Uno de los 25, por Javier Astasio



Daba gloria, que diría mi abuela, de ver a ese medio millar largo de dirigentes y cargos del Partido Popular, encerrados en un local que tenía más de garaje o local de uso común de una comunidad de vecinos, pagado, por cierto y según el juez Ruz, con dinero escamoteado a todos los españoles. Daba gloria ver en primera fila esas piernas de señora bien, perfectamente cruzadas al cincuenta por ciento, para la seducción y el recato,  enfundadas en carísimas medias, entre esos centenares de notables convocados para una especie de misa u homilía en la que, como en las iglesias no cabe la réplica al oficiante que, tras su "ite missa est", dio por cerrada la ceremonia sin conceder a los presentes ni el tiempo de persignarse.
Daba gloria verlos como internos de un estricto colegio religioso, callados y obedientes, los más revoltosos delante, y todos deseosos, al menos aparentemente,  de encontrar un punto, una pausa o cualquier interrupción más o menos dramática en las palabras del oficiante, para romper en aplausos o en vivas a la virgen, mientras, sin duda, por las últimas filas, los codazos y cuchicheos, eso sí, discretos, se multiplicaban. Daba gloria verlos, como en misa de doce, esperando la hora del vermú o la comida entre amigos, para soltarse las lenguas, con cuidado siempre de quien podía escuchar, sea el cabo de la guardia civil, el alguacil o periodistas curiosos, deseosos de pillarles en cualquiera de esos enredos tan poco del agrado del convocante.
Sólo uno de los llamados a Madrid tuvo el valor o el descaro de confesar públicamente, al tiempo que adelantaba el resultado del encuentro, que no iba a hacerse presente en la calla Génova y a pedir que "la doctrina" se la hiciesen llegar por correo, porque ya no está “en edad de ir de palmero". Lo dijo el alcalde de Valladolid, habitualmente boquirroto, y no sabemos con qué intención lo dijo, aunque no cuesta nada pensar que, dado que, en líneas generales, adelantó la intención y el contenido de lo que Rajoy diría a los suyos y que, pese al AVE, se hace cuesta arriba eso de "ir a Madrid", prefirió no moverse del despacho. Lo que quizá no fue capaz de calcular, o sí, fue el alcance de sus palabras, que entraron en casi todos los telediarios y que tampoco sabemos cómo sentaron al cantaor, dado el muy escaso sentido del humor de Rajoy, especialmente si es él el protagonista del chiste y su ya conocido rencor, de proporciones casi bíblicas.
Por lo demás, ningún cambio, ninguna crítica, ninguna toma de posición ni, mucho menos, gesto de rebeldía alguno, ni siquiera de la pérfida Aguirre, en momentos en que, y lo entendió bien Rajoy, los maquillado e incompletos "buenos" datos económicos y la también falsa unidad interna son lo único que el Partido Popular puede poner en su escaparate de cara a las próximas elecciones. Por eso Rajoy, en lugar de presentarse ante los suyos con cambios, en lugar de optar entre Cospedal y Arenas, se sentó entre ellos y volvió a lo de siempre, apelando a sus treinta y dos años de militancia en el PP, como un obispo puede aludir a sus años en la iglesia desde que piso por primer vez el seminario, y por eso optó una vez más por esconder los jarrones rotos, en la confianza de que se repararán ellos solos.
Y sobre todo, como cuando se alborotan, les dice una madre a sus niños traviesos, pidió a los suyos que no enredasen, que no perdiesen el tiempo en cosas que no interesan más que a veinticinco. Pues bien, a uno de esos veinticinco, yo, le interesa, y mucho, saber qué es lo que pasa en ese partido que brilla por fuera y se pudre por dentro. Quiero saber quién es el que corta el bacalao y cuánto bacalao esperan cortar, porque tengo la impresión de que, pese a todos los puestos de trabajo de a quinientos al mes, si llegan, y a todas esas altas en la Seguridad Social que apenas duran unos días y que jamás van a garantizar las pensiones, somos muchos más que veinticinco los que queremos saber que está pasando en el PP y cómo van a afrontar el empobrecimiento general de los españoles y las condenas que, sin duda y si es que hay justicia, les caerán  cuando se juzguen los mil y un casos  de corrupción que planean sobre ellos.


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