Una paradoja asquerosa, por Alberto Calero (@acaleroj)

Ver morir a un hijo, a un padre o hermano que fue víctima de la barbarie de ETA es terrible. Tiene que ser terrible. No hay palabras. No se puede describir que te arranquen a un ser querido. No hay antídoto para superar un sufrimiento así. Ver morir por un cáncer terminal a una persona es horrible también. El enfermo se consume poco a poco. Día tras día es algo menos hasta que al final desaparece. El transcurso se hace largo aunque sólo dure unas semanas o meses. Parece interminable aunque termina. Nadie merece que le toque la lotería de un cáncer avanzado e irreversible. Nadie merece que le toque la lotería de haber sido víctima de los etarras. Vivir cualquiera de estas experiencias te marca. Se trata de aprender a convivir con el dolor que sigue ahí. Estos días se habla de la enfermedad del etarra que secuestró a Ortega Lara. El Gobierno le ha concedido el tercer grado. Es un paso previo y necesario para que un juez le otorgue ahora la libertad condicional. El individuo se llama Jesús María Uribechevarría Bolinaga. Y este señor sin moral ni conciencia ni dignidad se va a morir. Será en unos meses. Secuestró a Ortega Lara durante un año y medio y asesinó a guardias civiles. Es un asesino. Es repugnante sin duda alguna. Mató a personas y a una la mantuvo encerrado en un zulo como a una rata. Es evidente que no tiene conciencia ni sangre ni estómago ni corazón. Pero jurídicamente (aunque sólo sea jurídicamente) es una persona. Dicen varios expertos en Derecho que los terroristas también son personas.

El artículo 104.4 del Reglamento Penitenciario asegura que “los penados enfermos muy graves con padecimientos incurables, según informe médico, con independencia de las variables intervinientes en el proceso de clasificación, podrán ser clasificadas en tercer grado por razones humanitarias y de dignidad personal, atendiendo a la dificultad para delinquir y a su escasa peligrosidad”. Son todos los penados enfermos, no dice todos menos los terroristas asesinos. Guste o no guste, el Gobierno ha cumplido con la ley. Ahora decidirá un juez que también aplicará la ley. Lo único que se ha hecho es cumplir la ley. Lo que sucede es que se produce una paradoja. El Estado se agarra a razones humanitarias y de dignidad para aplicárselas a un asesino. Un asesino al que precisamente le faltó humanidad y destrozó la dignidad de Ortega Lara y la vida de sus víctimas. Ahí está la alarma. Así está escrita la ley y supuestamente está para cumplirla. Los etarras condenados tienen que acabar sus días en la cárcel o cumplir sus condenas. Pero ojo. Las deben cumplir a no ser que caigan enfermos graves con padecimientos incurables. En ningún lado se dice que estarán al margen de las leyes los terroristas, los asesinos o los violadores. ¿Por qué? Porque jurídicamente todos somos personas. Habrá que entender entonces que todos los presos comunes que están muy graves también tienen opción de libertad. Esperemos que a ellos también se les aplique el tercer grado porque si no el asunto de Uribechevarría sería distinto. Entonces cabría pensar en asuntos políticos. Nos habrían vuelto a engañar.

Uribechevarría es persona aunque duela decirlo, aunque se revuelva el estómago de todos. Quien aplica la ley se aleja del rencor. Si tomáramos la Justicia por nuestras manos todos haríamos una locura. Lo que sucede aquí es una sencilla y auténtica paradoja. Una paradoja asquerosa.

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