Javier Astasio
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Redescubrir la democracia, por Javier Astasio

A lo largo de  los últimos días y a medida que se acercaba la fecha en la que los griegos deberían votar para renovar su parlamento, nos hemos cansado de escuchar eso de que los griegos inventaron la democracia. De acuerdo, pero bien es verdad que ni aquellos griegos eran estos ni tampoco aquella democracia era la que hoy "disfrutamos", así, entre comillas. De lo que no cabe duda es de que, en 2015, los griegos han redescubierto la democracia, si no para todos los griegos, sí para los que, como ellos, estamos pagando las consecuencias de una crisis que nos ha venido impuesta y ante la que nos han dejado con las manos atadas, no con los pies que nuestros jóvenes usaron para buscar fuera lo que nuestros gobernantes no nos daban.

Los griegos nos han demostrado una vez más es que nada hay peor que el miedo y que a lo único que hay que temer es a ese terrible sentimiento, alimentado desde los medios de comunicación y desde las cómodas poltronas de quienes olvidan que sus escaños son mucho más nuestros que suyos, que sólo los tienen prestados y que les pueden ser arrebatados cuando el daño que, con su desapego cuando no desprecio de la gente, provocan es mayor del soportable. Y eso es lo que ayer hicieron los ciudadanos griegos: ponerse de pie y decir basta a una tiranía que taimadamente se había instalado en sus vidas.

Se me puede decir, lo sé, que haber dado un voto mayoritario a Syriza no va a solucionar de la noche a la mañana los problemas de los griegos, claro que no. Lo que ocurre es que se ha instalado, se va a instalar, sangre nueve en los círculos de poder de Grecia. La sangre de quien no ha abandonado a la gente, la sangre de quien mira como la gente y plantea los problemas que ve la gente, la sangre de quienes comparten las calles con ella y con ella busca las soluciones.

Con esa sangre quizá se reanime el anquilosado organismo en que se han convertido, democracias como la nuestra, quizá el corazón del país vuelva a  latir con fuerza, los pies y las manos sirvan para algo más que calzar zapatos y guantes de fina piel y nos muevan en la dirección que nunca debimos abandonar. Quizá, con esa nueva energía, resucite la ilusión que no hace tanto se veía en las calles. Y no me refiero a la aparente ilusión que parece haber en un fin de semana de copas en los barrios de moda, sino a la del día en calles en las que, hoy, tres de cada cinco comercios tienen sus persianas echadas y otro tanto de las que están levantadas son de un "chino".

Soy de los que creyó y mucho en los socialistas españoles y muy especialmente en Felipe González, pero os aseguro que hoy no soy capaz de reconocerle. Y eso que, con la edad, me he vuelto mucho más reflexivo y prudente. Pero algunos quiebros del que un día fue "Isidoro" y una esperanza real para la mayoría de los españoles son inexplicables, como inexplicable fue la infame rendición sin condiciones de Zapatero a la imposición de la troika que le obligó, nos obligó, a reformar sin previo aviso la hasta entonces intocable Constitución. Algo muy parecido a lo que hizo el prácticamente desaparecido PASOK, que, tras dar su apoyo al gobierno de la derecha que ha sido el ejecutor del austericidio griego, ha acabado laminado y prácticamente desaparecido en los términos de quien ha sido un partido de gobierno, algo que le puede acabar ocurriendo al PSOE que comenzó esta negra legislatura callando y consintiendo, los recortes del PP, tanto los económicos como los sociales y los que tienen  que ver con derechos y libertades.

Para mí esa es la mayor enseñanza de las elecciones griegas: la debacle del PASOK. Una debacle que se ha materializado porque sus dirigentes cometieron el peor de los errores, el de que el partido era suyo y no de sus votantes, el de que Grecia era de sus políticos y no de los griegos. Por eso se han quedado solos. No porque los ciudadanos hayan dejado de pensar como pensaban, sino porque el que fuera su partido, el PASOK, ha dejado de ser en manos de la casta, por qué no decirlo, que lo ha dirigido el partido que satisfacía sus ideales.

No sé qué ocurriré en adelante, fundamentalmente en Grecia, pero también en España, pero, por el cabreo que mostraba un economista alemán entrevistado en la SER, estoy seguro que será bueno o, al menos, no será peor. Entre otras cosas, porque, con su voto, los griegos han redescubierto, nos han redescubierto la democracia. Y eso es lo que más importa.

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