Viaje a China de @albertina_navas: Parte 1 - Una bienvenida que de cálida no tuvo nada



Siempre he hecho lo que debía, pero esta vez decidí hacer lo que quería. Sin más argumento, preparé mis maletas para tres meses en Asia. El pretexto fue hacer una pasantía profesional para conocer, de primera mano, la cultura china de negocios; pero el trasfondo era un desesperado intento de desintoxicación tras años de intenso brillo profesional, que relegaron mi vida privada. Era un exorcismo personal.


Mayo, 2010. Quito, Bogotá, Miami, Nueva York, Shanghai. Luego de 23 horas de vuelo y 48 de viaje, llegué agotada, casi muerta, pero con la convicción de que ahí quería estar. China no me era ajena, la conocía desde la trinchera periodística, desde los números, desde su lógica de economía emergente; pero, esta vez, no buscaba esa China que se posiciona como potencia mundial, fui detrás de su cara inaccesible para Occidente, la de códigos propios, el rostro de la China china.


Tres meses resultaba poco para este objetivo. Había que vivirlo intensamente. Entonces, a vivir en barrio chino, a trabajar en empresa china con colegas chinos y a comer comida china. Aunque terminé por amar China, debo reconocer que puede ser muy hostil en un inicio. Fueron un problema tras otro.

Problemas varios

El primero: un lugar para vivir. El que había reservado por Internet no era ni lejanamente acogedor a cómo se veía en las fotos y aun menos acogedora fue la recepción del dueño: “Si es extranjera, cuesta el doble”. (Eso de aprovecharse de los extranjeros no es propiedad privada de los latinos). Inaceptable. No me quedó sino buscar hotel para la primera noche. El detalle era que 'en barrio chino, los hoteles son SOLO para chinos'.

No sé cómo, creo que con gestos y dibujitos, convencí a una recepcionista que no hablaba inglés de que me diera posada esa primera noche. Creí haber resuelto el primer drama y, en menos de una hora, entendí por qué los 'hoteles chinos son SOLO para chinos'. El aire acondicionado no funcionaba, la ducha tenía una fuga de agua, el control remoto de la televisión no prendía y ¡nadie me entendía!  En los hoteles chinos, se habla chino. Ni el botón on/off era universal. No era discriminación, solo pragmatismo. Viví mi primer capítulo de Lost In Translation.

Al día siguiente, un 'agente de bienes raíces' me recogió en el hotel para ir a buscar dónde vivir. Llegó en una bicicleta destartalada y sin casco ni ningún equipo de protección más que mis brazos pegados a su cuerpo. Íbamos a una velocidad de vértigo, en contravía, esquivando a los peatones, pitando como dementes. Entendí lo que un buen amigo me dijo unos días después: "En China, las señales de tránsito son solo una sugerencia".

Ese era solo el principio. Me mostraron auténticos cuchitriles, donde se compartía cocina y baño con todas las familias del piso, mínimo 10. La refrigeradora en la sala; las gradas, oscuras y sucias. ¿Internet o televisión por cable? Esos lujos eran cuentos chinos en ese barrio.

Tres días de búsqueda y, ya al borde de la desesperanza, hallé algo digno. Tocó pagar en efectivo y de adelanto, más garantía y miles de firmas en el camino. Lo primero fue volverlo habitable. ¡¡¡En mi vida he limpiado tanto!!!! Y me quedó decente, miren las fotos, ¿no les parece? Bueno, había que equiparlo y eso solo me trajo más problemas. No pude usar ninguna tarjeta de crédito. En barrio chino, solo se aceptan tarjetas chinas.

Sin dinero, la casa de cabeza y un jet lag del diablo, la vida hasta ese momento no me sonreía. Mi entusiasmo empezó a diluirse en lágrimas de impotencia ante tanta adversidad en tan corto tiempo. ¿Valía la pena el esfuerzo? En ese momento lo dudé, pero el amor propio pudo más. Pedí a mis padres una transferencia desde Quito. Me paré y seguí. Ya me metí en ese bizness, había que lidiar con él.

Ya establecida, me dediqué a conocer mi barrio. Toda la señalética estaba en chino y cada cuadra parecía igualita. La mayoría de condominios, como el mío, era decenas de edificios exactos, sin gracia, grises, donde viven miles y miles de familias. En cada cuadra, hay los mismos elementos: la peluquería, la frutería, el lugar de los masajes, la farmacia, restaurantes de 2 metros de frente y 10 de fondo, un enjambre de bicicletas en las acera y, por supuesto, el toque capitalista: un concesionario de Maseratis, en medio del desorden.

Eso sí, en mi barrio chino, nada de franquicias gringas, el Starbucks más cercano quedaba a una hora. No había cibercafés y la estación de metro estaba a unos 20 minutos de bus. Las atracciones típicas de la ciudad estaban a hora y media, luego de unas 15 estaciones y algunas transferencias de líneas. Pero ese era el Shanghai que yo buscaba, no el de las postales, no el de Occidente en caracteres chinos; el caótico, el auténticamente chino.

Esta fue mi primera lección. Las cosas no son como se esperan. Y, en China, las cosas se hacen como en China. Punto. Mi forma de hacer las cosas no era más que eso, 'mi forma', no 'la forma'; peor el estándar. Costó, pero una vez asumido el contexto, pasé del estatus ‘estar de visita en China’ a ‘vivir en China’. Y, con esta conversión, se me abrió un mundo...

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