Javier Astasio
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Colgados de la brocha, por Javier Astasio

Recuerdo, no sé si los más jóvenes lo podéis hacer, aquella frase del pequeño Aznar, encaramado en la guerra de Irak, con la que venía a proclamarse como adalid de una misión que no era otra que la de sacar a España del rincón de la Historia. Supongo que lo decía aturdido y un poco intoxicado por el recio aroma de su amigo Bush, aquellos días en que, por lo que sabemos, le dio por jugar a vaqueros con tan nefasto personaje, mientras preparaba sus clases de inglés y su retiro dorado de puertas giratorias junto al ultraconservador depredador Rupert Murdoch, de quien cobra sueldos millonarios y para quien viene haciendo desde entonces trabajos de lo más sucio.  

Pues bien, para acercarse al vaquero borrachín y pendenciero George W, Bush, el pequeño Aznar desmontó la que hasta entonces prudente política exterior española hacia Cuba, política exterior que, orientada más, quizá, a las relaciones económicas, constituyendo una cabeza de puente, pensando en un más o menos lejano futuro de la isla sin Castro, al tiempo que España hacía valer su papel de mediador con la entonces opulenta Europa.

Toda esa labor, a veces incoherente, que llevó, por ejemplo, al redescubrimiento de la isla por gran número de empresas españolas, especialmente en el sector turístico y por los millones de turistas de nuestro país que comenzaron a practicar ese turismo de alguna manera solidario que llevaba a Cuba artículos hasta entonces "bloqueados" o escasos y esos dólares tan necesarios para la economía de la isla. Un turismo que acabó degenerando en otro más zafio y venéreo que no buscaba otra cosa que satisfacer carencias y perversiones en las necesidades de las cubanas y los cubanos, todos aquellos esfuerzos, todas esas duras negociaciones las tiró por la borda Aznar con su política, abriendo entre Cuba y España ese enorme abismo que nos ha dejado fuera como actores de la gran noticia de ayer, la futura reapertura de embajadas en Washington y La Habana.

La torpeza del pequeño Aznar y sus sucesores nos han dejado fuera de la feliz negociación, otra vez en el rincón de la Historia, detrás de uno de esos muebles que se colocan para tapar los defectos de la pared o las manchas de humedad en la pintura. Todo, por no contar con que la Historia se mueve ni con que la democracia mueve los gobiernos de las naciones, haciendo que, a veces, a uno y otro lado, en unos y otros países, las palomas se comen a los halcones.

No sé cuál será el futuro de Cuba, una tierra tan martirizada por la intransigencia de su vecino como por la obstinación de lo que comenzó en revolución y acabó en dictadura. Sólo sé que, si por fin se abre al mundo, si por fin dejan que se abra al mundo, ese futuro será mucho más feliz, algo que hasta ahora no parecía importarles a los Castro. Y, en ese futuro, nos habremos quedado otra vez colgados de la brocha, después de haber hecho el trabajo sucio para quienes ahora se sentarán a la mesa de la prosperidad cubana. Tan colgados de la brocha como Maduro y el chavismo que, quizá buscando su homologación con la revolución cubana, cedió gran parte de su riqueza energética a la Cuba que quizá haya comenzado a darle la espalda.

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Javier Astasio
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Indios y americanos, por Javier Astasio

 
No sé si en los últimos años ha sido así, porque sólo he tenido una hija que, para su bien, jugaba con su gato, con sus clicks y con sus barbies y se pasaba horas observando a las hormigas, pero en mi infancia se jugaba mucho a "indios y americanos" y supongo que, si ya no es así, es porque, ahora, los niños tienen ordenadores, videoconsolas y móviles con acceso a internet. Si fuese así, sería una lástima, porque de aquellos juegos se aprendía mucho y, sobre todo, se aprendía a elegir, a tomar partido, porque, de ser indio o americano, dependían muchas cosas. Por ejemplo ganar o perder.
Creo que, si se hiciese un estudio sobre la inclinación política que después han tomado los indios y los americanos de la infancia, tendríamos a los indios entre los románticos e inconformistas, mientras que a la "gente de orden", a los que gustan de ganar siempre, habría que buscarlos entre los de lazo y pistola. No es una invención, de hecho, don Álvaro Cunqueiro, ese señor de bronce que toma el sol cuando lo hace y vigila, sentado en su banco de piedra, quién entra y quién sale de la catedral de su Mondoñedo natal, escribió de niño un cuento en el que los indios, los rebeldes oprimidos, hablaban cómo el gallego. Quizá por eso, pese a sus primeros escarceos falangistas, acabó eligiendo, como su amigo Torrente Ballester, ser un indio sabio y brillante en una España llena de americanos de camisa azul.
Pues bien, lo que les pasa a las personas, también les ocurre a los países. Ayer tuvimos un vergonzoso ejemplo de cómo los grandes mandatarios, aquellos a los que no les tiembla el pulso a la hora de dejar sin plumas a sus paisanos, sobre todo si no son tan poderosos como sus amigos, se humillan y se pliegan, con o sin alambicadas excusas, a los deseos del poderoso James Stewart de turno, aunque sea negro y presuma de haberse criado con los indios. Ayer unos cuantos países de la vieja Europa -a otros les cupo la suerte de no haber estado en la ruta del avión del presidente boliviano- jugaron con los nervios de Evo Morales y los de los ciudadanos a quienes representa, negándole el uso de su espacio aéreo, siguiendo las instrucciones del socio que les espía con descaro, que, para que no cunda el ejemplo, no quiere dejar sin castigo, al infiel Snowden, que decidió dejar el fuerte y contar a los cuatro vientos los manejos del Séptimo de Caballería.
Hoy es cuatro de julio y estoy seguro de que, entre presumir de la captura del analista felón o verle a salvo y con asilo en un país latinoamericano, Obama optó por lo primero y, con un gesto tan inusual como irresponsable, se permitió presionar a sus socios, forzar el aterrizaje del avión de Morales en Viena y pretender una inspección del aparato, que goza de la misma inmunidad que una embajada, a la búsqueda del fugitivo.
A lo largo de la tarde, me sentí avergonzado y ofendido. Avergonzado y ofendido, porque, una vez más, pudimos comprobar que los americanos siguen persiguiendo a caballo a los renegados y que los orgullosos y pudientes ganaderos de Europa se ponen a su disposición para capturar al "delincuente" Snowden, mientras que miraron para otro lado cuando, tras los atentados de las torres gemelas, sus espacios aéreos y sus aeropuertos vivieron el trasiego de decenas de aviones que llevaban en sus cabinas a centenares de ciudadanos secuestrados, para ponerles un mono naranja y arrojarles, sin ningún tipo de garantía, al vergonzante agujero de Guantánamo.
Ayer me forzaron a tener que volver a escoger en el viejo juego y, no lo dudéis, elegí, a sabiendas de que me va a tocar perder, estar con Evo Morales, estar con los indios una vez más.
 
 
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Javier Astasio
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El ejemplo de Snowden, por Javier Astasio

 
 
Viendo ayer las imágenes de Edward Snowden, mientras explicaba desde Hong Kong su bendita fechoría, no pude sino acordarme  de mi hija, de mis sobrinos y de sus amigos, jóvenes idealistas todos ellos, que, o mucho me equivoco, o se comportarían de manera parecida a como lo ha hecho el joven "espía" que, si le hemos de creer, y yo le creo, entre conciliar el sueño por las noches y vivir como un rajá en las playas de Hawái, escogió lo primero, pese a que su acción puede costarle, en un país que, no lo olvidemos, mantiene la pena de muerte, podrá costarle, incluso, la vida.
Supongo que Snowden, como tantos otros informáticos brillantes fue contratado como mano de obra especializada para llevar a cabo las "rutinas" del seguimiento y análisis de los millones de correos y chats que diariamente circulan por la red. Y eso, porque, seamos realistas, el espionaje tiene poco o nada que ver con la imagen romántica que James Bond nos da de él y mucho más con la interrumpida rutina del personaje de Robert Redford en "Los tres días del Cóndor".
Lo que ocurre es que Edward Snowden, como ese personaje, un día se da de bruces con la realidad de lo que se esconde tras esas rutunas de los rastreos y análisis rutinarios, y es entonces cuando se enfrenta a las objeciones éticas que le plantea su aparentemente inocente trabajo y decide ponerlo todo patas arriba, dejando en evidencia a ese monstruo insaciable que hemos dado en llamar "el sistema".
No sé si me equivoco, pero me resulta mucho más fácil fiarme de Edward Snowden que de Julian Assange, en el que, como mínimo, detecto ego que me hace desconfiar de él. En el caso de Snowden, uno podría pensar que no es consciente de las consecuencias de lo que ha hecho y que no es otra cosa que dejar con el culo al aire a la CIA, para la trabajaba, al presidente Obama, que, en nombre de la seguridad, aprobó y sigue defendiendo este espionaje indiscriminado, y, cómo no,  a todas las grandes y mesiánicas empresas de la informátca y la red -Microsoft, Apple, Google o Facebook, que abrieron la puerta de atrás de sus clientes a los espías.
Sé que cuesta creer que alguien con su edad, con su futuro y con su brillantez elija vivir como un fugitivo el resto de su vida por "nada", sólo por sus ideales, pero él lo explica con toda la calma que cabe imaginar cuando dice que “Cuando te das cuenta de que el mundo que ayudaste a crear va a ser peor para la próxima generación y para las siguientes, y que se extienden las capacidades de esta arquitectura de opresión, comprendes que es necesario aceptar cualquier riesgo sin importar las consecuencias”. Y es entonces cuando le crees y cuando te pones  pensar si no te opusiste lo suficiente a la explotación de los becarios en tu trabajo, si no votaste demasiado al PSOE, pensando que era lo mejor o que creíste demasiado tiempo en la inocencia  de la monarquía o, cuando menos, en la conveniencia de no plantearte dudas.
Al contrario de lo que hacen quienes acostumbran a sacar los trapos sucios de quienes han sido sus jefes o sus compañeros -el PP está a punto de convertirse en un patio de vecinos- por despecho, por rencor o, simplemente, por dinero, Edward Snowden parece que ha actuado escuchando sólo a su conciencia. Y eso tiene mucho valor cuando se está juzgando al soldado Manning, el verdadero héroe de la filtración de los "papeles de Wikileaks" y por eso creo que, no sólo lo que ha revelado, sino el modo en que ha recelado sus identidad y la justificación de su acción son todo un ejemplo a seguir.
 
 
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