Un hediondo campo de minas, por Javier Astasio




Existe un desarreglo mental perfectamente descrito y reconocido que es el síndrome del acumulador compulsivo. Un trastorno, parecido, pero distinto al síndrome de Diógenes,  por el que el individuo que lo padece acumula en su vivienda objetos sin valor aparente para otros, hasta el punto de hacer difícil, cuando no imposible, el uso del espacio de la vivienda.
Los hay que acumulan, ropa, libros, periódicos, discos, figuras o cualquier tipo de objetos. Y los hay que, como Esperanza Aguirre o el PP, acumulan en su espacio vital corruptos, imputados o no, que a causa de sus problemas con la justicia, no hacen sino dificultar sus movimientos en el espacio común de la vida pública, hasta el punto de atar de pies y manos, no ya al que ha traído y acumulado toda esa corrupción, sino a quienes pretenden convivir con él.
La trastienda del Partido Popular, en especial en Valencia y Madrid, está llena de mercancía en mal estado, corrupta, a punto de corromper todas las existencias, mercancía que ha echado por tierra el prestigio y la buena fama del "tendero" y que ha provocado la fuga de sus "clientes" en un goteo que al principio fue más o menos intenso y que ahora fluye a borbotones. Pero el tendero, que no quiere perder lo invertido en la mercancía corrupto, se limita a tratar de echar fuera esa mercancía y lo hace alterando la fecha de caducidad, como hizo ayer con la dimisión de los consejeros Salvador Victoria y Lucía Figar, a sabiendas de que esas renuncias solo servirían para que Ciudadanos se avenga a dejar paso a que Cristina Cifuentes sea investida presidenta de la Comunidad de Madrid.
Hubo ayer quien lanzó las campanas al vuelo al considerar que, con las dimisiones se había superado el obstáculo. Sin embargo, Albert Rivera, que puede ser todo menos tonto, sigue rondando los cebos que le lanza el PP, sin llegar a morder el anzuelo, porque sabe, como todos, salvo, al parecer, el PP y quien lo dirige que Figar y Victoria no son los únicos presuntos corruptos en el Partido Popular de Madrid y que, en la misma lista que la candidata Cifuentes le pide que apoye hay más de uno y de dos nombres que en breve se pueden ver escritos en papel judicial.
El PP, porque le ha venido muy bien para sus objetivos, se ha llenado de corruptos, que lo han sido unas veces por su propio interés y otras por el del partido.  Corruptos y presuntos corruptos que, por ser los amos del cotarro o por estar al menos en sus cercanías han ocupado, elección tras elección, sus candidaturas, pensando siempre en los paseos militares que, hasta hace dos semanas habían sido las elecciones y en que era mejor llevar ya corruptos en ellas que tener que enseñar  a corromperse a los recién llegados.
Lo malo es que el paseo militar se convirtió, como admitió en su abrazo con Castellanos la inefable Rita Barberá, acabó en hostia, en una hostia monumental, añado yo, que les ha está llevando a tener que pedir permiso para gobernar incluso allá donde han sido la lista más votada. Y, por ese vicio tan arraigado que tenemos de mirarlo todo desde el ombligo de Madrid, lo que está en el punto de mira de Ciudadanos, y de todos, es esa lista de Cifuentes elaborada por Esperanza Aguirre, en la que ya hay quien señala próximos imputados. Por eso, Rivera, que, como digo, es listo, exige que el acuerdo a que llegue con la candidata lleve también la firma de Aguirre como presidenta del partido en Madrid.

Buena estrategia la del líder de Ciudadanos -más sabiendo que las dimisiones de ayer no fueron  obra de Aguirre, sino de Rajoy- que posiblemente sólo busque excusas de cara a no verse en el trance de quitarse la careta a las generales, para no dar su visto bueno a la lista de Cifuentes, una lista que, dicen, sería un hediondo campo de minas que es mejor no pisar.


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