Javier Astasio
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Cuéntame un cuento, por Javier Astasio

 
 
No parece, desde luego, que el locuaz ministro de Hacienda y Administraciones Públicas tuviera ayer su día, porque, una vez más se encargó de sembrar la expectación sobre el enigma de las trece fincas inexistentes, pero presentes, en los datos fiscales de la infanta Cristina. Mucha expectación, muchas conjeturas, para, al final, dejar todo tan poco claro como estaba al principio. Y no sólo eso. A cada afirmación del ministro, mediante comunicado o "de cuerpo presente", corresponde una respuesta de los culpables vicarios, notarios y registradores, que tardan apenas minutos en poner en duda, cuando no desmentir, las afirmaciones ofrecidas por el ministro.
En este escenario, chusco como pocos, la última esperanza de quienes creemos en la Justicia y en la igualdad ante la Ley hay que ponerla en manos del juez Castro, que se mantiene firme en su intención de aclarar los desmanes del yerno del rey y, en especial, este misterio de las fincas inventadas que, al parecer,  tan poco interés tiene el gobierno en aclarar.
No es la primera vez que Montoro nos deja ante la disyuntiva de perder la fe en el entorno de la hija del rey,  o quien quiera que interviniese en sus declaraciones, o perder la que hasta ahora teníamos en una institución más respetada que temida por los españoles de bien. Ya lo hizo hace unos días, con la respuesta inmediata de notarios, registradores e inspectores, negando la posibilidad del error repetido, y lo de ayer fue una segunda entrega de la misma pedorreta a la opinión pública con esa admisión de la existencia de los errores, sin que parezca existir la intención de explicarlos ni, mucho menos, hallar a los responsables o, lo que es más grave, depurar sus acciones u omisiones.
Cuantas más vueltas le doy, más me espanta que la Agencia Tributaria, la más potente de que dispone la administración para investigar cuentas, datos y registros y para cruzar sus datos con los de otras, no sea capaz de salir con dignidad de este embrollo, mientras las sospechas y los fantasmas voladores crecen en torno a la Corona, que, seguro, no parece que vaya a salir con bien de e ésta, porque admitir que no hay culpa por su parte es admitir que existen o pueden existir tramas capaces de falsificar operaciones a tres o más bandas, porque hay que poner de acuerdo o despistar al que vende, al que compra, al que da fe de la transacción, al que la registra y, por último, a los que debieran comprobar que todos los demás obran de buena fe.
Si todos los actores de tan chusco asunto han negado no sólo su veracidad, sino la misma posibilidad de que haya ocurrido, qué nos queda. Pensar que alguien se ha vuelto loco en la Agencia Tributaria, qué alguien la está saboteando o, me inclino a esto último, que alguien está tratando de encubrir el maquillaje de una cuentas que nunca olieron bien y que hablan de una cierta tolerancia con quienes no parecen conformarse con los privilegios que ya tienen.
Que no nos cuenten más cuentos, que ya tenemos el espíritu demasiado inquieto con tanta desgracia generalizada, que hay en este país niños que no comen como debieran, que aquí hay cada vez más ricos y que estos ricos lo son más, mientras crece el número de españoles que vive bajo el umbral de la pobreza y que, con todos esos problemas sobre la mesa, difícilmente nos van a devolver a nuestros sueños con sus cuentos ¡Que no nos tomen el pelo y que no nos cuenten más cuentos, por favor!
 
 
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Javier Astasio
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La mentira, por Javier Astasio

 
 
No recuerdo en qué momento de mi vida descubrí la mentira. Supongo que en la infancia y supongo que en el colegio o en algún juego con otros niños. Apuesto a que fue en esa parte de difícil acceso del disco duro que es el cerebro en la que quedan, con los enlaces rotos, los recuerdos que ya no usamos o no queremos usar. Del mismo modo, tiendo a  pensar que las primeras mentiras, mentiras inocentes todas, tienden a evitar causar daño a quien damos por supuesto que nos quiere. Queremos ahorrarles a quienes suponemos que nos quieren el mal rato de comprobar que somos traviesos o desobedientes y les escondemos la verdad o bien pintamos otra.
Dicen que educar es enseñar a fingir y creo que quien lo dice no anda lejos de acertar. Desde niños  nos enseñan, al menos intentaban enseñárnoslo, a mostrar respeto a quienes no se lo tenemos, a interesarnos, sin importarnos un comino, por la salud de los demás y a mostrar alegría o pena por el bien o el mal de otros, cuando, en el mejor de los casos, nos es indiferente. Es esa la conclusión a que he llegado después de tantos años: que se nos entrena para mentir, para ocultar nuestros verdaderos sentimientos y mostrar otros que no tenemos. Y creo, además, que ese entrenamiento se encona en los países de tradición católica. Se nos miente cuando se nos dice que la cebolla que flota en las lentejas no existe y se nos miente cuando se nos obliga a contar a un cura pegajoso lo que, de ser cierto lo que predican, dios ya ha visto. Por eso, cuando se aprende que las lentejas se han de cocinar con cebolla y se abandona la tortura de la confesión, unos e siente más libre y responsable.
Convivimos con la mentira y escondemos en ella la culpa. Es la herencia que nos han dejado tantos años de misas y catequesis. No somos responsables, no asumimos lo que hacemos. Nos limitamos a ser, simplemente, inocentes o culpables, en función de que nuestras faltas trasciendan y sean o no castigadas. Vivimos en la cultura del disimulo y la falsedad. No hay más que ver como levanta los brazos y encoge los hombros, mirando al árbitro, el jugador que acaba de lesionar de una patada a su adversario o el desparpajo de algunos políticos, Miguel Ángel Rodríguez lo es, que un día se muestra compungido por las consecuencias de sus excesos con la bebida y al siguiente se permite chistecitos con lo que bebió.
Nos mienten y nos mentimos cuando nos dicen o pensamos que con la mentira lo que se busca es no hacer daño. Es otra derivada de la educación: las mentiras blancas, esas que pretenden evitar dolor o daño a los demás, ese "ojos que no ven, corazón que no siente". Es el cran coladero por el que entra la mentira en nuestras vidas para instalarse en ellas. El que miente cree que, cuanto menos sepamos, más felices seremos. Y puede que fuera verdad,  porque los españoles éramos felices pensando en la  campechanía, la honorabilidad y el buen hacer del rey y su familia y, sin embargo, llevamos una racha en la que toda esa feliz complacencia y la misma confianza en la institución se desmoronan.
En las dictaduras, negar lo evidente es una buena estrategia. Aquí todos sabíamos de los negocios del general, su mujer y el resto de la familia. Pero informar de ello podía salir muy caro. Muerto el dictador, se mantuvo el velo sobre asuntos que concernían a la jefatura del Estado y no se informaba de muchas cosas, todo se suavizaba o se ignoraba, porque la prensa asumió que eran mejores para nuestra salud como país las mentiras blancas o el silencio.
Pero en eso llegó Internet y, con Internet, las redes sociales y la difusión sin filtrado de mentiras, verdades y opiniones. Mentir o elaborar una verdad oficial empezó a ser más difícil y, cuando mentir se hace difícil, vienen los titubeos, las simulaciones y los diferidos. Y eso es lo que está pasando hoy, ahora mismo. Los errores o falsedades, habrá que averiguar qué son, en los datos fiscales de la hija del rey casada con Iñaki Urdangarín han roto todos los diques. El silencio, primero, y las mentiras confusas y blancas después han sido incapaces de contener las sospechas y, como la mentira tiene las patas cortas, más de uno debe estar arrepentido de no haberse puesto colorado una vez que amarillo en tantas portadas.
Mentir no es bueno, pero peor es hacerlo tan a menudo y sin coherencia. No sé a quién ni de qué está tratando de proteger el gobierno. Lo que sí sé es que, al final, el quién y el qué se conocerán y que habrá, además, otra víctima: el prestigio de la Agencia Tributaria en pleno cierre de la campaña de la declaración de la renta.
 
 
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Javier Astasio
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La sorpresa del Rey, por Javier Astasio

 
 
Entiendo el cariño que el rey debe tener por su hija del mismo modo que entiendo el agradecimiento y el cariño que los españoles tienen o han tenido, yo mismo entre ellos, por el rey. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro justificarían que, ante hechos tan escandalosamente relevantes como los que rodean a la infanta Cristina y su marido, la justicia, además de ciega, se volviese sorda. Por eso soy de los que piensan que es, no sólo acertada, sino, además, inevitable, la decisión tomada por el juez Castro, una vez que ha comprobado el papel de la infanta en las empresas a través de las cuales su marido, Iñaki Urdangarín,  y su socio Diego Torres recibían dinero público de diversas administraciones, a cambio de unos dudosos servicios y, lo que es peor, para unas presuntas actividades filantrópicas que nunca existieron. 
También, y por ello, soy de los que no alcanzan a entender que el PP y PSOE se preocupen por el perjuicio que pueda causar a la imagen de España la imputación de la hija del rey y pienso que mucho más hubiera debido preocuparle que, sabiendo lo que sabemos, la justicia, el juez Castro, mirase para otro lado. Sólo una imagen de España como país consentidor con la corrupción gracias a una justicia dócil, sería peor que la que ahora mismo tenemos, ganada a pulso, por cierto, de país cuyo partido de gobierno lleva meses en entredicho, con su presidente chantajeado y mudo por lo que pueda contar un tesorero nombrado por él mismo y pillado con firma en cuantas que alcanzan los cuarenta millones de euros en Suiza y en los Estados Unidos.
Por si fuera poco, en este país, la gente sufre y sufre mucho. Hay un millón largo de familias en las que, desde hace meses, no entra un sueldo, mientras se recortan sueldos y servicios, mientas todo se deteriora, los jóvenes mejor preparados tienen que marcharse a ganarse el pan y la dignidad fuera, como hicieron sus abuelos y mientras algunos hacen negocios, y qué negocios, en los despachos de amigos colocados en los despachos adecuados. Por eso a este país, no a su clase política, no a los que le gobiernan o han gobernado, no le extraña que, si la fiscalía no lo remedia, que esa es otra, la hija del rey tenga que bajar la famosa rampa que da acceso a los juzgados de Palma, verdadera pasarela de la vergüenza para quienes están acostumbrados a rojas alfombras y flashes amigos.
Este país no se sorprenderá si la escena se presenta ante sus ojos, porque este país ha visto mucho y malo. Ha visto a su rey jugando al escondite en un matadero de elefantes y pagándolo con una cadera rota que, por cierto, nos costó una pasta reparar. Ha visto al presidente gallego que se subió en el yate y en el todo terreno de un sospechoso de narcotráfico y contrabandista conocido, decir que no sabía nada de las actividades de su amigo y mintiendo cuando asegura que, en cuanto tuvo sospechas, dejó de vele, aunque hay pruebas de que seguían telefoneándose. Ha visto a partidos y sindicatos mirar a otro lado en cajas y bancos públicos y ponían el cazo para recibir suculentas las dietas, mientras otros los saqueaban y expoliaban los ahorros de centenares de miles de españoles. Ha visto muchas cosas y se las ha tragado como sapos, porque ha visto cómo se las tragaban, con bastante menos asco, por cierto, porque previamente se las tragaban aquellos que elegía para que le representasen.
Pero el sistema inmunológico de los españoles, tan habituado a procesar basura, como cualquier otro organismo, ha generado anticuerpos, tantos y tan virulentos que reaccionan ya ante la más ´mínima agresión. Por eso, no se asombran porque la hija menor del rey tenga que bajar al infierno de los juzgados y elevarán al juez Castro al altar de sus héroes más queridos, y sólo por haber cumplido con su obligación, a pesar de la que le ha caído, la que le está cayendo y la que le caerá por hacerlo. No sólo no se asombran, sino que lo agradecen, porque de no ser así, el daño sería peor que la arcada.
Quienes rigen los destinos de este país se asombran de lo que no se asombran sus ciudadanos y esto es así porque desde hace tiempo viven en peceras de cristal y pixeles que les separan de lo que siente el pueblo y no les permiten otra cosa que mirarse el ombligo y el bolsillo. Pero la decepción y el dolor enseñan y enseñan mucho, Tanto como para no sorprendente siquiera por la tan irrespetuosa e insinuante sorpresa del rey.
 
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