Gabriel Merino
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Dos grados de separación –esos amigos de mis amigos-, por Gabriel Merino

No.
No soy un lumbreras. Ni me creo en posesión de verdad absoluta, pero opino.


Opino mucho, porque escribo mucho. Y hablo. A veces –quien ya conozca escritos míos anteriores- sabrá que soy en ocasiones políticamente incorrecto, de expresión a veces zafia o grosera y de humor negro, cáustico y –si, me imagino- de sal gorda y cierta malaleche. Seguramente muchos medios no admitirían mis textos como columnas tal cual salen de mi cabeza.

Pero hay una frontera en la opinión, y más cuando se divulga. La teoría de Frighyes Karinthy de los seis grados de separación, o la del “mundo pequeño” de Milgram inciden en que todos los habitantes del mundo estamos interconectados con cualquier otro habitante del planeta a través de una cadena de conocidos de no más de seis eslabones. Con las redes y la sociedad de la información accedemos  cada vez más a las ideas y formas de pensar de numerosos “amigos de amigos”, un cercano segundo grado de separación que me ha hecho cuestionarme en más de una ocasión la veracidad de aquel viejo tema de Objetivo Birmania: “los amigos de mis amigos, ¿podrían ser mis amigos?”.


Naturalmente que estoy por la libertad de expresión, pero me asusta ver  aseveraciones, opiniones y pensamientos de gente que se encuentra tan sólo a esa distancia formal de mí que no sólo son divergentes, sino que me parecen peligrosamente nocivas. No es que voten también –ya he dicho que en términos de democracia, soy escrupuloso y creo que no hay forma mejor de saber qué es lo que piensan las mayorías y las minorías, con el respeto que le asiste a sus opiniones- sino que, a veces, me duele notarme tan cerca de gente que opina como opina.

No voy a entrar en la frontera ni en lo que leo u oigo por ahí porque me da la impresión de que cualquier lector sabe de qué hablo. Opiniones sobre mujeres, sobre estudiantes, sobre otras opciones y pensamientos políticos, sobre emigrantes, sobre creencias, sobre educación, sobre menores, sobre banderas y naciones, sobre la historia, sobre el recuerdo, sobre el trabajo, sobre los muertos de cada cual. Hay manifestaciones que no sólo son hirientes o mentiras, sino que entran en ocasiones en apologías de la discriminación, el delito o la difamación. Deforma no sólo gratuita e indocumentada, sino consciente. Trato de huir en la vida real de quienes se expresan en esos términos, pero veo con horror que dichas manifestaciones se cuelan no sólo en mi muro de Facebook o en charlas de bar, sino en tertulias televisadas, titulares de prensa, discursos de tribuna del congreso, homilías, letra pequeña de contrato de banco o suministradora, estadísticas oficiales o pancartas de cabecera de manifestación.



En cualquier caso, no se trata ya sólo de intolerancia, sino de acoso -no, y no hablo de escraches, no- e intento de derribo no únicamente atacando intimidad, honor y fama, sino señalando al divergente como objetivo o culpabilizándolo de pecado, delito, marginalidad o directamente de maldad intrínseca por el hecho de ser o pensar como lo hace.

A lo que iba hoy: cuando veo que tiene este tipo de actitud rufianesca quien se encuentra a dos grados de separación escasos de mí, no sólo me pregunto si podría llegar a hablar alguna vez en buena ley con “el amigo de mi amigo” sino que me planteo si los pocos amigos –incluso esa sociedad de amigos ligeramente ampliada y voluntariamente deformada que me permiten las redes sociales- que permiten de otros esas expresiones y exabruptos maledicentes merecen ser mis amigos. Tolerarlo sin decir que te molesta esa cercanía quizá puede llegar a ser una cesión insoportable.

A lo mejor – a lo peor- es que sigo teniendo en elevada consideración la palabra “amigo”.

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Gabriel Merino
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La música de fondo, por Gabriel Merino

Me he ganado la vida de  muy diferentes maneras: maquetando revistas, impartiendo clases de inglés o en organismos públicos, de redactor,  haciendo encuestas, de locutor, dando recitales, vendiendo cosas, cuidando niños, haciendo cerámica, informando del tráfico, midiendo dureza de materiales, ...

Gabriel Merino
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De parte de C., de M., de E., de G. y de L., a quien corresponda, por Gabriel Merino

Esta mañana me he levantado con ganas de escribir una carta a alguien del gobierno de parte de C., un poco mayor que yo, de 53 años, que tragó meconio al nacer y con el que he jugado de pequeño, aunque él jamás ha hablado ni caminado. Aún va en silla de ruedas, sus padres –de la edad de los míos- ya no pueden levantarle cuando tiene que dormir y tiene seguramente una de las sonrisas más hermosas que conozco; de M, de más de 40, que tiene espina bífida y acabó hace años su carrera de derecho: ésta no necesita que yo escriba por ella porque es de las que conduce su silla de ruedas motorizada personalmente. Aunque se mea encima y lleva pañales es muy de su pareja, no sé si finalmente cumplió su deseo de ser madre; también está E. , que ronda los 40, sindrome de Down, trabajadora y vitalista aunque cada vez con menos vista, a la que sus padres le han procurado una vida como a cualquier hija: permanentes, gafas preciosas, trabajo, la independencia que le permite su responsabilidad o la píldora inyectada para que pueda quedar con su novio sin grandes sustos;  o G., de 16, guapo como un modelo de revista masculina pero con un grave déficit de atención que le impide acceder a un recorrido escolar como el de mi hija, un chavalote encantador que le comentaba hace poco cuando iban  al cine sin demasiados complejos: “Bueno, la verdad es que uno se acostumbra a ir a un colegio de locos”; y luego está el pequeñajo de L., de menos de 10, un pedazo de “pieza” que no habla ni camina bien, recibe educación especial, a veces se mete en su mundo y no oye a nadie, pero maneja un móvil con unos dedos y una habilidad que ya quisiera yo.

Les conozco a ellos. Personalmente. Y conozco a sus cojonudos padres que, ricos o pobres, de izquierdas o de derechas, religiosos o ateos, nunca se plantearon la opción de abortar en ningún caso y los cuidan y los aman con toda la dedicación de la vida. Aunque entiendo que, si se la hubieran planteado, habrían estado en todo su derecho. Lo que sé es que ninguno de estos padres podría haber sacado el tiempo para ser ministro. Y yo hoy me cago en el gobierno que piensa que la ley de dependencia es hoy un lujo para sociedades opulentas cuando se pierde el dinero en los chanchullos que se pierde. O me cago en esos ministros que insinúan que abortar es un capricho de mujeres mal educadas.

De la situación inversa, de hijos que se ocupan de sus padres con Parkinson o Alzheimer o enfermedades graves, no voy a hablar en esta ocasión. Entiendo que si eres hijo y tienes que hacerte cargo de quienes te educaron y te trajeron al mundo con el gran dolor de ver que se apagan, se desconectan o se pierden, mucho más agudo debe ser el dolor de un padre que ve que su vida -en buena lógica- puede acabar antes que la de ese hijo que va a dejar a merced del futuro o, aún peor, a merced de lo que decida sobre él una administración cicatera, insensible y sólo pendiente del rendimiento y la competitividad. Horror vacui.

Conocer y tratar a estos “niños” de toda edad es sentirte privilegiado en muchos aspectos, en realidad mucho menos feliz que ellos, y con seguridad mucho más mierdecilla y menos héroe que esos padres que los sacan adelante a diario. Me gusta verlos y que no los escondan. Me causan mucha más ternura, simpatía y solidaridad que la pura caridad que se le supone a quien deja algo en el cepillo o quien antes daba para el domund. Oir al ministro de Justicia que apencaría con una responsabilidad como cuidar de uno de estos niños me hace hervir la sangre porque intuyo que él se crió con nannies y que, para hacer su brillante carrera política de alcalde, presidente de comunidad y ministro, intuyo que también ha tirado de nannies, canguros, internados o mucamas para que se hagan cargo de los suyos alguna vez. No es una cuestión de tener el dinero o los posibles, sino la dedicación, la capacidad de renuncia, el amor y las gónadas bien puestas de estos padres a los que ahora el futuro inmediato les augura que sus hijos pueden verse algo más desamparados que lo que estaban hace unos años.

De parte de estos niños, por si no te llegara su mensaje –ellos son demasiado encantadores, felices o inocentes- ya te lo digo yo: que te vayas a la mierda, ministro.

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