Una casa de tolerancia, por Javier Astasio

 


Estoy seguro de que si alguien nos hablase de un país en el que la familia del jefe del Estado trafica, mientras éste caza y se enamora, con favores mientras hace negocios con lo más corrupto del poder regional; un país en el que el patrono de patronos, no sólo ha vaciado sus empresas con descaro, poniendo a sus trabajadores y clientes en la calle con una mano delante y otra detrás, sino que tiene el descaro de decir que él mismo no se hubiera fiado de su empresa; un país en el que la iglesia católica, que, con todo su pasado de compadreo con la dictadura a cuestas se permite intervenir en la intimidad de os ciudadanos, influye para cambiar las leyes a su favor y goza de privilegios principescos, cuando el resto del país se hunde en la miseria; un país es en que el tacaño tío Gilito ha sido sustituido al frente de la banca por los golfos apandadores; un país en el que los representantes del pueblo, elegidos democráticamente tras décadas de opresión y falsos parlamentos; se burlan de los ciudadanos, les voten o no, haciendo leyes, como quien hace trajes, a la medida de unos pocos, mientras se tornan cada vez más poderosos y más distantes de sus electores, a los que, ya, ni miran a los ojos; un país en el que los sindicatos, de tanto pisar moqueta, han olvidado de donde vienen y para qué están en la sociedad; un país en el que la prensa, que tanto hizo por la llegada de la libertad, se ha convertido en un manojo de sociedades anónimas, algunas controladas por eso especialistas en eso tan feo del "capital riesgo", que apenas se ocupan de lo que a la gente le interesa y se conforman con servir a sus amos y entontecer a sus lectores; un país en el que lideran la opinión unos cuantos bocazas tan descerebrados como deslenguados, sin oficio, aunque sí beneficio, que se ganan la vida entumeciendo las neuronas de la audiencia a cambio de cifras injustificables; un país, en fin, en el que una gran mayoría de los ciudadanos se ha pasado años mirando hacia otro lado, pensando que esa falsa sensación de riqueza material que le hacía creerse el rey del mambo compensaba la ruina moral y a la postre material a la que le arrastraban...

Si nos contasen todo eso como carta de presentación de ese país, seguro que más de uno pensaríamos en cualquier república bananera, emirato o territorio africano carcomido por guerrillas alucinadas, perdido en guerras tribales, mientras desvalijan sus riquezas. Nada más lejos de la realidad, porque ese país del que hablo es el nuestro, se llama España y, no hace tanto, sus ciudadanos se sentían orgullosos de serlo. Hoy, a los españoles apenas le quedan el fútbol, el sol, la paella y algún que otro cocinero para sacar pecho más allá de sus fronteras.

Ya lo dejó escrito Paolo Conte en una de sus canciones “Esto es España, señores, una casa de tolerancia”.



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