Una observación a Espido Freire

Se la tenía guardada de hace tiempo. Concretamente, desde el 15 de mayo de 2011, día que, por casualidad llegó a mis manos la siguiente columna:
  
En B

El mendigo de la panadería se instala allí alrededor de las nueve. Es un gitano de Rumanía, con la boca trufada de dientes de oro y una gorra de tweed. Ha invertido poco en herramientas: un cartón plastificado con fotos de niños y un vaso de cerveza, de plástico. "Muchas gracias, mucha suerte", grita, mientras persigue a los transeúntes con una energía notable. A las dos finaliza su jornada. Cambia la calderilla por billetes en el bar, pide un bocadillo, que siempre alguien le compra y recoge a su mujer, que trabaja dos esquinas más abajo. Los domingos, o si llueve, no se presenta. 

Ayer una anciana le dio una gran bolsa de ropa, trajes de caballero, en su mayoría. Él rebuscó, cogió dos pantalones bastante raídos. El resto apareció desperdigado en una manzana próxima.
Me resulta incomprensible la mezcla de culpa y paternalismo por la que le dan limosna. Raro es el día en el que no cambia 60 o 70 euros, pese a la competencia del nigeriano de La farola, y del acordeonista ruso, que convierten un paseo por la calle en una gincana. Libres de impuestos, de tasas, de seguros sociales. Entre las promesas electorales que buscan que el dinero B, el mercado negro de trabajo, aflore, ¿meterán mano a estos mendigos? ¿O a las decenas de miles de prostitutas y proxenetas, un sector en auge? ¿O, como es de prever, serán autónomos y empresas quienes, vampirizados de nuevo, soporten cargas fiscales nuevas? 

Y no, no me pidan que sienta lástima o compasión por él. Su modelo de negocio es mucho más rentable que el mío. 

Dos días antes, había sido publicada por el periódico ADN en su contraportada. La columna me indignó, por múltiples y evidentes motivos. Con su autora, Espido Freire, coincidí el otro día en un congreso. Y, como ya he dicho, se la tenía guardada.


Pasar, lo que se dice pasar, no pasó nada. Ella participó en una mesa redonda sobre el papel de los medios de comunicación para prevenir el maltrato familiar de padre a hijos, Yo tomaba nota, para escribir después una noticia. Al terminar, un sonoro aplauso. Quise acercarme después, pero mi jefe, presentador de la mesa, ya había pedido un taxi para volver, corriendo, al trabajo. Al llegar a la redacción, releí el texto que tan poco me gustó en su momento. Volvió a no gustarme. Así que escribí a la escritora, tratando de ser educada:

Escribo este correo esperando que usted, Espido Freire, lo lea. Seré breve. Ayer la vi, durante la celebración del Congreso Internacional 'Padres e hijos en conflicto' que organizó Javier Urra. No quise ser maleducada, pues estaba usted redeada de personas, así que no me acerqué a decirle lo que ahora mismo me dispongo a escribir.

Hace tiempo lei una columna suya titulada 'En B'. Supongo que la recordará, por si acaso me he tomado la molestia de recuperarla, buceando en internet: (Aquí copio y pego la columna)

Bueno, básicamente, lo que sentí al leer esta columna fue ardor de estómago. ¿Puede la ganadora de un premio Planeta escribir semejante barbaridad? Sí puede, por lo visto. Es un artículo que no solo fomenta el racismo, sino también el desprecio hacia los que viven en la calle. Etiqueta cruelmente a uno de los sectores más machacados por la sociedad. Usted ayer dijo que hay gente que habla sin saber, refiriéndose a un debate en la radio sobre anorexia. Pues bien, creo que cuando usted escribió esta columna, lo hizo sin saber, basándose en los estereotipos. ¿Qué sabe usted de la vida de la mayoría de gitanos que vienen de Rumanía?

También dijo ayer que nunca había tenido ningún tipo de problema para publicar sus columnas. Que nunca había sido censurada. Pues bien, bajo mi punto de vista, esa columna jamás debería haber sido publicada en ADN. Nunca. No se qué pretendía conseguir con ella, a parte de ganarse el aplauso de muchos intolerantes que viven en Madrid.

Nada más, tenía que decirle esto.

Un saludo, 
Lucía de la Fuente Crespo

Sorprendentemente, un par de días más tarde, Espido me respondía:

Estimada Lucía:

Gracias por su amable email. Este artículo, efectivamente, despertó reacciones muy encontradas. Algunas similares a las que usted sintió. Otras, entre ellas las de las personas de mi barrio, completamente contrarias. A algunos les pareció una canallada. A otros, un artículo valiente. 

Niego de manera radical que fuera un artículo racista.  Describo lo que una persona, en este caso gitano rumano, hace a la puerta de mi casa. Podría ser sueco. Podría ser español.
Sigo creyendo que falta valor para abordar el tema de la mendicidad y de la prostitución. Reconozco que me indigna la tranquilidad con la que algunas personas se mantienen al margen de la legalidad mientras otras realizan un esfuerzo que casi les lleva a la ruina por mantenerse dentro. Me parece injusto. Intento ser coherente con lo que pienso, y lamento mucho que mi opinión le afecte de esa manera tan negativa y dolorosa.

Un artículo de opinión expresa precisamente eso, una opinión. No es un estudio. No es una verdad absoluta.Es posible que sepa más de lo que usted cree de la situación de los gitanos rumanos, y en particular, de esta familia gitana rumana. Sea como sea, no pretendo defenderme, ya que no me siento atacada. Muchas gracias por su opinión y reciba un afectuoso saludo. 

Pues eso. Agradecí su respuesta, para qué negarlo, aunque siguen sin convencerme sus argumentos ¿De verdad puede decirse que esta columna no es racista, no discrimina y no etiqueta? ¿De verdad refleja la realidad de la gente que pide en las calles de Madrid? ¿De verdad? ¿Pueden publicar los medios alegremente este tipo de columnas? ¿Es ADN igualmente responsable?

Acerca de Lucía de la Fuente @luciadelafuente 29 Articles
Periodista especializada en asuntos sociales