Una alegría, por Javier Astasio



Por fin, ayer, los dioses de los telediarios fueron generosos conmigo. Por fin, por un momento, llegué a creer que vivía en el país que siempre había soñado, cuando aparecieron en la pantalla de mi televisor cuatro profesionales con bata blanca, dos hombres y dos mujeres, anunciando satisfechos que su compañera Teresa Romero ya estaba libre de Ébola. Y lo hicieron sin alardes, como quien está satisfecho de haber cumplido con su obligación, pese a lo complicado de su éxito y el evidente riesgo con el que han vivido estos días.
Y, si las noticias que traían eran magníficas, más lo fue la forma en que lo hicieron, con humildad y sin rencor, sin el más mínimo resentimiento hacia quienes, con su torpeza, pusieron en riesgo a todo un país con su improvisación y sus torpes decisiones. Especialmente hermosa fue la manera en que manifestaron su agradecimiento cariñoso a todos los que formaron parte del equipo que ha atendido a lo largo de estos angustiosos quince días a la compañera enferma, un agradecimiento que se extendió, comenzó por ellos, al servicio de limpieza y a los celadores, sin alcanzar a ningún cargo político, y eso, quizá, porque no lo merecían.
Habrá quien pueda decirme que en los últimos días la gestión de la crisis se ha llevado con exquisita eficacia y que pusieron a disposición de Teresa los antivirales y el suero de la hermana Paciencia que, sin que sepamos en qué medida cada uno, han contribuido a la sanación de la auxiliar. Qué otra cosa se podía esperar, les contesto, de un país civilizado que recauda impuestos a sus ciudadanos y tiene o debería tener un sistema de salud eficaz y universal.
Fue una hermosa noticia, porque, con la labor de todos estos profesionales, no sólo han demostrado el nivel de nuestra sanidad, sino que habrán contribuido a tranquilizar a una población aturdida por todo ese tremendismo que, sin importarle las consecuencias, ha llenado horas y horas, especialmente de televisión, sembrando un pánico injustificado entre la ciudadanía y disponiendo los mimbres para que los más ignorantes tejiesen sus muros de desconfianza y marginación hacia quienes habían estado en contacto, por remoto que fuese, con Teresa o los sospechosos de contagio.
El equipo que ha atendido a Teresa Romero en el Carlos III ha demostrado que el Ébola, pese a su gravedad y enorme mortandad se cura, y más en un país del primer mundo. También que nada debe dejarse a la improvisación ni mucho menos ponerse en manos de quienes, armados de tijeras, están desmantelando uno de los mayores tesoros que tenía este país y que espero que siga teniendo, como es su Sanidad.
Ahora sólo cabe esperar que los verdaderos culpables de la crisis, la ministra y el consejero, se vayan y que lo hagan discretamente, en silencio, ahorrándonos cualquier intento de excusa, porque no las hay. Y harían muy bien Rajoy y González en no conservar esos cadáveres políticos en el escaparate de sus gobiernos, porque la gente ya ha perdido la paciencia y hace tiempo que está más que harta del zafio dontancredismo de quienes les gobierna.
Sí, la de ayer fue una muy buena noticia, en primer lugar porque Teresa está curada y a salvo y podrá, no ya quitarse de encima toda la basura que arrojaron sobre ella, sino que podrá exigir a quienes mancharon su nombre todas las responsabilidades a que hubiera lugar, pero también esa rueda de prensa fue, en sí misma, una muy buena noticia para un país demasiado acostumbrado a que quienes se sientan ante los micrófonos y las cámaras lo hagan a la defensiva. La rueda de prensa de ayer en el Carlos III fue como un esperado oasis en el desierto, quizá por eso, los periodistas presentes en ella, muchos de ellos extranjeros, despidieron a los cuatro médicos con aplausos. Ojalá tengamos pronto nuevas alegrías y escuchemos otros aplausos para los autores de la vacuna que libre a África de ésta y para quienes les libren las otras tragedias que vive.


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