Javier Astasio
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De qué hablan los políticos, por Javier Astasio

 
Algo hemos hecho mal cuando la terrible consecuencia de este tercio de siglo de democracia es que los políticos, que deberían ser nuestros representantes, han construido entre sus vidas y las nuestras un muro de micrófonos y cámaras que, no sólo les protege de cualquier exigencia de responsabilidad, sino que les impide ver la misma realidad. Es triste, pero es así. De lo que dicen los políticos, que, por desgracia, casi nunca es lo que piensan, apenas nos ocupamos unos pocos. Da miedo saberlo, pero, a la mayoría de los ciudadanos les da igual, no ya lo que piensan, sino, incluso, lo que dicen.
Es el resultado de la sobresaturación de las solemnes "chorradas" a que nos someten con la ayuda de los medios. Por eso, cuando un telediario arranca con sus rostros en pantalla, difícilmente consigue atraer la atención hacia la pantalla de la parroquia de un bar. Han conseguido transformar su mensaje en poco más que un encefalograma plano. Hablan tanto y tan vacío y tan lejos de la realidad que su mensaje se ha convertido en otro ruido de fondo que, como el del tráfico en las ciudades y autopistas, hemos aprendido a neutralizar.
Creo que mucha culpa de esto la tenemos quienes nos hemos dedicado o nos dedicamos a esto. Hacer información, fundamentalmente en el Congreso, Asambleas o Ayuntamientos, se ha convertido en coser una especie de colcha de parches, en la que lo que importa es lo llamativo del colorido de esos parches que son las frases de diputados o concejales, más que el que la colcha cumpla su función de abrigar a los destinatarios, que son los ciudadanos.
Algunos, los más listos, lo saben y han aprendido a dejar caer ante los micrófonos sus parches más chillones, sin importar los digos y los diegos, con la mayor incoherencia y el mayor aplomo, llenando los oídos de la gente de perogrulladas no siempre coherentes y buscando en el alma cándida de la gente la tierra en que sembrar su propia existencia.
Dos ejemplos claros de lo que digo están en Miguel Ángel Revilla, ex presidente bisagra de Cantabria -unas veces a derechas y otras a izquierdas- que, después de practicar como el que más la técnica de las butades y los gestos, ha devenido en estrella televisiva, convertido parabién de las audiencias y los shares en una especie de oráculo para todo, que lo mismo da una receta de cocina que "arregla" la economía del país. Sin entrar en comparaciones imposibles, sí hay que subrayar que este señor ha hecho al revés el camino que ya hiciera aquel obsceno Jesús Gil de Tele 5 que luego se hizo con la alcaldía y el dinero de Marbella.
El otro ejemplo -y que me perdonen quienes creen en ella- es Rosa Díez que siempre ha sabido que una buena frase ante un micrófono vale más que horas y horas de enmiendas y que, desde hace ya tiempo, ha buscado ponerse bajo los focos olvidando lealtades y lo que haga falta para convertirse en la gran esperanza -no va con segundas- blanca de la política española. Rosa Díez sabe hablar cuando le interesa y callar cuando no. Sabe también que, si los medios no van a ella, ha de ser ella la que vaya a los medios. Recuerdo una conversación con ella, hace ya años, en la que nos doraba la píldora por darle la voz que en otros sitios se le negaba -entonces estaba aún en el PSOE- y recuerdo también muy bien que le dije que éste país sería mejor cuando los medios de comunicación nos ocupásemos de lo que hiciesen los políticos y no de lo que hacen.
En esas estamos todavía y quizá porque lo saben los dirigentes del Partido Popular han optado por no hablar de la prisión de Bárcenas. Han optado, incluso, por ignorarlo. Saben de sobra que aquellos de lo que no hablan los políticos no existe.
 
 
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