Turismo, por Javier Astasio

Que los españoles le debemos mucho al turismo no es ningún secreto. Tanto o más que al sacrificio de aquellos emigrantes de maleta de cartón y hatillo, coautores del milagro alemán, que, con sus remesas de dinero, impulsaron junto a las divisas del turismo la economía de un país, el nuestro, que estaba necesitado de cambiar las mulas por el tractor, la bici por la mobilette o el seiscientos y, sobre todo, el "santo" rosario por Camus o las discotecas. 
Nos vino muy bien para dejar el hambre y la incultura, para comprender que el horizonte no acababa en la misa, la familia, el municipio y el sindicato, vertical, por supuesto. Relajamos las costumbres, al menos en las costas, aprendimos idiomas y también a soñar un futuro mejor y más luminoso. Con los turistas vinieron, si no las respuestas, si las preguntas que todos, especialmente los jóvenes, teníamos que hacernos antes o después.
Sin embargo, no todo fue de color de rosa, no nos salió gratis. Perdimos por ejemplo la belleza y el encanto de nuestros pueblos de costa, convertidos en via crucis de bares, terrazas y tiendas de souvenirs, perdimos también las costas y los paisajes, el horizonte, la línea de costa, convertidos en una sucesión de hoteles y edificios de apartamentos que nos privaban a los de tierra adentro del disfrute de la inmensa belleza del mar y a quienes enrojecían su piel en nuestras playas de la imagen real de un país, que nata tenía que ver con los borriquitos con sombrero, las bailaoras flamencas, las paellas y la sangría,.
Así pagamos ese "boum" de los sesenta, pero no acabó ahí la cuenta, porque hoy que España se ha convertido, después de Francia, en el país más visitado del mundo, seguimos pagando una factura injusta y humillante, en la que la precarización del empleo y el encarecimiento del alquiler de la vivienda en el centro de las ciudades que, para su desgracia, por su belleza y sus museos o, peor aún, por sus bares y terrazas, se han convertido en destino preferente de ruidosas y demasiado a menudo incivilizadas peregrinaciones de turistas, arrastrando, para penitencia nuestra, sus maletas con ruedas que no saben de horarios ni de descanso. Y es que quién se resiste a cobrar en te a o cuatroo fines de semana y las más de las veces en negro lo que cobraba a un solo y a veces moroso o exigente inquilino bajo contrato y a la luz. Y qué gonierno se resiste a aumentar la cifra de turistas o minijobs para sus estadísticas.
La cosa empezó bien. Gracias a Internet, alguien ofrecía su vivienda en vacaciones a cambio de otra en otra ciudad atractiva para ese alguien. Economía colaborativa, solidaridad inteligente entre iguales. Pero, con ese inocente juego de intercambio, aparecieron las aplicaciones que facilitaban el trueque y, como en todo, el "negocio" que en principio ni lo era ni debiera serlo, atrajo la atención de la espuma de la crisis, ese dinero desaparecido de nuestra economía, el que nos falta en impuestos para pagar los servicios y los derechos del Estado de Bienestar, convenientemente agrupado en fondos de inversión, compra baratos pisos céntricos, abandonados muchas veces por inquilinos de toda la vida, incapaces de hacer frente a alquileres desorbitados o a la incomodidad de vivir en un barrio sin tiendas, sólo con bares y restaurantes, con ruidosos y vociferantes jovencitos o no tan jovencitos, cargados de alcohol y vete a saber qué más, que hacen imposible ya el sueño de una vida tranquila en una ciudad tranquila, a la medida de sus vecinos.
Eso, por un lado. Por el otro, los abusos y los destrozos por parte de quienes sobreocupan el piso de los abuelos o la vivienda que dejaron vacía para ir al extrarradio, ha llevado a los propietarios a buscar intermediarios, grandes empresas, que explotan a quienes limpian y reparan los destrozos y, con los beneficios, compran bloques enteros o casi completos, en los que los pocos resistentes que aguantan las molestias, sufren un acoso moral y físico que persigue sus rendición para dejar el campo libre a los propietarios del gran negocio en que se han convertido esos desgraciados barrios.
Las ciudades víctimas de esta nueva fiebre del oro se están convirtiendo en escenarios por los que turistas con lo justo arrastran sus maletas y sus resacas, sin que, a cambio, se cree empleo de calidad, empleo capaz de garantizar a camareros, pinches o limpiadores una vida segura y digna que nos compense por haber perdido un paraíso de siglos que se queda sin historia, sin vecinos y sin encanto, sacrificados, a sabiendas de nuestros gobiernos, en aras del dios Turismo.

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