeros de los diputados en un paquete de fondos reservados con menos transparencia que la que tendría todo el dinero que, estoy seguro, se ha invertido en operaciones antiterroristas, si no ilegales, sí inconfesables.
Mientras tanto, José Antonio Monago, exhibe con una mano las presuntas pruebas de su cada vez más increíble inocencia envueltas en la tinta de su descaro, mientras con la otra blande amenazadora la palma de su martirio, atribuyendo, como siempre, el pecado al mensajero. Lo más curioso es que, lo que para la mayor parte de la ciudadanía, es un escándalo de proporciones bíblicas, para los "colegas" del presidente extremeño no merece apenas comentarios y no sólo eso, porque sorprendentemente, su antecesor en el cargo, el socialista Fernández Vara, que, no hace mucho, promovió una moción de censura contra él, dice ahora que se niega a la lapidación de Monago, siendo el propio Monago quien más tierra y piedras ha echado sobre sí.
Observo todo esto estupefacto y recuerdo las únicas veces que he viajado en mi vida con cargo al estado. La primera en un tren, no sé si militar, pero sí cargado de reclutas como yo, camino del CIR de Araca, preocupado si no asustado porque iba a perder durante un año el control de mi destino, otra la que me llevó a mi destino en un cuartel ya inexistente en lo alto de la bella ciudad de Estella y, por último la que, camino de un nuevo destino militar en Madrid, me tuvo bastante más de doce horas subiendo y bajando de autobuses y trenes hasta llegar a mi ciudad. Todo, porque los billetes del viaje, pasaporte se llamaba, sólo eran válidos para los transportes más baratos, lo que me hizo vivir una de las noches más kafkianas de mi vida en un viaje tenebroso con este itinerario Estella, Calahorra, Zaragoza y Madrid, vestido con el uniforme y la boina de cazador de montaña.
No es que yo pretensa que sus señorías repitan mi odisea de aquel viaje, pero tampoco estaría de más que se cortasen un poco a la hora de gastar nuestro dinero, porque eso de que, para poner a salvo la sin duda necesaria discreción, se echen como ingredientes de una ensalada en la que comparten aderezo con viajes de partido, que pagamos todos los ciudadanos, votantes o no, o con viajes personales, si no de placer, convierte al Parlamento, Congreso y Senado, en una agencia de viajes "gratis total" para sus muy suyas señorías. 


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