Una mujer en la Ribera (del Duero). Impresiones I: la joyita enológica de Curiel, por @Raqueliquida

Aprovechando mi condición de periodista vinícola- destilada tengo la enorme fortuna de conocer a gente interesantísima y de visitar lugares asombrosos relacionados con mi trabajo. Pero mi último viaje a la Ribera del Duero ha sido fruto de mi actividad bloguera. RaqueLíquida tiene un seguidor que desde el primer momento despertó su curiosidad… poco a poco el seguidor y la bloguera fueron intercambiando impresiones y… una cosa llevó a la otra: nos hicimos amigos (ya os digo que el vino une) y este fin de semana me he plantado en su casa, eso sí, con el permiso de su encantadora novia, que una no está para sustos. Y os voy a contar mis impresiones. Por partes, que diría Jack el Destripador.

Ojo, que el seguidor no es cualquiera, es un enólogo chiquitito que en cuanto pueda será enorme, y no me refiero a su tamaño físico. Ahora trabaja en una bodega manejable y alquilada en Curiel de Duero, muy cerca de Peñafiel, y ahí, además de hacer vino, es chicoparatodo. Tao, que así se llama este “winemaker”, es bloguero, ha sido sumiller, lleva las redes sociales de la bodega y además es quien recibe a las visitas allí, explicando cómo se hace un vino. Yo me acoplé con los enoturistas en cuanto llegué a Convento las Claras (que así se llama la bodega y se llamará el vino, aún inédito) y lo que me encontré, a simple vista, fue una bodega normal. Vamos, como todas, independientemente de su tamaño. Pero había algo diferente, y eso era Tao. Llegué justo cuando las visitas estaban empezando a catar el primero de sus vinos, procedente directamente del depósito, y esto fue lo que me encontré: No sé si a vosotros os habrá pasado, pero nunca, con todas las bodegas que he visitado, y son unas cuantas, me había encontrado con unas explicaciones tan bien dadas y tan sinceras sobre los vinos. En el vídeo no se ve toda la visita (que os animo ardientemente a realizar) pero los visitantes, todos ellos matrimonios o parejas jóvenes que pasaban el fin de semana en la comarca, permanecieron completamente atentos, asombrados con tanta honradez en las explicaciones. Repito: no es fácil encontrar una joyita como Tao en una bodega, y no lo digo solo porque le diera al “follow” en mi blog. De verdad, sé de lo que hablo. Pasamos a la sala de barricas y estuvimos catando vinos que llevaban ya unos meses allí, mientras Tao nos contó las diferencias entre unos y otros robles. Igualmente, la gente se quedaba asombrada, como pensando: “¡¡¡leñe, por una vez estoy entendiendo lo que me explican del vino!!!” Y así era. Os aseguro que se quedaron con las ganas de llevarse vino de allí, y no pudieron porque el vino todavía no está en venta. Pero del grupito de gente que se atrevió a hacer una visita a una bodega prácticamente desconocida y sin, aparentemente, mucho que enseñar (sin vino terminado, sin edificio propio, sin viñas espectaculares plantadas alrededor de la bodega) la mayor parte, apuesto, se quedarán con el nombre “Convento Las Claras” y querrán bebérselo en cuanto lo vean en una tienda o un restaurante. Y todo porque hubo un tipo arriesgado que se salió del discurso monótono que suele ser habitual en las visitas a bodegas. Eso sí, no suele ser frecuente que sea el enólogo, el que hace los vinos y los conoce al dedillo porque los controla, analiza y prueba constantemente, el que enseñe las bodegas. Pero esto también hizo de la visita algo especial, extraordinario. Así que, resumiendo esta primera parte de mis impresiones ribereñas (he estado otras veces en la Ribera, pero sin la libertad que tuve en esta visita, que yo misma programé con Tao), en Curiel se esconde una joyita enológica que recomiendo ir a visitar mientras se mantenga allí, y que no es, precisamente, ni una bodega, ni un vino.

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