Vacío moral, por Javier Astasio


Hoy domingo, último día de esta semana que ha sido trágica para este pobre país adulado siempre por aquellos que desprecian a su gente, me ha venido a la cabeza la imagen del juez Garzón abandonando abatido la sede del Supremo que le acababa de despojar de su carrera. Salía del Supremo dejando atrás tantos años, tantas noches de luz encendida en su despacho de la Audiencia Nacional, justo al lado, y, mientras, en las dos aceras de la calle por la que camina abatido, quien fue compañero suyo en la Audiencia, Carlos Dívar, conserva sus dos despachos y todos, algunos inmorales, privilegios.

La que hoy acaba ha sido una semana trágica para los españoles, al menos para los que nos paramos a reflexionar sobre lo que pasa, lo que nos pasa, lo que nos está pasando, así, como si nada.

Resulta preocupante, preocupante y deprimente, que el mismo gobierno que está desmontando el Estado de Bienestar, que está destrozando la enseñanza y la sanidad públicas, para sacar de sus jirones los diez mil millones de euros que le reclama Merkel, admita poner, con la mayor de las naturalidades y toda la ingeniería financiera de la que tanto sabe el ministro, los veintitrés mil millones que ha de inyectar en Bankia, sin exigir a cambio ninguna depuración de responsabilidades a sus antiguos gestores, Rodrigo Rato y Miguel Blesa.

También resulta preocupante y deprimente escuchar, como estoy escuchando al ministro de Justicia, que la imagen del presidente del Consejo General del Poder Judicial y su presidente, Carlos Dívar, ha salido reforzada después de sus "no explicaciones" y su "no asunción de responsabilidades" por los escandalosos dispendios que se ha permitido Carlos Dívar y que espero que nunca más se permita, nunca más le permitamos.

Más que deprimente, resultó indignante escuchar a la camorrista y provocadora Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, intentar incendiar, afortunadamente sin éxito, la final de la Copa del Rey de fútbol para tapar la basura que rebosa de sus cuentas y sus despachos. Yo no estuve allí, pero tened por seguro que, sólo por su actitud provocadora, me hubiese sumado a la pitada para responder a esta pendenciera que, al final, ni siquiera tuvo la dignidad de acudir al estadio para medir las consecuencias de su provocación.

Está claro que no ha sido la mejor de las semanas y, volviendo a la foto de Garzón, lo ha sido porque ha quedado claro que hay un enorme vacío, no legal, sino moral que permite que actos irresponsables, torpes o maliciosos, de tamañas consecuencias, queden impunes y otros que, por caminos no siempre rectos, lo admito, sólo perseguían hacer justicia, se pagan con el oprobio.

En estas últimas veinticuatro horas, una frase me persigue, esa terrible "Abandonad toda esperanza" escrita, dicen, a las puertas del infierno. La leí ayer en un poema de Beckett y se la acabo de escuchar a Joan Romero. Abandonad toda esperanza, os digo, mientras el vacío moral que nos asfixia permita defender con la ley lo injusto y perseguir con la misma ley a quien quiere pretende hacer justicia.

Muchas veces, demasiadas, nos hablan de la existencia de "un vacío legal" para justificar determinados hechos y comportamientos. Pero existe otro, aún peor, del que nadie parece querer hablar, el vacío moral., y es peor porque, en él, se encuentra justificación para todo.


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