Javier Astasio
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Espiados, opinión de Javier Astasio

 
 
Andamos todos muy revueltos y preocupados porque a Angela Merkel y François Hollande les espían desde Washington. Y yo, más que preocupado, ando más bien y muerto de risa y preguntándome qué se pensaban estos señores, en un mundo en el que, afortunadamente no siempre, pero demasiado a menudo ni el teléfono o el correo de la pareja se respetan, porque vivimos en un mundo en apariencia sencillo, en el que, sin embargo, todo es mucho más complicado.
Y en ese mundo aparentemente perfecto y feliz en el que, si no fuese por el soldado Bradley Manning y, especialmente, el analista de información Edward Snowden, seguiríamos jugando alegremente con nuestras vidas y nuestra intimidad, creyendo que lo hacemos con el teléfono. Algo que, pese a todo, seguiré haciendo, pero de forma consciente, porque, si he de poner en una balanza, lo que he ganado y lo que puedo perder haciéndolo, no lo dudéis, el platillo de lo que he ganado y puedo ganar -amigos impensables, culturas hasta ahora negadas, libertad, afinidad, pensamiento que ya no es ni podrá ser nunca único- pesaría mucho más.
De lo que sí debemos ser conscientes es de que, ahora, la vida de cada uno de nosotros -recuerdos, fotos, poemas, canciones, pensamientos- cabe dentro de un teléfono, qué digo un teléfono, dentro de la uña de un meñique, y, también, de que para que tenga lugar la magia de ese nuevo jugar a la vida tenemos que dejar la llave a alguien que ya no es la portera o un vecino de confianza.
Estamos en manos de las empresas que no dejan jugar con sus aparatos y programas y vamos mal, muy mal, si pensamos que lo hacemos sin pagar nada a cambio. No se trata sólo, como hemos llegado a  pensar inocentemente, que abramos nuestras ventanas para que entre por ellas la publicidad, qué va, es que nosotros mismos somos la moneda de cambio, el valor añadido en sus negocios, porque Microsoft o Apple tienen copia de la llave de nuestros secretos y no dudan en dejarse presionar a cambio de dársela al gobierno que se la pida, como tampoco dudan en vender lo que han llegado a saben de nuestros gustos y costumbres. O es que alguien cree que para seleccionar la publicidad que nos llega, de cosas que nos interesan o nos han interesado en algún momento, se la inspira el pajarito de Chaves.
No hay que darle vueltas, estamos en manos de los gigantes del software y las redes y, si no llegamos a notarlo, es porque aún les importamos un pimiento. Porque, si alguna vez deja de ser así, nos vamos a enterar. Y, no nos engañemos, el problema no está sólo en el tráfico de la información, sino en su almacenamiento, porque las compañías de teléfono, Twitter, Facebook o cualquiera otra red, pasada o futura, almacenan todo lo que escribimos o decimos y lo hacen por mucho tiempo. Cómo creemos, si no, que graban y transcriben nuestras conversaciones, hasta las más íntimas, con personas en las que confiamos plenamente. Las almacenan y, cuando hace falta, previa autorización de un juez, dejan de ser privadas. Pero eso sólo cuando se quiere utilizar legalmente, porque, para un chantaje, o para el espionaje puro y duro, basta con tener los instrumentos o los amigos apropiados.
Hoy, los gerifaltes de la Unión Europea -uno de los cuales, el nuestro, acaba de decir que alguna que otra ley o sus consecuencias no le gustan- han mostrados su preocupación, no porque Estados Unidos nos espían, sino porque es a ellos a quienes espía, lo que es tan inútil como se alzar los brazos con cara de no haber roto un plato en su vida de los defensas leñeros.
En fin, que quizá estábamos más a cubierto cuando para espiarnos tenían que buscar el cable de nuestra línea y puentearlo, algo que siempre notábamos, pero, ahora, la misma enfermedad nos hace fuertes y quizá corramos peligro, pero como en las carreteras de alta montaña, el paisaje lo merece.
 
 
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Javier Astasio
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Leonarda y Malala, por Javier Astasio

 
 
Andaba ayer distraído con mis cosas y, como casi siempre, con la radio puesta, cuando escuché que el presidente francés, el que fuera la gran esperanza de los europeos del sur frente a Merkel, se iba a pronunciar sobre la truculenta y cruel expulsión de la niña gitana Leonarda, "capturada" por la policía mientras viajaba en autobús con sus compañeros de clase, camino de una excursión. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que los casos de Leonarda y Malala, la niña pakistaní que recibió un disparo en la cabeza por haberse significado en la rebeldía contra los deseos de los talibán que quieren a las mujeres como meros animales reproductores y generadores de placer, acudiendo a clase cada día contraviniendo las consignas de los fanáticos.
Me di cuenta de que el escenario de uno y otro crimen, porque la detención de Leonarda, fue un crimen" con todas las de la ley, había sido el mismo: un autobús escolar repleto de niños. Caí en ese detalle y comencé a pensar en que no era lo único que unía ambas historias, porque en ambos casos lo que, si no se pretendía, sí se conseguía era impedir que ambas niñas prosiguiesen sus estudios. Es una lástima que los policías que se llevaron a la niña a la fuerza del autobús no grabasen las imágenes de su heroica acción, Estoy seguro de que, tras su oportuno filtrado, hubiesen triunfado en la red, con el aplaudo de más de uno.
Leonarda y Malala son víctimas de la misma intransigencia, la que no entiende o, por el contrario, entiende muy bien que la educación es un instrumento de la libertad y la igualdad a la que tenemos derecho todos los seres humanos. Amas son también víctimas del fanatismo. Malala es víctima del fanatismo religioso, de la sumisión a un inventado y cruel dios que da la razón a quienes sólo aspiran a colocarse encima de los demás, y Leonarda lo es de otros, y no menos, fanáticos, en esta ocasión de ese dios terrible que impone a los políticos la doctrina de ganar el poder y mantenerlo a toda costa, aunque para ello hayan de subir los principios al desván y encerrarlos con siete llaves, alimentando al monstruo del miedo y el odio al diferente, chivo expiatorio perfecto para quienes no quieren asumir sus propias responsabilidades.
Seguro que el ministro del Interior francés, el socialista Manuel Vals, tiene claro que en una situación como ésta, en la que la ultra derecha crece electoralmente en Francia, resulta más fácil acosar a los extranjeros, especialmente si son gitanos, que explicar las causas del paro, los recortes, la subida de la cesta de la compra o la delincuencia. Y ya se sabe cómo se comporta el perro cuando se le suelta la correa, y que me perdonen los policías que no se comportan como tales, tiende a ladrar y a morder ciegamente.
Por eso, las explicaciones dadas ayer por Hollande y su "generosidad" al autorizar el regreso a Francia de Leonarda y sólo Leonarda, no ha sido más que un parche horrendo a sumar a una tan poco estética metedura de pata como la de su ministro. La respuesta de Leonarda, la sociedad que aún cree en lo valores de la República y una parte importante de su propio partido, no se ha hecho esperar: o todos o ninguno. Lo siento, señores Hollande y Vals, pero habéis perdido el norte y vais dando tumbos golpeándoos contra la realidad. Habéis renunciado al GPS de los principios para acortar el camino y estáis dando vueltas en la rotonda de la realidad que no siempre es la que os cuentan los asesores o los medios.
A riesgo de repetirme como un abuelo Cebolleta, insisto: cuando alguien, también un político, obra de acuerdo a sus principios, o los de su partido, puede ganar o perder elecciones, pero difícilmente se equivocará. Por eso, por dar de lado a los principios, Hollande y Vals han hecho de Leonarda una nueva Malala, mientras ellos han quedado a la altura de los talibán. Lo mismo les ha ocurrido a los socialistas de aquí, perdidos en la rotonda de la crisis, sin que nadie se atreva a coger el volante, mientras muchos de sus votantes se limitan a contemplar cómo se estrella.

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Javier Astasio
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El boca a boca a un cadáver, por Javier Astasio

 
 
Ayer, por fin, Europa tomó una iniciativa en favor de los jóvenes en paro. No está mal. Ha sido necesario que dos de cada tres jóvenes españoles estén parados y que uno de cada tres parados europeos sea español. No está mal, cuando toso sabemos que en  los últimos años, los anteriores al estallido de la crisis, los jóvenes se habían constituido cm el principal motor del consumo, pese a que ya se estaban experimentando en ellos las técnicas de "bonsaización" del empleo, en las que quienes nos gobiernas se están mostrando como expertos jardineros.
Han tardado más de cuatro años en darse cuenta de que estaban sacrificando a toda una generación que, como ayer decía Hollande, aunque con otras palabras, acabará ajustándoles las cuentas a quienes hoy gobiernan Europa. Cuatro años, en los que se ha cerrado el paso a los jóvenes al empleo de calidad, mientras se expulsaba a sus padres a las tinieblas del paro de larga duración y se les  cerraban las puertas de la enseñanza superior y se les empujaba a la frontera como mano de obra cualificada y barata para quienes, además de sus coches, sus electrodomésticos y su refinada tecnología, nos están imponiendo su "maldita" austeridad.
Han caído en la cuenta del tamaño del desastre y han decretado el urgente zafarrancho para reanimar el empleo juvenil. Han decidido acudir en auxilio del náufrago, pero, para cuando lleguen, en lugar de supervivientes braceando desesperados, van a encontrar el mar sembrado de cadáveres flotantes y, todo el mundo lo sabe, tratar de hacer el boca a boca a un cadáver es tan inútil como desagradable.
Llegan muy tarde. Llegan, cuando la sociedad está no, sólo desencantada como lo estaba en los últimos años, sino polarizada y movilizada, porque quién iba a decirle a Felipe González, el mismo que hace ya tiempo que perdió el contacto con la calle y, con él, aquella sensibilidad que algún día tuvo, el mismo que no fue capaz de entender la indignada desesperación de quienes se plantan ante el portal de un diputado para manifestarle su indignación, quién iba a decirle que, él mismo iba a ser el objetivo de un escrache compartido con Rajoy, a cargo de los mismos jóvenes que quizá crecieron escuchando de sus padres alabanzas para quien supo traer el cambio a este hoy denostado país del sur de Europa.
Llegan tarde y muy bien tiene que hacerlo, para que el bálsamo que apliquen llegue a calmar el dolor y el resentimiento que han causado en la generación con más iniciativa y más preparación de que ha disfrutado este país. Dentro de poco, seremos convocados a las urnas para elegir a quienes nos han de representar en el Parlamento Europeo y sería bueno que alguien fuese capaz de aunar la voz de los descontentos. La iniciativa del PSC, dispuesto al parecer a acudir a ellas en coalición con Iniciativa, es un buen síntoma. Como lo es el de que la Izquierda Plural y los sindicatos quieran unir sus voces contra tanto desatino y tan injusto.
Como cantó Pablo Guerrero allá en los últimos años del dictador, "es tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover a cántaros. Tenemos que vivir luchando para cambiar esto, tenemos que soñar que otro mundo es posible y tenemos que creer que es posible para conseguirlo. Mientras, critiquémosles sus buenas palabras y sus trapicheos. Todos vimos que íbamos al desastre y que la solución jamás podía ser dejarnos en medio del mar, sin comida ni combustible a bordo de un barco que se hundía. Ahora, pretenden hacer el boca a boca a los cadáveres de sus víctimas y eso, como que llueva sobre el mar, no sirve para nada.
 
 
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