Javier Astasio
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A jugaaaaar..., por Javier Astasio

 
 
Hace ya tiempo que los otrora todopoderosos y respetados personajes  de la foto ya no se ríen como cuando fueron inmortalizados en ella para el panteón de los trúhanes. Eran otros tiempos, tiempos en los que, seguramente, bastaba levantar un teléfono o escribir un correo a la persona adecuada, para obtener el crédito urgente y salvavidas que permitía mantener pagar nóminas y mantener la ficción de una solvencia inexistente, mientras se coleccionaban coches de lujo y apartamentos en Manhattan.
 
Otros tiempos en los que llegamos a creernos los reyes del mambo, invitados a recoger las migajas de los grandes desfalcos organizados a la sombra del poder corrupto e aquí y de allá que, a cambio de financiación blanda, cuando no del perdón absoluto de las deudas hacían la vista gorda ante la orgía repugnante que se estaban pagando con nuestros ahorros.

Uno y otro coincidieron de nuevo en la prisión de Soto del Real, donde supongo que, si se cruzaron, no tendrían ya ganas de sonreír como entonces. Uno y otro acabaron allí por razones distintas. Díaz Ferrán, el otrora presidente de la patronal CEOE, que, por cierto, le mantuvo en el cargo hasta que se vio en el riesgo de celebrar sus consejos en prisión, por haber rapiñado su empresa de viajes, no sin antes haber arruinado antes las vacaciones de centenares de inmigrantes ecuatorianos, a sabiendas de que sus aviones no despegarían. Blesa fue a Soto, y por dos veces, a cuenta del celo, quizá excesivo, del juez Elpidio, convenientemente castigado ya por su osadía, que investigaba la compra, torpe si no tramposa, de un banco en Florida, con el dinero, claro, de los clientes de Cajamadrid.

En fin, minucias una y otra cosa, si se comparan con el asunto que les lleva hoy a la sede provisional de la Audiencia Nacional, en la calle Prim, donde van a ser interrogados como querellados junto a  otros "presuntos" canallas por haber estafado a miles de clientes de las cajas que formaron Bankia, sobre todo ancianos y desinformados con más buena voluntad que otra cosa que confiaron sus ahorros a empleados que, siguiendo las consignas y los sucios procedimientos dictados por la cúpula de las cajas, les hicieron creer que era un depósito seguro lo que acabó siendo aún peor que jugárselos a la ruleta.

Hoy, al final de la mañana, uno y otros, así como otros consejeros, entre los que no faltarán hoy, mañana y pasado, que vergüenza, representantes de Comisiones Obreras, UGT y del partido socialista. Unos y otros tendrán que responder de lo que, ya no cabe duda, no fue más que la rapiña del dinero de gente, en su mayoría humilde e inocente, para tapar las consecuencias del despilfarro, el amiguismo,  la codicia y la desvergüenza de quienes únicamente aportaban como aval para alcanzar sus puestos el favor de padrinos poderosos o ser la cuota que correspondía a patronal, partidos y sindicatos por practicar el "sano" y productivo oficio de ver, oír y callar.

Hoy les toca a los primeros, mañana al resto, hacer el paseíllo y sufrir la ira de quienes, amén de haber perdido sus ahorros, aunque los hayan recuperado todos o en parte, se han dejado en estos años de vergüenza y olvido, especialmente a cargo de los medios de comunicación, jirones de salud y dignidad que sólo se verán compensados con la condena de todos estos, de momento presuntos, delincuentes.

Hoy les toca a Blesa, Díaz Ferrán y el ugetista Martín Pascual, hacer el paseíllo de la ira y de la vergüenza, así que "señores", a jugar, que, con suerte y si hay justicia, la cárcel y el tener que hacer frente a la responsabilidad por el daños causado, les esperan.
 
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Javier Astasio
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‘Impudicia’, por Javier Astasio

 
 
Lo que le está pasando al PP, especialmente al madrileño, es lo que suele ocurrirles a muchas parejas, en las que, cuando las hay, se soportan las infidelidades, aunque sólo hasta el minuto siguiente al que el engañado no es sólo ya consciente de que le han puesto los cuernos, sino que tiene que vérselos en todos los espejos y, lo que es peor, en las miradas de las gentes. Y es que era más que evidente que estos señores y señoras del PP nos la estaban "pegando" y que estaban haciendo y deshaciendo a su antojo a cuenta de nuestro dinero y no hay más que ver como dejaron lo que hoy es Bankia. Pero, de ahí a leer los recaditos que se cruzaban unos y otros, a comprobar cómo se cambiaban cromos y favores con nuestros ahorros, va un abismo. Un abismo que, espero, se abra a los pies de estos chorizos con corbata y sin escrúpulos, que han esquilmado lo que con tanto esfuerzo habían ahorrado para su futuro centenares de miles de ciudadanos.
Deseo con todas mis fuerzas que toda esa gente que ha venido dando su confianza al Partido Popular a lo largo de las últimas legislaturas se lo piense y se lo piense mucho a la hora de volver a dársela a quienes han repartido canonjías, han perdonado hipotecas y otras deudas a los amiguetes y han hecho y deshecho en lo que entonces era Cajamadrid como si del cortijo familiar se tratara, aunque teniendo claro que cualquier merma patrimonial, que las hubo y muchas, no lo era en su patrimonio, si no en el nuestro.
La publicación de todos esos impúdicos correos que han desvelado eldiario.es y EL PAÍS da perfecta medida de la catadura moral de estos personajes, de sus chanchullos, de sus intereses, sus filias y sus fobias dentro, incluso, de la propia familia política, las amistades y la familia de las amistades. Basta con imaginar la prepotencia del hijo de José María Aznar y Ana Botella al escribir ese correo en el que reprocha a Miguel Blesa, el presidente que llevó Cajamadrid a la ruina, no haber accedido a los deseos de su padre que pretendía que la entidad comprase a precio desorbitado una colección de un artista, detrás de la que vete a saber qué intereses de la familia Aznar se ocultaban. El descaro con el que se dirige el vástago de tan importantes personajes para la nación y Madrid a quien se ha visto obligado a rechazar el negocio da idea del tráfico de favores y chanchullos que constituía el pan de cada día de quien estaba al frente de la entidad que arruinó desde que fue nombrado con el único aval de su vieja amistad con el padre de tan díscolo petimetre.
El cruce de correos entre José María Aznar Jr. y Miguel Blesa no es quizá el más grave de los que se han revelado. Pero es, sin duda y para mí, el más repugnante de todos, porque en él se mezclan los contravalores que parecen moverá  esta odiosa clase política. La sangre, la amistad, la ideología, la pertenencia a un club, la rapiña y, sobre todo, el mayor de los desprecios hacia quienes están abajo y no tienen para defenderse más que su trabajo y un voto que, cada cuatro años, le roban con falsas promesas y mentiras.
Pero no debemos olvidar que, por más repugnante que sean sus apaños, no hubiesen sido posibles sin la ayuda por acción u omisión de quienes compartían sillón con ellos en el consejo de Cajamadrid. Y estoy hablando de socialistas, sindicalistas y gente de izquierda unida que vieron y callaron, supieron y consintieron, a veces por un sueldo, a veces por favores y siempre por una opaca tarjeta de crédito que tan bien viene para algunas cosas.
La impudicia de estos tipos, unos y otros, no tiene precedentes y espero que alguien se la haga pagar, con prisión, si es posible, porque detrás de cada uno de sus nefastos negocios había muchos clientes que lo han perdido todo y que, si le han devuelto sus ahorros, ha sido con retraso y después de mucho sufrimiento y enfermedad.
 
 
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Javier Astasio
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Jueces y jueces, por Javier Astasio

 
 
Partamos de una advertencia: tengo una desconfianza innata ante todo aquel que necesita disfrazarse para marcar distancias con quienes han depositado, o no, el poder que ejercen. Hablo de los hombres y las mujeres de la religión, la justicia, y las fuerzas armadas y de seguridad. M diréis que  por qué no también los médicos y demás trabajadores de la sanidad y rápidamente os contesto que, en su caso, lo que llevan es ropa de trabajo. No me gustan las sotanas, los hábitos, las togas ni, en general, los uniformes. 
En el caso de las togas, mi desconfianza innata se ha visto reforzada por alguna experiencia nefasta e indirecta en el mundo de los tribunales y por los años de profesión en que anduve ocupándome de la información de los tribunales. El único consuelo que me queda es que, en alguna ocasión, la justicia que no es justa puede llegar a ser poética. Lo puede comprobar cuando, por mor de un tramposo y ambiguo contrato de arrendamiento, se vio obligado a vender al arrendatario del local que era el resultado del trabajo de toda su vida por un precio fijado en el momento de la firma. El quid de la cuestión y del fallo judicial estuvo en interpretar que pese a que figuraba como una opción, tal opción obligaba a la venta. A mi padre le costó la salud, la minuta del abogad y las costas del juicio. Podría haber recurrido el fallo, pero la salud mandaba. La paradoja es que, al final, justicia se hizo poética cuando el avispado arrendatario sigue sin poder vender, ni al ventajoso precio a que entonces lo compró, el local que ha tenido que cerrar.
Esta digresión personal viene a cuento de que, desgraciadamente, justicia y jueces no tienen por qué ir de la mano y a que, cuando se entra en un juzgado, tiene más posibilidades de salir triunfante el más  avisado y no el que lleva la razón. Lo estamos viendo continuamente, porque continuamente observamos cómo quien tiene dinero y poder para rodearse de una buena cohorte de abogados tiene, salvo excepciones, más posibilidades de salir indemne o beneficiado de los tribunales. O es que hay alguien capaz de creer que otro que no fuese Miguel Blesa, un vulgar chorizo o un estafador de poca monta, por ejemplo, hubiese  podido salir de prisión tan fácilmente, pese a que el montante de su delito no llegase ni a la centésima parte de los 36 millones del crédito que sin garantías, más bien al contrario, concedió a su amigo Gerardo Díaz Ferrán.
Me diréis que la instrucción del juez Silva no ha sido ejemplar, que quizá se ha dejado llevar por la pasión, que quizá haya habido también algo de animadversión hacia el poderoso que se va de rositas y con una pensión de libro, después de haber hundido Caja Madrid y de haber estafados a decenas de miles de sus clientes, arrebatándoles sus ahorros.
Sin embargo, el método es el método y, en los asuntos de la justicia que tiene que ver con las togas, el procedimiento es lo que manda. Y tiene su lógica, porque si no fuese así, de qué vivirían los grandes bufetes de abogados, cómo desmontarían verdades evidentes, cómo conseguirían una segunda oportunidad para que los urdidores del caso Naseiro se zambullesen en la trama Gürtel. Es verdad, el método es el método. El método puede apartar de algunos casos y de la misma carrera judicial a los jueces incómodos con el poder. Ahí tenemos a Garzón que, a su manera, es verdad, consiguió llevar al sanguinario Pinochet ante los tribunales.
Ahora le ha tocado el turno al juez Elpidio José Alonso, de cuyas presuntas rarezas hemos sabido más, en apenas un mes, que del asunto que trataba en su juzgado. Y todo porque ha dado con un poderoso que ha afilado sus garras y ha puesto en marcha toda su maquinaria, haciendo circular dosieres por las redacciones, para presentarle como un juez raro y peculiar, lleno de trampas, capaz de ensañarse con el pobre Miguel Blesa, al que ni siquiera ha dejado casarse tranquilo.
Decía que tengo tendencia a desconfiar de las togas y de los disfraces que dan autoridad, es más, sinceramente creo que algunos de quienes se presentan a la judicatura lo hacen porque oposiciones para la plaza de dios hace mucho que no salen. Pero, aún así, hay jueces y jueces. Hay jueces Robin Hood toman partido por los débiles y hay jueces que, como Pilatos, se quedan siempre a la sombra del poder.
 
 
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