Javier Astasio
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Una lección para el ministro, por Javier Astasio

 
 
Daba gloria ver ayer al ministro recoger azorado la mano vacía que no quisieron estrechar diez de los más brillantes estudiantes universitarios españoles. Viendo anoche las imágenes me sentí orgulloso y emocionado, tanto como confuso  debió sentirse Wert, empeñado en recolocar los puños de su camisa después del desplante, sólo para repetir el gesto protocolario y mecánico de extender la mano junto al diploma que acredita cada premio y obtener otras nueve veces la misma respuesta.
Me alegré de que esos diez estudiantes, merecedores todos de premio por sus brillantes carreras no se hubiesen dejado llevar por ese viejo consejo que suelen dar las madres y las abuelas de "hijo, tú no te signifiques". Y me alegré, porque en estos tiempos que nos toca vivir, que en especial les toca vivir a ellos, hay que hacer caso a Gabriel Celaya y tomar partido hasta mancharse. Su gesto, su desprecio al ministro responsable de que muchos de sus compañeros tengan que abandonar sus carreras a mitad de curso por no poder pagar las tasas salvajes impuestas este año o por no disponer de la beca que hasta ahora les había permitido seguir sus estudios, su gesto, insisto, ha dado la vuelta al país, las imágenes se han repetido en la red y en los telediarios, dejando sin argumentos a quienes, como el propio Wert, se llenan la boca de palabras rimbombantes como excelencia, aprovechamiento o esfuerzo.
El gesto de estos universitarios ha dejado claro que también quienes más se esfuerzan, quienes más aprovechan sus estudios, quienes han obtenido sus títulos con excelencia, desprecian a este ministro que de uno o varios plumazos ha devuelto la universidad y la educación a tiempos en los que sólo estudiaban los hijos de los pudientes, mientras se condenaba a un futuro castrado al resto. El gesto ha dejado sin argumentos a quienes piensan que las protestas y las huelgas son cosa de gamberros y vagos.
Hay quien anda diciendo que el gesto de estos jóvenes fue una muestra de mala educación y yo les quito la razón. Quienes piensan eso confunden la educación con el protocolo. Estrechar la mano es un gesto de cordialidad, de mutua confianza, de hecho se dice que, si se ofrece la mano abierta, es para demostrar que no oculta ni empuña un arma, y hay momentos en que la cordialidad no es posible, porque la mano que te ofrecen es la de quien firma las leyes dejan en la calle a decenas de miles de universitarios y sin fondos para desarrollar los conocimientos adquiridos en la Universidad a miles de licenciados como los premiados ayer ¿Puede haber cordialidad en ese caso? Creo que no y que Wert obtuvo ayer lo que merecía.
Pese a ello, hay incluso quien se compadece del pobre ministro que "es inteligente y educado" y yo les digo que he visto imágenes de Hitler y del general Franco acariciando niños y perros, les digo que no es de eso de lo que estamos hablando, que de lo que estamos hablando es de la negación del saludo a quien tiene por costumbre despreciar a quien no le da la razón, a quien como un toro ciego embiste una y otra vez contra lo que es de todos y tanto ha costado construir, dispuesto a echarlo abajo, pensando quizá en un pasado que para él fue fácil.
Para quien pasó su infancia y su adolescencia en las aulas y el patio del selecto Colegio del Pilar debe ser muy difícil pensar que un chaval de Entrevías, en Madrid, o de las tres mil viviendas de Sevilla tiene el mismo derecho que él a formarse y a hacerlo con la ayuda del Estado que pagamos todos, ricos y pobres, cada cual con su afán y su esfuerzo. Parece mentira que alguien que tanto se las da de culto, que presume de experiencia y que ha estado al frente del CIS y lleva años viviendo de la demoscopia, no sea capaz de ver que lo que está haciendo es injusto y clasista y que lo de ayer no fue un gesto de mala educación, sino toda una lección para un ministro.
 
 
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Javier Astasio
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Crueldad gratuita, por Javier Astasio

 
Podría pensarse que los hados se pusieron de acuerdo ayer para que aflorasen, una detrás de otra, una serie de noticias que hablaban todas de lo mismo, de la crueldad innecesaria y gratuita, adjetivo que, en su segunda acepción en el diccionario de la RAE, equivale a arbitraria e innecesaria. Ayer, la larga huella de las tijeras del Gobierno y la visión exclusivamente mercantilista y contable, según a quién afecten los recortes, de los gestores interpuestos, dejaron al descubierto toda una serie de acciones u omisiones del gobierno que debería ser de todos y para todos, más propia del naturalismo de Émile Zola que de un país de la Unión Europea en pleno siglo XXI.
No encuentro palabra más adecuada que crueldad, para definir lo que, si no, simplemente habría que calificar de estúpida irresponsabilidad. Porque cómo puede describirse el desprecio miserable de los responsables de la consejería de Salud del gobierno balear que negaron asistencia médica apropiada a un enfermo de tuberculosis -que además era inmigrante sin papeles, pero esto para quien se ocupa de la salud ciudadana debería ser accesorio- que, finalmente, no sólo ha fallecido, sino que, además, ha contagiado la enfermedad a quienes compartían su entorno. La decisión implacable de la consejería no sólo es miserable, sino que, a la larga, va a costarles a los ciudadanos mucho más que la atención que, como enfermo, merecía quien padecía la enfermedad y portaba una temible bacteria que no pide los papeles a sus víctimas ni distingue de razas, a la hora de minar sus pulmones y que, con el tiempo, se ha hecho resistente a los tratamientos convencionales que no hace tanto la detenían. Ante esto, sólo se me ocurre decir que los ciudadanos de las islas tienen un serio problema. Mejor dicho, dos, el del foco de tuberculosis detectado y el del otro foco de imprudencia que se ha detectado entre quienes deberían velar por su salud.
De regreso a la península, frente a las islas, está Valencia, modelo de tantas cosas en otros tiempos, los de Aznar, que ahora hace agua por todas partes y que también ha sido ridícula y cruelmente implacable al retirar a un paciente la prótesis con la que debería curar su lesión de rodilla porque su familia que, como tantas, atraviesa dificultades económicas no disponía de los ciento y pico euros que pedía por ella la ortopedia suministradora y que, entre comportarse como una ONG y repetir la genial escena de "El cochecito", optó por dejarse llevar por Azcona y por Ferreri. Ridículo carpetovetónico que estoy seguro de que a estas horas habrá dado ya la vuelta al mundo.
Cruel y miserable es también la decisión del ministro de Hacienda, el inefable Montoro, que, pesa a poder someterlas a un IVA reducido del 6%, tal y como autoriza y recomienda Bruselas, ha decidido aplicar el tipo más alto, 21%, a los servicios de comedor escolar. El histrión que tenemos por ministro ha retratado de un plumazo el afán exclusivamente recaudador y el estilo claramente chapuza con que toma sus decisiones.
Pero eso no es todo. En un episodio, denunciado por sindicatos médicos y propio de tiempos en los que quienes ostentaban el poder gustaban de advertirlo con gafas de sol, finos bigotes y barrigas prisioneras de guerreras blancas y ocurrido en el hospital de Hellín, el gerente del centro trasladó todo un equipo de neurocirugía, supongo que con el instrumental apropiado para el caso, a "su" hospital, para operar en él a su madre fuera del horario establecido para el resto de ciudadanos, utilizando para ello uno de los quirófanos del centro, a sabiendas de que el hospital de referencia de su madre, del que vinieron cirujanos y enfermeras, es el de Albacete. Espero que la madre del gerente de Hellín haya podido celebrar su día con la satisfacción y la tranquilidad que da saberse querida por su hijo, pero, si las cosas son como debieran, debería ser cesado por tamaña cacicada.
No sé si, dentro de unos años, estás cosas arrancarán de los que sobrevivamos o de nuestros hijos la misma sonrisa amarga que nos arranca el cine de Berlanga o de Ferreri. Sería bueno extraer tan inteligentes lecciones de una época, esta que vivimos, tan llena de crueldad innecesaria. 
 
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Javier Astasio
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Sanidad mortal, por Javier Astasio

 
 
Quien no ha pasado por el trance de ingresar "por urgencias" en un hospital no es consciente de como la eficacia del personal sanitario que las atiende, que es mucha, se estrella contra el muro de una falta de medios y una burocracia que acaba por estrangularla y colapsarla. Las salas de espera, primero y los "boxes" de preingreso, después, tienen una capacidad limitada y, a veces, hay que elegir lo vital frente a lo grave para dar salida a los pacientes y esa elección no siempre es la adecuada.
Todos hemos podido ver en los últimos días las imágenes del caos generado en la Residencia Juan Canalejo de A Coruña las, donde las urgencias se colapsaron hasta el punto de que las ambulancias se vieron obligadas a "hacer cola" para recuperar las camillas en las que habían llevado a los enfermos y que no les eran devueltas, dada la falta de camas para ingresarlos. El caso de la Juan Canalejo es quizá el más "vistoso", el más fácil de trasladar a un telediario, porque de salas de espera abarrotadas y de pasillos usados como salas de ingreso, repletos de camas con enfermos, los ciudadanos ya estamos curados de espanto. Yo mismo he sido uno de esos "encamados" durante horas en un pasillo hasta que fui instalado en una habitación que, naturalmente, ni siquiera era la del servicio que me correspondía.
Pues bien, eso que ya pasaba hace años, cuando las tijeras de la maldita crisis aun no habían entrado en nuestras carnes, se vive ahora multiplicado, porque, no sólo se han recortad los servicios, sino que la pérdida de poder adquisitivo de los mayores y el pago de las muchas medicinas que consumen les están llevando a una supervivencia precaria que, demasiadas veces, da con sus huesos en el hospital, casi siempre en un servicio de urgencias saturado.
El pasado martes una de estas personas mayores, concretamente una anciana, murió tras pasar varias horas en la sala de espera de las urgencias del Hospital Xeral de Vigo. No en la sala de urgencias, como podría ser lógico, sino en la sala de espera, esperando el turno para ser "valorada", y en medio de quienes, como ella, esperaban ser atendidos. La dirección del hospital que asegura haber abierto una investigación sobre el asunto, pero, al tiempo, se guarda las espaldas poniendo como excusa la punta de ingresos achacable a la actual epidemia de gripe. "Paparruchas" que diría el Mr. Scrooge de Dickens, un personaje que, desgraciadamente, está cobrando plena actualidad, como si las epidemias de gripe no fuesen habituales en estas épocas del año y acaben teniendo consecuencias como esta desgraciada muerte.
En este asunto, con estos dos casos, que podrían darse en cualquiera de los hospitales públicos españoles, volvemos a lo de siempre. Y lo de siempre es que la salud no puede tratarse como un bien de consumo sometido a precios de mercado y que se puede consumir en mayor o menor cantidad. Se está enfermo o se está sano y el derecho a ser atendido cuando se ha perdido la salud no cotiza en bolsa. Del mismo modo, un hospital no puede gestionarse como se gestionarían una fábrica o un comercio. La buena gestión debe ser el objetivo y el derroche el mal a evitar, pero nadie que persiga el lucro, como hacen todas estas empresas que revolotean como buitres sobre nuestros hospitales y centros de salud y que reparten su carroña con quienes les abren las puertas de los mismos, nadie que vea la sanidad pública como una oportunidad de negocio va a garantizar nuestra salud.
Lo acaba de dejar claro al Unión General de Trabajadores que ha presentado un informe sobre el modelo valenciano de gestión hospitalaria -el tan cacareado y fracasado modelo Alzira- que según los datos que maneja el sindicato, desde su implantación, ha tenido un coste directamente atribuible al mismo de dos mil vidas humanas. Y no sólo eso, porque haciendo cuentas ha resultado tan caro o más que el tan denostado, por el PP, modelo de gestión cien por cien pública.
Los recortes, y más si son en sanidad, matan.
 
 
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Javier Astasio
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Grandola y Hessel, por Javier Astasio

 
 
El ser humano, no sé si siempre, pero sí ahora, vive de simplificaciones, huye de lo complicado, le gustan las cosas masticadas y fáciles de digerir y, por eso, es fácil de conformar, dicho en el sentido de que lo fácil es darle forma. Los gobernantes y los medios, a veces juntos, a veces por separado, se han especializado en incorporar al sistema, a su sistema, limándole las aristas y enquistándolo, todo aquello en lo que ve peligro. Convirtiendo en símbolos vacíos, susceptibles de ser impresos en camisetas, rostros, poemas y consignas que algún día tuvieron un significado. Por ejemplo ese místico rostro del Che Guevara -nada admirados por mí, por cierto- reproducido hasta la saciedad en posters y camisetas que acaba llevando gente que ya no sabe quién fue ni qué hizo.
Me viene todo esto a la cabeza ahora que oigo hablar de "Grandola Vila Morena", la hermosa canción de José Afonso, como himno de la revolución de los claveles. Algo que no es exactamente así, ya que la canción, compuesta nueve años antes como homenaje a la Sociedad Musical Grandolense, centro cultural de una pequeña ciudad, al sur de Lisboa, que impresionó al cantautor por el nivel de sus actividades en pro de la Cultura, así, con mayúsculas.
"Grandola Vila Morena" no fue un himno, sólo fue una hermosa contraseña, la canción que varios oficiales, descontentos con la dictadura portuguesa, escucharon al cierre de un concierto de Amália Rodrigues. Un mes después, cuando todo estuvo punto para marchar sobre Lisboa, la canción, en la versión del autor, se convirtió en contraseña, ya que, su emisión por Radio Renascença la madrugada del 25 de abril de 1974 fue la señal que puso en marcha a las unidades rebeldes camino de la capital.
Qué quiero decir con esto. Simplemente, que estamos necesitados, más en tiempos como estos, de símbolos que nos identifiquen. Por eso quienes nos dominan, quienes, unas veces con sutileza y otras no, deciden por nosotros -el consumismo no es más que una sutil forma de esclavitud- y satisfacen nuestros deseos como placebos.
Acabamos de verlo con la muerte de Stéphane Hessel. Durante días hemos escuchado que el filósofo franco alemán fue el ideólogo del 15-M, algo difícilmente sostenible, si tenemos en cuenta que Hessel apoyo, figurando en ellas, las listas de François Hollande en las últimas elecciones. El 15-M fue posible porque ya estaba allí y porque, un movimiento en falso, muy mal calculado, por cierto, de las autoridades locales madrileñas, del PP, también por cierto, forzó el desalojo de los primeros y escasos acampados de la madrugada del 16, provocando, a las pocas horas, la toma real de la plaza de la Puerta del Sol.
Ahora, casi cuarenta años después, aquel "Grandola Vila Morena", desde que hace días se cantó en la Asamblea ante el primer ministro Passos Coelho, ha vuelto a despertar a los portugueses cansados de esta otra dictadura que no manda a los jóvenes a morir a las colonias, pero tampoco les deja vivir en su país. No es un himno, es, espero que lo sea, otra vez contraseña. La misma que ayer volvió a sacar la calle a cientos de miles de portugueses cansados de purgar los pecados de otros. También espero que cientos de miles de españoles se incorporen a quienes vieron en el "Indignaos" de Hessel el reflejo de lo que no es otra cosa que su pensamiento y vuelvan a tomar la iniciativa, esta vez dándole salida y sin abandonarla.
 
 
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