Un spoiler, por Javier Astasio


Siento por Adolfo Suárez, no sólo el mayor de los respetos, sino una gran simpatía, una simpatía que nace,  quizá, de la necesidad de compensar la incomprensión de que hice, hicimos, víctima los españoles de mi generación a un personaje, en el que no supimos en su día  ver el coraje y el instinto con que desactivó un sistema diseñado para defenderse ç de los ciudadanos, en lugar de trabajar para ellos, un  sistema al que parece que inexorablemente regresamos.
También me lleva hacia esa simpatía la solidaridad con un hombre que ha sufrido como pocos en lo privado y que lo ha hecho, sin embargo, con dignidad y discreción. Es horrible parase a pensar en todo el dolor que ha tenido que sufrir este hombre, partiendo de la falta de gratitud  y el abandono por parte de quienes a su lado hicieron carrera cuando no fortuna en la política y acabando en su tragedia familiar, en su mujer y su hija arrebatadas por la enfermedad, en la enfermedad de su otra hija, en la soledad que debió vivir cuando pasó de serlo todo a ser apenas un diputado marginal en el Congreso.
Y todo después de haber sido uno de los protagonistas de la maniobra política más arriesgada e inteligente que cabía imaginar para llevar a este país de la más rancia y sangrienta de las dictaduras hacia un sistema de convivencia que, con sus más y sus menos, nos ha permitido llegar hasta aquí, con más reproches ahora que en aquellos años y no por culpa de Adolfo Suárez, sino por la que deriva del desencanto y, por qué no decirlo, del aburrimiento y la inacción de los ciudadanos.
Considerando todo esto, en estas últimas horas ha sido un lugar común hablar del Alzheimer, la enfermedad que ha acompañado al primer presidente de la reinstaurada democracia española, la que le ha privado del conocimiento y sus recuerdos, como una bendición que le ha puesto a salvo de toso ese dolor insoportable quizá para un hombre sano. Una cruel enfermedad que, pese a toda esa literatura, está acabando con su vida como acaba cada año con la de centenares o miles de españoles.
Por todo ello, por esa simpatía, por ese agradecimiento y todo lo demás no entiendo lo que está pasando.
No entiendo que el hijo de este hombre primordial para la reciente historia de España haya tendió la absurda ocurrencia de convocar a la prensa para anunciar con cuarenta y ocho horas de antelación la muerte de su padre. No alcanzo a entender qué ha pretendido con ello, si reclamar la atención de este país sobre su padre, un tanto olvidado en este trepidante país que hoy mismo trae a decenas de miles de ciudadanos a la capital, para reivindicar la dignidad perdida que Adolfo Suárez contribuyó a traernos.
Lo que hizo ayer el hijo del expresidente fue una especie de "spoiler", una especie de "destripe" innecesario con elq ue los amigos nos revientan las historias que nos interesan, un spoiler con el que ha pretendido despejarnos, ignoro con qué fin, insisto, la última incógnita que quedaba por despejar sobre el final de la vida de su padre. Un spoiler que, a estas horas, corre ya el peligro de volverse en su contra, teñido de sarcasmo y que resta intensidad a ese momento en que nos sorprende el anuncio de la muerte de una persona querida o admirada.


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