Una constitución de mierda, por Gabriel Merino

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Endeble, monetarista, cicatera, de letra pequeña, farragosa,… Así recuerdo la constitución que hace unos años nos intentaron colar con el tratado de libre circulación de Schengen, la bandera azul de las estrellas, el euro y el himno de la oda a la alegría de Beethoven y Schiller. Yo fui de los que se la leyó entera buscando los fundamentos de Europa y sólo encontré algo parecido a esas cartas y extractos  que te pretenden vender un producto bancario lleno de letra pequeña, cláusulas, condiciones e intereses. Desazonado y desilusionado por la baja talla de nuestros políticos en Bruselas y Estrasburgo, ya entonces voté que no a esa mierda.

Y no porque no me sienta europeo. Pero yo siempre creí que Europa era otra cosa aparte de Bundesbanks, bolsas, divisas  y cambio. Para bien o para mal, este continente se ha inventado cosas tan antiguas y tan inútiles como las monarquías constitucionales, la música de cámara, las guerras mundiales, la inquisición, la Commonwealth, el barroco o las pinturas rupestres. Además de la supuesta competitividad alemana, Europa es el renacimiento italiano, la democracia ateniense, el estado del bienestar nórdico, el parlamentarismo británico, el mestizaje hispánico, el cubismo, la ilustración, el humanismo, la cuna de las universidades. Si le hubieran dicho a Pericles, a Carlomagno, a Descartes, a Leonardo, a Rousseau o incluso a tíos tan chungos como Napoleón, Cromwell, Calvino , Eric el Rojo, Julio César o Felipe II que redactaran una carta magna para Europa no habrían sido tan mezquinos como los de Schengen y Maastricht, no.

De pequeño, cuando éramos una autarquía franquista, estudié lo del Benelux y el Mercado Común, germen de lo que luego sería la Comunidad Económica Europea, la Comunidad Europea y al final la Unión Europea. Muchos cambios de nombre para que al final, sólo fuera este mercadillo de fin de semana que se quería prolongar los siete días. Una cutrez, una mezquindad, un truco de mercaderías cuyo fuego artificial más sonado fue el euro, la moneda por la que aquí  todo pasó a costar el doble –o más- excepto los sueldos.  Diez años después de entrar en aquella moneda, hemos dilapidado en europarlamentarios, representaciones, comisarios y tratados una vocación continental que muchos tenían y querían. Nosotros no éramos como los ingleses, que ni han estado ni estarán nunca en el euro y siguen siendo europeos, aunque sean una isla. Ni como los escandinavos que, pese a todo mantienen un sobrio, equilibrado, justo y equitativamente pagado estado de bienestar. Ni como los alemanes, italianos y franceses que, con eso de ser fundadores del tratado de Roma creen que tienen una grandeur añadida.

De aquellos polvos vienen estos lodos. A nosotros nos presentaron aquella constitución ofreciéndonos por primera vez en siglos volver a estar en Europa y parece que resultó ser un caramelo envenenado. Muchas veces, todavía cuando oigo a Merkel hablar de Europa, me pregunto si realmente ella será capaz de recitar del tirón los 27 países o su concepto de Europa se ha quedado solo en lo de… euro.

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