Torpes e insolidarios, por Javier Astasio



Los argumentos dados ayer por el ministro Alfonso Alonso, condenado, no lo olvidemos, por malgastar el dinero de los vitorianos cuando fue su alcalde, para explicar la improvisada devolución a los inmigrantes cenados a la atención sanitaria primaria, exactamente los mismos con que, hace tres años, cuando era portavoz de su grupo en el Congreso, defendió la exclusión de los inmigrantes sin papeles de la atención sanitaria universal, sólo pueden ser interpretados como una siniestra broma. Una broma que da idea de lo que le importamos los seres humanos, con papeles o sin ellos, al Partido Popular y, más aún, lo que le importa nuestra salud.
La decisión de hace tres años, tomada por Ana Mato, la ministra pasmarote incapaz de contar los coches que guarda en su garaje, o por quien la aconsejase, ha llevado la desgracia a muchos de los ochocientos mil inmigrantes sin papeles que, hasta entonces, estaban cubiertos por el paraguas de la Sanidad Pública, el mismo que, con esa atención a los sin papeles, reforzaba la nuestra, y que, con la expulsión de tres cuartos de millón de usuarios, se ha vuelto más ineficaz e injusto.
Lo dijo ayer Alonso, con mejores palabras, pero con el mismo desparpajo con que sus compañeros anuncian las medidas más crueles y peregrinas. Los inmigrantes colapsan las urgencias, del mismo modo que, según su partido, especialmente Esperanza Aguirre, aseguraban que había que expulsarlos de las consultas porque las colapsaban. Pero ni una cosa ni la otra son ciertas, porque la verdadera causa de las urgencias, que sí se produce, está en la escasez de personal sanitario para atenderlas o en la falta de camas hospitalarias en que ingresar pacientes, diezmados unos y otros por los salvajes recortes de quienes, salvo cuando se trata de ellos o los suyos, son incapaces de ver el mundo como otra cosa que un estadillo de sumas y restas.
Las verdaderas razones para tan singular bandazo en una de las medidas estrella de este gobierno hay que buscarla en las ganas de agradar a esos egoístas que lo sustentan, a aquellos a los que, no les gustan los médicos ni los pacientes extranjeros, los primeros, porque son, dicen, los que obligan a emigrar a los médicos españoles, sin pararse a pensar que son los sueldos de miseria y los contratos de días o apenas semanas los que fuerzan que los médicos y enfermeras hagan sus maletas y se vayan en cuanto al turismo sanitario del que hablan, es tan falso como lo anterior, porque, yo que visito las salas de espera con una cierta asiduidad, no veo en ellas más que enfermos y en la misma proporción en que hay extranjeros que veo en las calles o en los comercios.
Están asustados. Son una secta y están asustados. Habían llegado a creer que negando la realidad, ésta se transformaría, que negando las advertencias del Consejo de Europa, los representantes de médicos y enfermeras o de Naciones Unidas, que, tapándose las orejas o repitiendo una y otra vez la salmodia de los argumentarios de la sede de Génova, la realidad acabaría transformándose en uno de esos folletos o en uno de esos publirreportajes con los que les gusta saturar los telediarios que controlan, Pero no, los pequeños egoístas que les votan comienzan también a indignarse. Y es que en las salas de urgencias de los hospitales, donde el único criterio es el de la gravedad, sus trajes y sus visones no soportaban la espera. Y no sólo eso. Ahora, hay más gente buscando el voto de esa gente. Albert Rivera, por ejemplo que propone en Ciudadanos algo parecido a lo que ahora acaba de aprobar, de la noche a la mañana, el gobierno más torpe insolidario que hemos tenido y que, al menos eso espero, no volveremos a ver en mucho tiempo. Pero, una cosa más, cuando hablo de torpes e insolidarios, no me quedo en el gobierno, extiendo el calificativo a todos los que les votaron y que, hasta hace poco, les defendían


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