Turquía I – Liándola parda por Estambul, por @Lola_Hierro

Pues ya he llegado a Turquía. Estoy desde hace dos días acogida como una reina en casa de mi querido amigo Baturay, que vive en un barrio de la parte asiática de Estambul llamado Kadikoi, nada turístico y muy familiar. Tanto que en el pequeño colmado de enfrente de su apartamento le apuntan lo que gasta y paga a fin de mes, y tanto que el señor que hace kebabs (de este hablaré luego) se lo prepara y se lo lleva a casa con una simple llamada telefónica, y eso que ya había cerrado.

Baturay vive en una calle que está cuesta arriba si vas desde los muelles donde atracan los ferries que transportan a los viajeros desde el lado europeo. Los edificios son estrechos, pequeños y viejos. Me ha contado que fueron levantados con los materiales que sobraron tras la construcción de una estación de tren. La mayoría tienen muchas plantas que caen de los pisos superiores y cada uno es de un color y tiene un estilo diferente. Me gusta mucho su calle.

Mi llegada a Estambul no pudo ser más agobiante. Solo tenía que dar tres sencillos pasos antes de coger el autobús hacia la civilización desde el aeropuerto Sabiha Gökçen, a saber: fichar en el control de pasaportes, cambiar dinero y comprar una tarjeta sim turca para el móvil. Lo del pasaporte fue, como siempre, infernal: había una cola de mil demonios. Lo del dinero fue rápido y limpio, y lo del teléfono fue de sketch de Martes y 13 en sus buenos tiempos. El chico de Turkcell no sabía apenas hablar inglés y me las vi y deseé para hacer toda la operación. Podía haber ido a Vodafone pero sus tarifas son más caras. Me tocó esperar un buen rato hasta que logré tener un número turco. En fin… que llegué a casa de Baturay cansada y hartísima.

Mi primer día en Estambul tampoco ha sido tranquila. Yo pensaba que podría hacer turismo, pero hemos empezado con mal pie: por la mañana me surgió la oportunidad de entrevistar al vicepresidente de IHH, una ONG enorme, la más popular de Turquía, que está muy metida en la asistencia a refugiados sirios. Obviamente, acepté. Y como la noche anterior había estado hasta las tantas con mi amigo y me había levantado tarde, casi no tuve tiempo de preparar el cuestionario.

Kebab de verdad y sopa de ternera. / © Lola Hierro.

Esto es meze. La explicación, más abajo. / © Lola Hierro.

Gracias a mi mala organización del tiempo, he vivido mi primera experiencia chispas tipo “vive como un local” en esta ciudad: un paseo en moto. Por todos es sabido que el tráfico en Estambul es un horror. Pues bien, como llegaba tarde a la entrevista, Baturay se ofreció (más bien se empeñó… se preocupa por mi como si fuera un padre y yo su cría de 10 años que sale al mundo por primera vez, es el mejor) a llevarme en su moto. Me preguntó: “¿Te asusta la velocidad?” y yo, que soy una intrépida reportera contesté que no, que me encanta. En qué hora… El trayecto, de unos 20 minutos, fue suicida. Adelantamos por la derecha casi todas la veces, nos metimos entre las dos filas de la coche de la autovía pisando las rayas centrales, esquivamos todo tipo de vehículos de pequeño y gran tonelaje, haciendo pirulas… Si mi madre me ve en semejante situación, me retira el pasaporte para siempre. De todas maneras, no fue tan malo porque en esta ciudad pasa como en otras de Asia y por ahí: todo el mundo conduce a lo loco pero todo el mundo sabe cómo circula el vecino, así que se coordinan de una extraña manera y nunca chocan ni tienen accidentes. Es como si bailaran en una danza secreta que solo los de aquí conocen.

Bueno, pues después de todo llegué 20 minutos tarde pero la gente de IHH me recibió muy bien y no pareció importarles. Realizamos una extensa entrevista de la que no voy a contar nada porque su contenido está reservado para los reportajes que estoy preparando por aquí. Por cierto, que en la sede de esta ONG me he tomado mi primer té turco en vaso turco (en casa de Baturay me había tomado ya como tres, pero en taza de toda la vida).

La mezquita Fatih, en la hora azul. / © Lola Hierro.

A mi salida, tenía pensado confundirme entre la masa y coger un autobús hacia el centro -o uno de ellos, porque esto es muy grande- para ver a un nuevo amigo, Miguel, que es periodista freelance y cuenta muchas de las batallitas turcas en el diario El País. Sin embargo, algo llamó mi atención: un edificio amarillo que contrastaba con el añil intenso del cielo cuando está a punto de anochecer. Era la mezquita Fatih, una que no suele salir en las guías turísticas pero que es muy grande y muy bonita por dentro y por fuera. Y allí que me fui.

Fatih, que está en el barrio del mismo nombre, fue la primera mezquita imperial. La mandó construir el sultán Mehmed II en el siglo XV, después de la conquista de Constantinopla. Es un lugar de peregrinaje porque  Mehmed, que es venerado en toda Turquía, está enterrado en un mausoleo dentro del recinto.

Mauseoleo de Mehmet II. / © Lola Hierro.

El patio de los arcos. / © Lola Hierro.

En sus orígenes fue un enorme complejo que incluía madrasas, un bazar, biblioteca y baños turcos, pero un terremoto en 1754 la dejó casi destruida, así que todo lo que se puede ver hoy en día es una reconstrucción. La mezquita es muy parecida a Hagia Sofia tanto por dentro como por fuera: tiene una cúpula de 26 metros de diámetro, es decir, enorme. Tiene varias semicúpulas, dos minaretes con balcones y un patio interior  formado por arcadas que tiene en el centro una fuente para las abluciones.

Fatih por dentro. / © Lola Hierro.

Algo había en el techo. / © Lola Hierro.

Para entrar hay que descalzarse (eso lo hice bien) y cubrirse la cabeza si eres mujer. Aquí la lié. Me puse el pañuelo y me puse a hacer fotos muy discretamente a los fieles que estaban rezando, leyendo el Corán o mirando a las musarañas. De repente, un hombre con gafas se acerca a mi y me pregunta si puede decirme algo muy importante. Le respondo que sí, y me informa de que llevo algunos mechones de pelo fuera del pañuelo y que es necesario que los tape. Qué corte. Independientemente de que me parezca mejor o peor esto de ponerse un pañuelo, en mi casa me han enseñado eso de “donde fueres, haz lo que vieres”, y no me gusta llamar la atención. Por supuesto, me lo puse en seguida.

Charlas en la mezquita. / © Lola Hierro.

En las musarañas. / © Lola Hierro.

Mi siguiente aventurilla fue cogerme un autobús y llegar a la plaza Taksim. Me volvió a ocurrir un contratiempo. Parece ser que aquí hay que moverse con una tarjeta llamada Istanbulkart. Sirve para pagar en el transporte público y se puede recargar con diversos importes. Bueno, yo no tenía ni idea y me subí en el autobús que me venía bien. Y el conductor no me aceptaba monedas. Y no tenía ni idea de qué me decía. Entendí la situación cuando un amable señor pasó su tarjeta para que yo pudiera entrar. Y no me dejó pagarle nada. Un caballero.

Plaza Taksim. O parte de ella. / © Lola Hierro.

Puestos callejeros en la plaza Taksim. / © Lola Hierro.

Mi tarde noche fue muy divertida porque he descubierto en Miguel una persona con quien podría pasarme siglos hablando sobre todos los males y bienes de nuestro oficio. Quedamos en Taksim, esa famosa plaza que ha salido en los últimos dos años en las noticias porque ha sido escenario de numerosas protestas. Las últimas han sido contra el primer ministro, Erdogan, pero las primeras comenzaron porque el Gobierno local iba a construir un centro comercial en el parque Gezi, contiguo a la plaza. Los estambulitas acamparon en el parque para protestar y la policía les dio bien, fue como una especie de 15M. A pesar de ello, los abundantes contenciosos interpuestos contra el proyecto han conseguido paralizarlo, y ahora la plaza está a medias: es peatonal, cosa que antes no y está muy bien, pero está a medio hacer.

Floristera de Taksim. / © Lola Hierro.

Comprando una corona de flores para la niña. / © Lola Hierro.

Miguel y yo paseamos por varias calles comerciales que, por cierto, aún tienen las luces de navidad puestas. La verdad es que me sentía como en pleno centro madrileño: las mismas tiendas, el mismo ir y venir de gente… Estambul parece ser una ciudad muy viva donde a la gente le gusta salir, comprar, tomarse cervezas/cafés/tes… no creo que aquí uno pueda aburrirse jamás.

Vendedor de café. / © Lola Hierro.

Turistas en la plaza Taksim. / © Lola Hierro.

 

Tras un paseo y un refrigerio por ahí, cenamos en un pequeño y recóndito restaurante, fuera de los circuitos turísticos, donde sirven meze. Los meze son como tapas pero a la turca, es decir, pequeñas raciones de comida para compartir. Nosotros pedimos cinco cosas, cada una de nombre más impronunciable, y todas estaban buenísimas. Como salí encantada del restaurante, dejo aquí la dirección. Se llama Çukur Meyhane, y es bueno, bonito y baratísimo. Salimos a unos 8 euros por cabeza y nos pusimos hasta arriba.

Mi vuelta a casa tampoco estuvo mal; cogí un minibús en el que caben solo siete personas que me llevó de vuelta al barrio de Kadikoi, cruzando otra vez el estrecho del Bósforo. Casi no me percaté a la ida porque estaba ocupada intentando no salir volando de la moto de Baturay, pero a la vuelta, más tranquila, pude maravillarme con esta extraña situación de encontrarse entre dos continentes.

El conductor del minibús. / © Lola Hierro.

A punto de cruzar el Bósforo. / © Lola Hierro.

Y antes de despedirme, dejo caer que el señor del kebab que mencioné al principio del post tiene fama de hacer los únicos kebab con pan de toda la vida, no el de pita, y que por lo visto es de los mejores de la ciudad. Pero al parecer es muy difícil encontrar su garito (recuerdo que a nosotros nos han traído la comida a domicilio hoy), así que dejo que cada uno se busque la vida si viene por aquí y quiere probarlo. Se llama Kilisli Fiko  y está en Sahap Gürler Cd, 1. Entiendo que esto es una calle.

Hoy ha sido un día agotador porque no he salido de casa en ningún momento: había demasiado trabajo acumulado y tocaba aligerar. Eso sí, mañana me pongo las pilas y turisteo como la que más.

 

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