Un espejo en el que mirarse, por Javier Astasio

Desde hace horas no hacemos otra cosa que mirar con más desprecio que preocupación el panorama electoral italiano que pondrá fin, o no, a ese experimento antidemocrático que supuso la llegada a la jefatura del gobierno de un tecnócrata como Mario Monti que, con sus luces y a sus sombras, sus errores y su s aciertos, carecía de lo más importante a que debe aspirar un gobernante en democracia y que es el respaldo de los votos.
Ahora, concluida esa legislatura bizarra que arrancó con un Berlusconi haciendo como siempre feos equilibrios en el parlamento y concluye con los italianos exhaustos por los sacrificios impuestos por un Monti que, pese a su coherencia y credibilidad, no ha traído al país el tan ansiado despegue, los votantes, cada uno de su padre y de su madre, desde los fatalmente pobres y morenos italianos del Sur -napolitanos, sicilianos y calabreses- carne de emigración, con los italianos de la Padania, casi "tudescos", rubios y generalmente ricos y altivos, se enfrentan a unas nuevas elecciones sin salida, en un país que pasó ya hace años por la descomposición en el caldo fétido de la corrupción de esos partidos tradicionales por la que parecemos condenados a pasar también nosotros.
Una sucesión de gobiernos inestables, en un proceso caótico al que a punto estuvieron de dar salida con aquel "compromiso histórico" entre la Democracia Cristiana de Aldo Moro y el PCI de Enrico Berlinguer, el elegante y doliente líder de la izquierda, que fue frustrado por el oscuro secuestro y asesinato de Moro que, aunque firmaron las Brigadas Rojas, se consintió, si no organizo desde las más negras cloacas del Estado.
Después de aquello, más de lo mismo, con la eterna presencia del siniestro Andreotti, sospechoso, si no culpable, de entendimientos con la Mafia, con un Bettino Craxi, líder del Partido Socialista, que fue clave en tantos y tantos gobiernos y que se dejó salpicar por la corrupción hasta que exiliado murió en Túnez. Un caos cotidiano que quebrantó la poca fe en la democracia que un conservaban los italianos, hasta el punto de echarles -manos limpias mediantes- en los brazos del sinvergüenza de Berlusconi, que supo recompensar los más bajos instintos de pobres y ricos con su arrogancia, su machismo y su inmoralidad manifiestas.
El resto no se puede recordar sin sonrojo, pero, al parecer, se puede olvidar para volver a caer en los errores de siempre, porque Berlusconi volverá, al menos al parlamento, y los italianos entrarán de nuevo en la centrifugadora de esperanzas. En eso, o en la consacración de la bufonada nihilista de Grillo que a saber qué esconde tras su aparente anarquismo, porque podría ser o convertirse en un nuevo submarino berluscoliano.
Ojalá me equivoque y ojalá España no siga los pasos de Italia. De verdad lo espero y creo que, si no hemos seguido la senda de los italianos es porque los dos grandes émulos de Berlusconi, Ruiz Mateos y Jesús Gil, no se hicieron con una televisión a tiempo, porque equipos de fútbol sí tuvieron. Espero que el Berlusconi español, si es que finalmente lo va a haber, no haya terminado aún, no ya el COU, sino la ESO o como quiera que se llamen ahora. Así, al menos, tendríamos tiempo de evitarlo.



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