Tordesillas, por Javier Astasio



Lo han conseguido. Un año más lo han conseguido. Un año más, el nombre de Tordesillas ha abierto telediarios aquí y en medio mundo. Un año más la barbarie ha conseguido borrar siglos de Historia y de Arte, así, con mayúsculas, para reducirlos a las terribles imágenes de una salvajada. Lo han conseguido y que no se quejen, porque enrocarse en la barbarie no es una obligación, sino una opción, a mi modo de ver equivocada.
Que no se extrañen si ya no se piensa en la localidad vallisoletana como el lugar que dio nombre a un tratado por el que se repartió el mundo aún por conocer entre España y Portugal. Que nadie so se extrañen si nadie habla ya de su plaza mayor, su puente o su muralla sino como escenarios del martirio de un pobre animal aturdido, cuya oportunidad de vivir es la de llegar al campo libre entre las lanzas y navajas de centenares de energúmenos que a pie o a caballo quieren sentirse más hombres con su sangre.
Que nadie se extrañe de que reduzcamos a todo un pueblo, a  toda su gente a unas horas de horror, que no se extrañen porque son los primeros que defienden ese espectáculo que nos lleva a lo más oscuro de nuestra historia. Que no se extrañen, porque yo, por ejemplo, soy incapaz de imaginar otra cosa cuando pienso en Tordesillas.
Qué triste escuchar los insultos que sus vecinos dedican a quienes protestan por tan bárbara tradición. Les llaman, por ejemplo, sinvergüenzas, curiosa palabra en boca de quien no la siente por encarnar un reducto de incultura que no cabe en la Europa del siglo XXI a la que decimos pertenecer. Qué triste ver como la Guardia Civil, que pagamos todos, garantiza el martirio y la muerte de un pobre animal y se lleva o identifica a quienes tratan de impedirlo. Que contradicción que quienes deciden manchar sus manos con la sangre del toro no quieran testigos y persigan a pedradas o a golpes a quienes tratan de dar testimonio de sus excesos.
Qué pena ver al "campeón" del torneo pasear hasta el ayuntamiento con el rabo del animal ensartado en la lanza con la que le ha dado muerte, rodeado de otros como él que parecen envidiarle. Ayer me preguntaba qué pensaríamos, qué diríamos, si viésemos a un toro pasearse, rodeado de cabestros, con las vísceras, ensartadas en su cornamenta, del torero que acaba de matar. Probablemente, no lo soportaríamos. Por qué soportar entonces que se torture a un hermoso y aturdido ser vivo.
Y, si hay algo que soporte aún menos que la barbarie, es que se pretenda justificar tan cruel barbarie apelando a la tradición o a la cultura, porque tradición era también quemar herejes o romper el cuello de los condenados con el garrote en plaza pública delante de hombres mujeres y niños. Eso o que se celebre como fiesta la muerte de un ser inocente, algo que, lo siento, me recuerda a las ejecuciones salvajes con que tratan de atemorizarnos los fanáticos salvajes de ese régimen de barbarie y terror que autodenominan Estado Islámico. 
Sangre y cultura se llevan muy mal y siempre que las han forzado a ir juntas ha sido para hacer sufrir a inocentes, sean animales o seres humanos, porque por más que algún conferenciante cursi a sueldo del ayuntamiento de Tordesillas llame a víctima y verdugo, lancero y toro, les llame compañeros, nada tienen que ver el uno con el otro, porque el que da la muerte está allí porque quiere y el animal lo único que quiere es dejar de estar allí.
Tordesillas si sus vecinos se han estigmatizado y que no se quejen. Esto no es la tomatina de Buñol.
Salen en los telediarios de medio mundo, sí, pero para poner en evidencia su salvajismo. Y, si no todos son salvajes, que lo demuestren oponiéndose a que a otros se les consiente serlo.


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