TRUMP ESTÁ SOBRANDO, por Javier Astasio


Los guionistas de Hollywood que tan acostumbrados nos tienen a sus inverosímiles historias no hubiesen sido capaces de imaginar para su país a un presidente tan caótico y nefasto, un presidente que, si pudiese ser tomado a broma, sólo sería capaz de interpretar el histriónico Rowan Atkinson que encarna en la pantalla Mr. Bean.
De todas las definiciones que de él se han hecho la que quizá le sienta como un traje, un traje bien cortado y no como los suyos, por cierto, es la de "niño malcriado", una especie de Macaulay Culkin de setenta años, poco acostumbrado a recibir noes como respuesta, un tanto paranoico, empeñado en interpretar ese papel de supe jefe especializado en despedir gente que los guionistas de la televisión diseñaron para él.
Trump ha entrado en la Casa Blanca como elefante en cacharrería y ha acabado en unas semanas con las esperanzas de quien pensaban que el cargo se impondría al personaje, demostrando que, en su cerebro apenas cabe algo más que su yo y los asuntos de sus hijos y sus negocios. Las que, desde luego, no le caben son las reglas del juego de la diplomacia y la discreción. En él, todo son aspavientos y, en sus manos, el smartphone es yanto o más peligroso que el maletín de los códigos para las armas nucleares, porque, con sólo los ciento cuarenta caracteres de su tuiter, es capaz de echar abajo horas y horas de negociaciones y años de buenas relaciones.
Está claro que sólo atiende a quienes cree sus amigos y que, como todos los ególatras, se comporta como lo que son, personajes inseguros e inestables, capaces de decir una cosa y la contraria en un abrir y cerrar de ojos, mostrando eso sí una firmeza aparente que nada tiene que ver con la de quien tiene todos los datos y una opinión.
Ayer, al sol de una terraza en el barrio de La Latina, mi amigo Chema Patiño mostraba su extrañeza por lo poco que parecen preocuparen España este personaje y sus hazañas y, bien mirado, tiene razón, porque si no cambia de actitud o se le pone remedio a su caprichos actitud, son muchas las cosas que estarán en juego y no sé si para bien o para mal, cosas que van desde la Unión Europea a la OTAN tal y como las conocemos y cuya desaparición o transformación llenarían de gozo al maliciosamente inteligente Vladimir Putin, amiguito del alma del estrambótico Trump, del que se fía más que de sus servicios de inteligencia.
Mal asunto, porque, acunado por las promesas del líder ruso o del indeseable Netanyahu, Trump está poniendo patas arriba y en peligro todo el sistema de equilibrios en el que hemos aprendido a vivir, un sistema que no defiendo en absoluto, porque nos ha llevado a esas guerras enquistadas que tanto dolor han traído aquí y allí. Mal asunto fuera de los Estrados Unidos y dentro, porque azuzar y enrabietar al gigante chino puede traer consecuencias, siempre malas, para los estadounidenses y para el resto del mundo, ya que en manos de China está gran parte de la deuda de Estados Unidos y todos sabemos que un estornudo allá es un catarro para el resto del mundo, al menos de ese mundo que llamamos occidental.
Lo de Trump es demasiado peligroso. Ya nadie duda que su principal ariete contra Hilary Clinton, los famosos correos electrónicos fueron puestos en sus manos por la inteligencia rusa, con la que, por cierto, mantienen, al parecer, muy buenas relaciones los asesores del exótico presidente. Ya nadie duda de ello y tampoco las agencias de inteligencia, de las que se dice que tienen pruebas de las más que buenas relaciones entre Moscú y los asesores presidenciales. Nadie duda, hasta el punto de que estas agencias estarían reservándose determinadas informaciones que no llegarían al presidente por el elevado riesgo de que acabasen en manos rusas.
De por medio hay demasiados intereses en el equipo de Trump, que ha entregado la Secretaría de Estado a un empresario del sector del petróleo, inspirador de la política exterior y de Defensa de los Estados Unidos en las últimas administraciones republicanas. Sin embargo, lo de ahora es demasiado burdo, tan tosco que no sería de extrañar que el propio partido que no lo quiso, pero tragó con él decida acabar con su presidencia, bien por el procedimiento del impeachment. puesto ya en práctica con Nixon, o por otros más expeditivos, como se sospecha que ocurrió con Kennedy. Lo que ya nadie con dos dedos de frente duda es que Trump está sobrando.

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