Usos y costumbres, por Javier Astasio


Sorprenden la sorpresa y la indignación de los Pujol ante la indignación y la sorpresa aún mayores de los ciudadanos de Cataluña y del resto de España por los que han sido sus usos y costumbres a lo largo de todos estos años. Usos y costumbres como el de mirar por encima del hombro a periodistas, inmigrantes y, en general, a quien no formase parte de su "clase" o quien, en su partido o fuera de él, no contase con las claves o el poder para hablarles de tú a tú o mirarles a la cara. Recuerdo, sin ir más lejos, mi propia sorpresa cuando supe que el ya ex muy honorable, cuando aún no era una costumbre despreciar a la prensa como ahora y al igual que Manuel Fraga, no sólo decidía lo qué se podía y lo qué no se podía preguntar, sino que abroncaba delante de sus sumisos compañeros a quien osaba, por descuido o rebeldía, no ponerse en pie ante su entrada en la sala.
Usos y costumbres de Mamá Pujol, doña Marta Ferrusola, y sus cachorros que, según contaba ayer en el Parlament de Catalunya un ex teniente coronel de la Guardia Civil, viajaban cada tres meses a la vecina Andorra, siguiendo la mismas ruta y haciendo las mismas paradas "como quien va  comprar queso o azúcar. Nada que ver con esa consigna pujoliana de "hacer país" y sí mucho con un posible tráfico de divisas hacia el principado. Usos y costumbres que, vistos ahora, con la perspectiva que da el conocimiento de algunas claves, más que asombrar, indignan.
Usos y costumbres como el nada exclusivo de Cataluña de destinar un tanto por ciento, pongamos el tres o el cuatro, de cualquier adjudicación o contratación de la Generalitat al partido en el gobierno, un tanto por ciento del que habría que deducir la comisión del conseguido, que, en el caso catalán, solía tener apellido, más que ilustre, honorable. Usos y costumbres que Pascual Maragall, en la recta final de su carrera política develó, quizá inconscientemente, para escándalo y sorpresa, incluso de sus compañeros de partido, que le obligaron a retractarse de habar denunciado algo que hoy parece más que evidente, cuando no probado en sede judicial.
Usos y costumbres en absoluto exclusivos de Cataluña, que hasta ahora han sido la clave del ascenso y la hegemonía del PP y que, como en el caso de la familia Pujol, pueden acabar siendo la causa de su declive y deshonra. Usos y costumbre como la poco edificante costumbre de hacer donaciones  a los partidos políticos, que la única donación decente que deberían esperar de los ciudadanos debería ser la de su voto. Usos y costumbres que, farisaicamente limitados por las leyes, encuentran siempre el atajo a través del cual hacer llegar al partido o a sus  miembros la contraprestación que compense los favores recibidos.
Lo acaba de demostrar el constructor y ex ministro Villar Mir, que, ayer, se defendió de la acusación de hacer ingresos en la caja B del Partido Popular, aclarando que sus donaciones lo eran a la FAES, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, presidida por José María Aznar, que no es otra cosa que el laboratorio de ideas del Partido Popular y que, como cualquier otra fundación ligada a un partido político, sea éste el que sea, sirve para pagar sueldos, favores y servicios y como retiro de oro para "jubilados" de la matriz. Usos y costumbres que, por más generalizados y bien asentados que estén en el tejido político de nuestro país, deberíamos erradicar. Y, para ello, nada mejor que retomar la sana costumbre de votar y participar activamente en la política en los escalones que corresponda, evitando desde la experiencia que toda la ilusión que nos mueve ahora a transformar el país no se ahogue en los usos y costumbres de la corrupción y el desampara ciudadano, como ha ocurrido con la que hace cuatro décadas nos permitió salir de lo que por entonces era uso y costumbre: la dictadura.


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