Javier Astasio
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Ser y parecerlo, por Javier Astasio

 
 
Difícilmente se puede ser algo sin parecerlo, pero más difícilmente se puede parecer algo sin serlo. Eso es lo que he creído entender que decía el periodista y ex militante del PP, Manuel Millán al referirse al presidente del Tribunal constitucional, Francisco Pérez de los Cobos, pillado en un nuevo renuncio que pone en evidencia la escasa, si no nula, imparcialidad que se puede esperar de quien va a tener la última palabra, el voto de calidad, en las decisiones que adopte el Tribunal Constitucional.
Gracias a la Cadena SER, acabamos de enterarnos de que el presidente del más alto Tribunal publicó hace tres años, en la  revista Relaciones Laborales, un artículo  firmado junto al hoy director general de Empleo, Xavier Thibault, en el que bajo el título 'La reforma de la negociación colectiva', ambos expresan su opinión sobre diversos aspectos de la misma, que luego han quedado recogidos, en más de un artículo casi textualmente, en la Reforma Laboral aprobada por el gobierno popular.

No seré yo quien niegue a ambos juristas su derecho a expresar su opinión sobre un asunto tan crucial como ese. Lo que ya no es estético ni mucho menos de recibo, es que alguien que se ha manifestado públicamente y tomando partido sobre cuestiones tan controvertidas ideológicamente, pueda llegar a tener en su mano el poder para echar abajo o mantener leyes sobre las que ya ha dado, no sólo su opinión, sino su opinión partidista.

Ya dejé escrito aquí mismo que no le encuentro explicación al hecho de que Pérez de los Cobos haya llegado a presidir el Tribunal. No me cabe en la cabeza que todo lo que estamos conociendo ahora, la existencia de este artículo, su militancia en el PP, con pago de cotizaciones incluido, su trabajo en la OIT, a todas luces incompatible, si no formal, si éticamente, con su cargo de magistrado del Tribunal Constitucional, tarea a la que, por respeto a los ciudadanos, debería dedicarse en exclusiva.

No me cabe en la cabeza y pienso que, a la hora de cumplir el trámite del "examen" parlamentario, hubo negligencia por parte de los senadores que estudiaron su candidatura. Hoy resulta fácil, casi al alcance de un alumno de la ESO, hacer una búsqueda en la red de datos y, muy especialmente, de publicaciones firmadas por cualquier personaje de una cierta relevancia pública. Por qué, entonces, no descubrieron lo que hoy ha desvelado la Cadena SER ¿No será más bien que el nombramiento venía ya cerrado y daría lo mismo cualquier cosa que se pusiese sobre la mesa? ¿No sería que su nombramiento era más un asunto de bíblico plato de lentejas que de decencia, de la búsqueda de una verdadera idoneidad para un cargo tan crucial para el bien hacer y el prestigio del Estado?

Lo que queda claro es que ese Estado queda muy tocado con todo lo que estamos sabiendo y que sólo la dimisión de Pérez de los Cobos devolvería la credibilidad presente y futura a una institución que, para los ciudadanos, es la última garantía de que, con ellos, va a hacerse justicia. Para ocupar algunos cargos, no sólo hay que parecer imparcial, hay que ser imparcial o viceversa. Y, lo siento mucho, pero el del actual presidente, Francisco Pérez de los Cobos, no es el caso.

 


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Javier Astasio
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Un plan diabólico, por Javier Astasio

 
 
Anoche, en uno de esos momentos de debilidad que uno tiene ante el televisor, me deje abducir por una escena de una película tan inverosímil como ñoña, en la que la pareja protagonista habla de la reencarnación. Como bien supondréis, yo, que soy ateo, de ciencias -presumo de ello- y no creo en tan consoladora teoría, me quede con este curioso argumento expuesto en la conversación: si la humanidad ha crecido a lo largo de los siglos y si, además, en los últimos años lo ha hecho de modo exponencial ¿Debemos pensar que no todos los que ahora habitamos el mundo? ¿Cabe pensar que las almas de nuestros antepasados se han fragmentado para que cada uno de nosotros tenga su "cachito"?
O, quizá, lo que pasa es que a algunos humanos lo que les ha tocado en el reparto es el alma de una cucaracha o un gusano. No es más que una tontería, pero creo que esa tontería la cree a pies juntillas más de un gerifalte de los que nos gobiernan. Si no, no se explica que estén tomando las decisiones que están tomando de un tiempo a esta parte y que, en mi opinión, sólo cobrarían sentido si las encuadramos dentro de un plan diabólico para acabar con una parte de la población -la que, para ellos, ha dejado de ser rentable- y abaratar al máximo los costes del resto.
Todo empezó -al menos en España y me duele decirlo- cuando los gobiernos de Felipe González comenzaron a tocar el empleo juvenil, dando facilidades y abaratando los costes de sus plantillas a base de contratar jóvenes "en formación" por una miseria, sin que el gobierno o los comités de empresa -no todos, pero, por desgracia, sí la mayoría- se tomasen la molestia de controlar y evitar que tales modalidades de contrato se utilizasen por las empresas para "rejuvenecer" y, de paso, abaratar sus plantillas. Poco a poco, la nómina de muchas empresas pasó a tener un alto porcentaje de becarios y trabajadores en formación, menos expertos, pero también menos resabiados y con menos derechos, dispuestos a "tragar" con todo, con tal de tener unos miles de pesetas o unos cientos de euros en el bolsillo a final de mes que, si no eran suficientes, complementarían papá o mamá.
Era lo lógico, cuando se es joven - a mí me pasaba- te crees inmortal y el futuro es algo lejano que se torea con el día a día. Así que nosotros, los jóvenes de entonces, los que nos quedamos supliendo a los mayores, fuimos creciendo en la empresa, alcanzando una estabilidad que creímos eterna. Así que nos embarcamos en la aventura de la familia, tuvimos hijos y todo parecía perfecto. Pero llegó un día en el que todo empezó a cambiar. Un día en el que el lugar al que acudíamos a trabajar -el edificio, la fábrica, el comercio o el colegio- pasó a tener más valor para el "amo" que el resultado de nuestro trabajo. Y las plantillas se convirtieron en una carga y así llegaron los eres, las recalificaciones de suelo y las deslocalizaciones, todo ello ante los ojos de esos seres con alma de humanos que nada querían saber de aquellos otros que la teníamos de perro, de cucaracha o de gusano, en los que un día creímos y, pese a debérnoslo todo, nos vendieron.
Nos contaron también -y también con los socialistas en el gobierno- que deberíamos dejar de pensar en que bastarían nuestras pensiones para garantizarnos una buena jubilación. Nos dijeron que sería bueno hacernos "un plan" privado. Y algunos lo hicieron. A mí no me daba para ello y por eso no caí en aquella trampa. Al cabo del tiempo, cuando había que liquidar el plan de pensiones, se lo comían los impuestos aplazados y, mientras tanto, había servido de munición especulativa contra nuestra economía y la de todos los países que cayeron en sus garras y que, antes de la llegada del euro, tuvieron que devaluar una y otra vez, para poder seguir adelante.
El colofón fue la debacle del último gobierno de Zapatero, pendiente más del marketing electoral que de la realidad y la consecuente "gran cagada" de la sociedad dando la mayoría absoluta a un gobierno formado por quienes ni siquiera sirven de explotadores y especuladores y se limitan a servirles como les sirven. El colofón ha sido la reforma laboral firmada por la ministra más vergonzosamente inútil que ha pasado por un gobierno de España, una reforma hecha por los empresarios que, con ella, se han garantizado "barra libre" para "despiojar" sus plantillas, con los resultados que todos sabéis, cifras récord de paro, despidos sin recurso posible y baratos, tan baratos, que parecen sacados de la estantería de un "chino". Despidos que se han cebado con los mayores de cincuenta años, a sabiendas de que, muy probablemente, nunca más encontrarán trabajo, tantos que la "lista" de la ministra, con la excusa de evitar eres tramposos ha decidido privarles del subsidio que, hasta ahora, les permitía no morirse de hambre, asco y pena.
Y, mientras tanto, los jóvenes, nuestros hijos en cuya educación el Estado gastó tanto dinero siguen sin encontrar trabajo y pueden darse por satisfechos si encuentran uno por trescientos o quinientos euros y, no digamos ya, si, además, cuenta con cotizaciones a la Seguridad Social, para ir poniendo los ladrillos de una jubilación que, en el mejor de los casos, les llegará a los sesenta y siete años, si es que llegan a trabajar los treinta y cinco años de cotización que les exigen.
Y, todo lo anterior, sin habar de los que han hecho y están haciendo con nuestros ahorros, otra vez ante las narices de unos y otros. En resumen, un plan diabólico destinado a que los humanos con alma de humano empujen a los que, a sus ojos, sólo tienen un cachito de alma o una entera, pero de gusano, perro o cucaracha -o es al revés-, tan viejos,  achacosos y caros de mantener, se extingan, se tiren por las ventanas, por los puentes o al metro, para que su dinero crezca y crezca, ojalá hasta que les ahogue.
 
 
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