UN TUFILLO A INCIENSO, por Javier Astasio

Una vez descubierto el pastel, una vez comprobado que, tras el ímpetu nacionalista, tras todo ese entusiasmo, tras esa fe ciega, ese no hacerse preguntas, esa eficacia a la hora de tocar a rebato para llenar las calles, para tomarlas, apenas había nada, porque nada se había preparado para el futro, uno no encuentra más que la confianza ciega en la providencia, divina o no, como franciscos bondadosos que lo fían todo a su dios.

Demasiado para poder digerirlo con tranquilidad y demasiado inconcebible si no es a través del filtro de una fe ciega en el destino, más propia de los promotores de aquellas cruzadas medievales, en las que se juntaban obispos guerreros y reyes ambiciosos con "lo mejor de cada casa", dispuestos todos a alcanzar gloria y riqueza. Demasiado para un tipo como yo, acostumbrado a ponerlo todo en duda, incluso el genio de Leo Messi, demasiado para quien desde que tiene uso de razón cree que todo ha de poder demostrarse y, por eso, no pisa una iglesia, si no es, y no siempre, por compromiso.

Por todo ello, me tranquiliza saber de la fe católica de algunos de los principales responsables del llamado "procés". Por ello y porque confirma lo que más de un historiador ya había apuntado: que el nacionalismo hunde sus raíces en el carlismo, atrincherado desde que fue derrotado en determinadas zonas rurales en las que, no tan curiosamente, brotó décadas después ese nacionalismo conservador del que hablamos.

No han sido uno ni dos los consellers encarcelados que, ante el juez, han esgrimido sus creencias para justificar su puesta en libertad. Lo ha hecho, por ejemplo, Oriol Junqueras en el escrito en el que se defiende del cargo de rebelión del que se le acusa, escudándose en su condición de creyente que le hace contrario a la violencia, olvidando quizá que aquí, hace casi un siglo los obispos levantaban el brazo, algunos curas llevaban el fusil al hombro y se bendecía a las tropas que entraban a sangre y fuego en las ciudades en poder del enemigo.

Claro que una de las ventajas de los que creen es la habilidad que adquieren para perdonarse faltas y pecados y el aprendizaje de la relativización de la verdad, siempre que la mentira lo sea por una causa justa que, curiosamente, ellos mismos deciden cuál es. Otra ventaja indiscutible es la futilidad de la memoria que les confiere fiarlo todo a verdades absolutas y, sobre todo, al arrepentimiento a tiempo y al perdón que lleva a la vida eterna.

Si todo esto me indigna, que me indigna y cómo, lo que me subleva es el desprecio con que se ha estado movilizando a la gente, empujándola a un combate incierto, contándoles que la victoria es segura y llevándoles a él bajo premisas, promesas, falsas de un paraíso al alcance de su mano que, ahora, se ha tornado en la larga marcha de la derrota en la que, como aquellos cruzados de entonces, cargados con su frustración y el dolor de lo que pudo ser y no fue y lo que, además, han perdido.

También me indigna saber que, como en toda cruzada, los que van a caballo, aparte de correr menos riesgos, cargan en él o sobre las espaldas del escudero el botín, esa vivienda de doscientos metros cuadrados en lo mejor de Barcelona que Artur Mas no quiere perder hasta el punto de andar pidiendo "limosna" y clemencia para evitarlo. Y me indigna toda esa gente que ha hecho del procés su modo de vida, aunque haya sido a costa de paralizar "día sí, día no", una ciudad como Barcelona que, como acabamos de comprobar, está perdiendo a borbotones un prestigio ganado gota a gota durante décadas.

En fin, que, como el misterio de la santísima trinidad, lo del procés parece ser una cuestión de fe, la fe que han puesto muchos, los ciudadanos, en gente sedienta de gloria y con un cierto, demasiado, tufo a incienso.

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