Un país llamado Bárcenas, por Javier Astasio

 
 
Definitivamente, los españoles no tenemos arreglo. Parece como si una maldición nos impidiese manejar más de un tema al mismo tiempo. Tanto tiempo y dinero invertidos en dotarnos de eso que llamamos pluralidad en el espectro radioeléctrico para que, al final, el protagonista sea uno cada vez y,  el mensaje, prácticamente único.
De un año a esta parte, los españoles hemos sido expertos en prima de riesgo, sufridores de recortes, detractores del ministro Wert, seguidores o detractores de Mourinho y, ahora, especialistas en sobres, cuentas suizas y otras corruptelas del universo Bárcenas. Tanto, que asombra ver la corrupción con que en los telediarios de medio mundo se pronuncian ya el nombre y apellido del ex tesorero del PP hoy residente en la prisión de Soto del Real.
Hablamos de una u otra cosa, opinamos de éste o aquel asunto, pero lo hacemos aisladamente, no somos capaces de hacerlo en profundidad ni mucho menso somos capaces de establecer la conexión que existe entre uno y otro nombre, entre uno y otro asunto. Si lo hiciésemos, caeríamos en la cuenta de que el único asunto, el que unas veces se llama Bárcenas, otras Wert o Lasquetty, el que permite que aparezcan personajes como Mourinho o que se tomen decisiones que perjudican a la mayoría, ese único asunto es la corrupción que nace del poder absoluto o lleva a él.
Los españoles hemos sido demasiado tolerantes cuando no complacientes con la corrupción. Tanto que uno podría pensar que, como la quinta provincia gallega de "La Saga fuga de JB", la gran novela de Torrente Ballester, somos incapaces de verla, porque, cuando pensamos en ella, levita en el aire y desaparece. Pero existe. Está ahí para el que quiera verla. Está en el que se lleva a casa los folios o los bolígrafos de la oficina, en el que prefiere que le hagan las facturas sin IVA, el que, pudiendo pagarlo, se cuela en el metro, en el que se calla si le dan de más en el cambio d una compra o en el que practica el "simpa" en los bares, por uro placer, sin darse cuenta de que, al final, una y otra cosa traen consecuencias para todos.
Somos un poco, como Bárcenas, instrumentos necesarios e idóneos para la corrupción. Practicamos a la medida de nuestro alcance lo que, luego, otros generalizaran con la eficacia y perfección de un proceso industrial. Nos creemos muy listos y, sin darnos cuenta, estamos justificando que nos la den "con queso" una y otra vez, que hagan de la capa de nuestros impuestos su sayo de financiación ilegal o enriquecimiento delictivo.
Pero aquí nunca ha pasado nada. Siempre ha tronado, pero nunca, o pocas veces, nos hemos acordado de Santa Bárbara, Cuando queda al descubierto el hueso podrido de la corrupción, hablamos, hablan de endurecer las leyes, de perseguir al que da y al que recibe, pero sólo mientras los que reciben son otros, porque ganar elecciones es muy caro, engatusar e influir a la prensa, con una copa, en las sobremesas de suculentos banquetes, también. Y, como dijo en su día Rajoy, no se puede gastar lo que nos e tiene y, para tener hay que sacar... y, para sacar, vendar algunos ojos, tapar algunas bocas, intoxicar en muchas orejas y conducir, como se hace con los niños al enseñarles a escribir, la mano de los creadores de opinión.
Bárcenas es hoy la estrella. Bárcenas se escribe y se pronuncia en las televisiones, radios y periódicos de medio mundo, junto a la palabra España. Corremos el peligro de que se identifique a una con el otro, de que decir Bárcenas sea decir España. Es lamentable, pero es así, Y lo es, porque todos hemos sido un poco, o un mucho, Bárcenas.
 
 
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