Vergüenza nacional, por Javier Astasio



El de ayer fue un día intenso en la Audiencia Nacional, que, al menos para los telediarios, estrenaba sede en San Fernando de Henares. Y si fue intenso y hubo tanta expectación fue porque en ella se esperaba visita. Nada menos que la del que lo fue todo en las cuentas del PP y lo fue durante cerca de veinte años,  pese a que, ahora, el que fuera su partido, el que le confió sus cuentas, las que se enseñan y las que se escriban a la luz de una vela, el que en su dúa le llevó al Senado como quien, con el aforamiento consiguiente, suscribe a su nombre un seguro de, si no mejor procesamiento, sí más lento y mastodóntico, que, ahora, pillado con las manos en la masa, ha decidido contar lo que vio, lo que hizo, a quién vio y que hacían en torno a las cuentas del partido que gobernó durante casi ocho años España y la gobierna con las tijeras y el garrote en las manos desde hace dos.
Resulta curioso que apenas nos sorprende ya nada de lo que pueda contar quien se bajó de los coches de partido, para subirse después a los taxis y acabar viajando en coche oficial, aunque nada cómodo y pintado de verde y blanco. Y si no nos sorprende es porque cualquiera que tenga dos dedos de frente, un poco de sentido crítico y nada que ocultar lleva ya tiempo dibujando en su pensamiento la infraestructura que permitía al PP hacer las mejores campañas electorales, dignas de las presidenciales americanas, con los mejores carteles, los hoteles y medios de transporte más cómodos, para sus candidatos y la prensa, y con escenarios dignos de la gala de los óscar.
Resulta creíble lo que viene contando Bárcenas, al juez y a quien quiera escucharle, sobre las "mordidas" que aplicaba su partido a todo aquel que pretendiera contratar con la administración, con cualquiera de las administraciones bajo su control, para, con ese dinero que circulaba en sobres y maletines, de espaldas a la hacienda pública y a cualquier fiscalización, pagar trajes, comidas, hoteles, campañas, reformas de sus sedes, desde la nacional a las provinciales, en un frenesí consumista difícil de justificar económica, moral y, sobre todo, éticamente.
Resulta tan creíble como increíble es que hasta ahora nadie, ni partidos rivales, ni periodistas, ni el Tribunal de Cuentas, hayan caído en la cuenta de que el tren de vida del PP era tan inexplicable como el de "la chica del 17", de la que en el cuplé se pregunta, porque se duda, "de dónde saca pa' tanto como destaca". Algo turbio se intuía en la vida de la chica del 17 y algo turbio debería haberse intuido en el tren de vida del PP.
Ese trajinar de personas, sobres, cuentas bancarias, llaves y cajas, digno de una palícula de Berlanga, debería haber despertado el celo, tanto de la prensa, como de la oposición y puedo permitirme pensar que, si no lo ha hecho, ha sido porque unos y otros tenían también mucho que callar.
En mi opinión toda la penitencia que los españoles venimos padeciendo, todo este pus oculto en la estructura de los “partidos de gobierno", de la nación y de las comunidades autónomas, un pus que afloró en la semana santa de 1990, con el caso Naseiro, casi por casualidad, pero que gracias a su ingeniería jurídica consiguió cicatrizar, aunque en falso porque la infección siguió creciendo soterradamente, toda esa gangrena moral, provienen de esa actitud de los poderosos que fuerzan la máquina en el pelotón para dejar descolgados a sus rivales, fuera del club de los "partidos de gobierno", desterrando cualquier alternativa o cualquier reequilibrio de poder que permitiese, por ejemplo, cambiar la ley electoral o el sistema de financiación de partidos.
En resumen, lo que contó ayer Bárcenas, más que sorprendernos debería avergonzarnos, deberíamos sentir verdadera "vergüenza nacional", porque hemos tenido delante de nuestras narices, de las de nuestra prensa o de las de nuestros representantes tanta mierda, sin que ninguno de los colectivos citados haya sentido el hedor de tanta podredumbre que, al final, pagamos sin que sirva para garantizar que se van a oír nuestras voces. Nos han engañado haciéndonos creer que los partidos deben ser baratos en una especie de "timo de la estampita", privándonos del derecho a conocer todas las opciones en igualdad de condiciones para poder elegir entre todas las alternativas con todas las consecuencias.


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