Todo por la pasta, por Javier Astasio

 
 
Cuando se es joven se tiene un cierto sentimiento de inmortalidad que lleva a hacer cosas y a meterse en sitios imposibles. Con pocos años lo normal es tener poca experiencia de daño y tener, en cambio, muchos deseos de felicidad y diversión que, a veces, sólo consiste en estar junto a los amigos y la gente que se quiere. También nos embarga un espíritu gregario que nos lleva a probar y hacer cosas e ir a sitios, sólo porque van nuestros amigos. Curiosamente, ese sentimiento, esa desinhibición frente al peligro regresa a nosotros cuando alcanzamos determinadas edades, amparados en el "nunca me ha pasado nada", ignorando que algunas cosas, normalmente las más trágicas sólo nos pasan la primera vez que nos pasan.
Esto, hay gente que lo sabe muy bien hace mucho tiempo y lo aprovecha. Resulta paradójico, pero es así, los jóvenes tienen una capacidad y una alegría en el gasto de la que carecemos o no practicamos a otras edades. Las obligaciones, los miedos que llamamos prudencia, la previsión. El caso es que los jóvenes son, o al menos lo han sido durante estos últimos años, uno de los mercados potenciales más rentables, fácil de captar con una oferta sencilla.
No sé cuánto costaba la entrada para la trágica fiesta del Madrid Arena, ni me interesa. Lo que sí sé es que miles de jóvenes la pagaron, para entrar en un recinto abarrotado, en el que, a la vista de algunas imágenes, resultaba difícil, no sólo moverse, sino, sencillamente, estar. Y, cuando eso ocurre, una de dos, o se ha rebasado el aforo autorizado o ese aforo es cualquier cosa, menos realista.
En este caso, el recinto, una especie de pabellón multiusos, es propiedad del Ayuntamiento de Madrid y se gestiona a través de una empresa municipal que ayer, a las pocas horas de ocurrida la tragedia, curiosamente, ponía todo su empeño en afirmar que todo estaba revisado y en regla y en ponerse a salvo de posibles responsabilidades, no sólo a sí misma, sino a la organizadora de la fiesta concierto, que, por cierto, contaba, y ahora se sabe con un abultado historial de infraccione administrativas.
Entre los testimonios de los jóvenes asistentes a la fiesta hay un dato que resulta, cuando menos, curioso: no se registraron bolsos ni mochilas, no se pidió el DNI para impedir el acceso a menores y, al parecer, tampoco se puso mucho empeño en exigir la entrada. Y eso sólo ocurra cuando la taquilla ya está hecha y lo que importa es rematar el negocio con la venta de bebidas en el interior, Y, para ello, cuanta más gente dentro del recinto, mejor.
Es más, uno de los DJ, el encargado de dar la bienvenida a los asistentes dijo al comienzo de la fiesta que allí había 15.000 personas. Quizá eso explique por qué no se puso mucho empeño en el control del acceso. Para qué, si ya estaba vendido todo el papel, y, de ser cierto lo dicho por el DJ, la tercera parte de esa venta iba a quedar en negro. Lo que escribo no es un disparate, ahora mismo acabo de escuchar cómo, en Pamplona, la policía municipal desalojó una discoteca por doblar el aforo permitido, algo que comprobaron, tras contar uno por uno a los asistentes, cuando iban saliendo.
Otro importante detalle es el de las salidas de emergencia, de las que se dice que eran las correctas y que estaban abiertas. Sin embargo, está claro que algo fue mal, cuando tanta gente cayó en la trampa de ese pasillo taponado. Algo fue mal y los planes de seguridad del recinto no eran los apropiados. Eso no hay quien lo pueda poner en duda. Como tampoco puede nadie poner en duda que la Policía Municipal de Madrid no está en buenas manos, cuando se deja margen para que ocurran cosas así.
No hace muchos días nos enteramos, por otra cuestión relacionada con el aforo de otra macro fiesta, esta vez al aire libre -la de la MTV- de que apenas había una docena de policías municipales para velar por la seguridad de un acontecimiento que reunía a mas de 10.000 personas. En el Madrid Arena, que, insisto, es propiedad del Ayuntamiento de Madrid, la seguridad estaba subcontratada.
Ahorro, beneficio, negocio... esas son las palabras que parecen guiar la mano de quienes organizan y tienen la obligación de controlar y velar por la seguridad de estos espectáculos. Más valiera que, en lugar de hacerlo todo por la pasta, lo hicieran por la vida.
 
 
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