TURQUÍA Y CATALUÑA, por Javier Astasio


Ante todo y como en otras ocasiones, vaya por delante que no quisiera ser malinterpretado, pero no puedo dejar de expresar mi sensación de que, entre lo que está ocurriendo en Cataluña y lo que ya ha ocurrido en Turquía hay más de una similitud.
Vayamos por partes. A pesar de lo que no dejamos de escuchar en las últimas horas, los pueblos no siempre son responsables de su destino. A veces el aparato del poder, la propaganda y, sobre todo, esa tendencia a culpar al enemigo exterior de todas las desgracias que caen sobre ese pueblo acaban por calar en el imaginario de la gente, con lo que el "prietas las filas" de sus dirigentes más insolidarios, los más egoístas e iluminados funcionan.
En el caso de Cataluña, el victimismo de que hacen gala los dirigentes soberanistas, especialmente los que acaban de convertirse al mismo. esa terca estrategia de hacer creer a los ciudadanos que todos los males que les aquejan, incluidos aquellos que derivan inequívocamente de su propia gestión como lo son el deterioro de la sanidad, el transporte o las infraestructuras son consecuencia exclusiva de la maldad intrínseca del "estado español", que les oprime y explota.
Sin embargo, en cuanto tienen la más mínima oportunidad se alinean con el partido gobernante en ese "estado", en cuestiones de libertades -de recorte de libertades, mejor dicho- o de políticas fiscales y económicas, acrecentando con ello la desigualdad entre su gente.
Quiero decir con esto que unos y otros, en las relaciones entre Cataluña y "el estado", entre Turquía y su vecina Europa, se comportan de manera parecida, enseñándose los dientes en público, pero yendo de la mano en lo que, para ellos, es lo fundamental que se salvar su pervivencia al frente del gobierno, sea como sea.
Pero no es sólo el comportamiento de sus dirigentes, capaces, como en el caso de Erdogán, de fingir o, al menos, consentir y cebar un golpe de Estado destinado al fracaso y convertirlo en escandalosa coartada para llevar a cabo la más salvaje represión que se recuerda en una democracia europea, en la que se persiguen las libertades por tierra mar y aire, se despide a funcionarios, incluidos militares, maestros y policías, para hacerse con el control absoluto de la calle y para difundir la verdad unívoca que, naturalmente, es la suya, la de quienes ocupan el poder.
Naturalmente, no estoy diciendo que eso que ocurre en Turquía esté pasando en Cataluña, pero, en un territorio en el que los poderes municipal y autonómico los ostentan desde hace décadas los mismos, no es de extrañar que una importante porción del funcionariado se tiña de aparato, anteponiendo los intereses del partido que gobierna y sus amigos, a los de los ciudadanos a los que deberían servir.
De todos modos, lo que realmente empareja a Cataluña y Turquía es lo desatendidas que han estado las legítimas aspiraciones de sus ciudadanos por el poder en Bruselas o Madrid. El independentismo que siempre fue minoritario en Cataluña -no así su sentimiento "nacional", el catalanismo- ha crecido en los últimos años, alimentado por el desprecio del Partido Popular, sustentado por el muy cobarde seguidismo del PSOE, hasta límites que han llevado al soberanismo a plantearse la posibilidad, que en un tiempo fue real, de convocar y ganar un referéndum por la independencia, más, si, para Artur Mas y los suyos, ese referéndum y el camino hacia él, el "procés", se habían convertido en la única salida a su poso de corrupción y la única manera de mantenerse en el gobierno para controlar la revisión de cuentas que un cambio de gobierno comportaría.
Así como los catalanes, los ciudadanos de Turquía, el más secularizado de los países islámicos, han sufrido el desprecio de Bruselas ante sus más que legítimas aspiraciones de ingresar en la demasiado mirificada Unión Europea, por el temor a que su enorme población desequilibrase el estatus quo en los órganos de poder comunitarios, algo que, paradójicamente, se produjo con la incorporación de los países del Este, salpicando en ocasiones del más puro fascismo el Parlamento Europeo y escorando hacia el egoísmo más perverso el comportamiento de las instituciones comunitarias ante tragedias cono la de los refugiados.
En resumen, siempre habrá, en todas partes, dirigentes empeñados en atrincherarse en el poder, en convertir la democracia en un decorado en el que desarrollar lo que, en la práctica, no son más que dictaduras vestidas de una cierta prosperidad económica. Pero, para llevar a cabo, sus propósitos, necesitan del pueblo, de un pueblo dolido y confundido al que en Turquía o en Cataluña, colocar tras su bandera.

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