Va por ellas, por Míriam Martín (@MiriMartin_)

Tras la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (8 de marzo), quiero recordar a algunas de esas féminas que batallaron como auténticas jabatas durante toda su vida. Personas que tuvieron una existencia marcada por un contexto político, económico y social cuanto menos complicado.

A Isabel la casaron con un hombre que le doblaba la edad por el simple hecho de tener el mismo apellido. Tuvo diez hijos, algunos de los cuales perdió por el camino. Murió a sólo un mes de cumplir los 100 años. Unos niños la tiraron al suelo sin querer y le impidieron volver a hacer lo que más le gustaba: andar y recorrer la ciudad en busca de ambiente, de vida.

 

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Luisa tropezó dos veces con la misma piedra. Se quedó embarazada de su primer hijo justo antes de que su novio partiera al frente. En uno de los permisos, éste le hizo otra barriga. Lo único que llegó a casa cuando finalizó la Guerra Civil fue una misiva. El mensaje que contenía era demoledor: le negaba el apellido a la segunda criatura, mancillando así la honra de la muchacha ilusa a la que enamoró. Madre soltera que vivió señalada; madre coraje que jamás rehizo su vida y que blindó su noble corazón para que ningún otro hombre se lo volviera a romper en mil pedazos.

María sufrió un terrible accidente cuando, como de costumbre, paseaba junto a su inseparable esposo. Fue arrollada por una moto que le destrozó los huesos, que la sumió en un primer letargo… Superó este trance para seguir disfrutando de su adorada familia durante unos años hasta que, de repente, empezó a confundir a sus hijos con sus nietos. Dejó de andar y de hablar, la dieron por muerta en vida a pesar de que siempre mantuvo el brillo en sus ojos verdes. De ellos brotó una lágrima el día que el marcapasos de su marido se detuvo. No pudo decirle “adiós”; había olvidado su nombre, aunque no su compañía.

 

CUANDO LLEGA EL ALZHEIMER

 

Juana fue genio y figura. Sólo presumió de dos cosas en la vida: de deslomarse en el campo de sol a sol y de haber aprendido a leer y escribir sola. A sus 80 años, se mantenía ágil, parlanchina, pero el tiempo quiso asestarle un revés: un cáncer la consumió lentamente y la empujó a la más profunda de las tristezas. Se le fueron las ganas de vivir al torbellino que osó plantarle cara al tiempo.

Ellas, que representan a miles de valientes mujeres. Ellas, que anduvieron un largo camino en el que, entre muchas lágrimas, florecieron algunas sonrisas. Ellas, mujeres tan anónimas como especiales que forman parte de una generación mítica a la que no deberíamos dejar de referirnos. Ellas, que, a pesar de todo y como Agatha Christie, aprendieron una buena lección: “No se puede dar marcha atrás, la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”.

 

 

*Texto: Míriam Martín, @MiriMartin_

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