TORRA, PUIGDEMONT, LAS LEYES Y LA HISTORIA, por Javier Astasio

Nos habíamos preparado para la peor y por eso la jornada de ayer en Cataluña, segundo aniversario de un referéndum que nunca se debió convocar y una actuación policial desproporcionada e hiriente para cualquiera que se sienta demócrata, más, si le dicen que aquellos palos, aquella violencia se daba en su nombre. No, de ninguna manera, aquella violencia se produjo porque el gobierno del PP llevaba años pisando los callos de cualquier catalán unido sentimentalmente a su tierra, estrategia aprendida de los peores años de violencia en Euskadi, de los que el PP supo siempre sacar rédito electoral en el resto de España, estrategia que consiste en revolver avisperos para que los votantes, asustados acaben refugiándose en las faldas de sus votos.
Espero que los responsables de aquellas cargas y de aquellos dispositivos policiales, más bien bufos, dignos por desproporcionados e ineficaces de una película muda de los años veinte, acaben ante los tribunales y que todos, incluidos sus mandos políticos, acaben ante los tribunales, como han acabado ante la ley y cómo, quienes, desde la otra orilla, han acabado ante el Supremo y con una inhumana carga de prisión preventiva a sus espaldas.
Temíamos lo peor y, al parecer, la Guardia Civil en la mejor de sus versiones, usando lo último de lo último en tecnología y con la paciencia del buen pescador, acabo acumulando las pruebas suficientes para sacar de la circulación a quienes preparaban explosivos y no para una verbena, sino para sembrar el caso en Cataluña en una fecha indeterminada que será probablemente aquella en que el Supremo dé a conocer la sentencia para quienes desde la Gemeralitat y su entorno resultan responsables de lo que ocurrió hace dos años.
No pasó aquello que temíamos y todo se redujo a marchas pacíficas y algún que otro incidente, en especial contra la prensa, las televisiones de cobertura nacional, llevados a cabo por quienes, cegados cuando no azuzados por quienes difunden su única verdad, no quieren ver ni que se vea la realidad. No pasó aquello, pero lo que pasó, no tanto en las calles, sino ante los micrófonos en Barcelona y Bruselas es tanto o más preocupante que si aquello hubiese pasado.
Estoy hablando de la ligereza y el cinismo con que Carles Puigdemont, todavía en fuga y parece que va para largo, se permitió hablar de la Constitución que no quiso obedecer, diciendo desde el mayor de os desconocimientos que no es posible aplicar su artículo 155 por un gobierno en funciones como lo es el de Pedro Sánchez que, esperémoslo, agotará todas las vías antes de llegar a ello. Y no sólo eso, también él, un simple propagandista, en todo caso un periodista sin más que, como casi todos, como yo mismo, sabe un poco de mucho pero mucho de nada, se permitió reescribir la historia como si lo hiciese para uno de esos "fanzines" independentistas de su juventud, comparando sin sentido, como un charlatán de barra de bar, la insurrección de su generalitat frente al Estado al que se debe y del que emana el poder democrático que ostenta, con los crímenes de ETA, crímenes cometidos desde la clandestinidad y sin que nunca ningún gobierno vasco los respaldase. Lo hizo cuando ayer dijo, sin despeinarse, que, a pesar de los centenares de muertos, nunca se pensó siquiera en aplicar el 155, unas palabras que el lehendakari Urkullu no ha tardado en criticar como se merecen.
Mientras tanto, con esa cara de sacristán siniestro que dios le hadado, el presidente Torra, presidente por carambola, se permitía hablar de radicalidad democrática y de lo que parece haber inventado, la lucha no violenta, una suerte de violencia amable, quizá porque esa violencia es la de los suyos. Es "para mear y no echar gota", sobre todo cuando piensas que quienes tan poco respetan las leyes y manipulan en su favor la democracia han salido de las urnas. Pero, si para algo sirvió la jornada de ayer, es para saber hasta donde son capaces de llegar en su borrachera los dirigentes que, dicen, se han dado los catalanes. De momento, a reescribir a su acomodo las leyes y la Historia.

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