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Eneagrama, por María Miret (@periodistia)

Conoce tu personalidad

Leía hace tiempo una crítica escéptica que se mofaba del eneagrama porque no se puede catalogar a los millones de seres humanos en 9 "personalidades". Y por supuesto, cualquiera que haya utilizado este método de autoconocimiento sabrá que lo simplista que resulta limitarse a cada estructura de personalidad, cuando este cada eneatipo está lleno de matices; en ocasiones, por ejemplo, son más importantes las alas o los subtipos, por no hablar de las circunstancias que rodean a cada persona.

Supongo que el riesgo más común con este tipo de instrumentos es simplificar y, en caso concreto del Eneagrama, bajo mi punto de vista el mayor peligro es encasillar a las personas en un tipo de personalidad, etiquetar con un "yo soy un..." número tal. Como dice un amigo y compañero de talleres de trabajo personal, lo adecuado sería decir "yo me atrapo en" tal eneatipo, de modo que podamos ir detectando esas piedras en las que tropezamos una y otra vez para poder allanar el camino de nuestro crecimiento personal.

Durante años escuché hablar del eneagrama como la "panacea". Cuando lo conocí, pensé: "no es para tanto". De hecho, me pareció que se quedaba a nivel racional, cuando yo había empezado ya un camino de trabajo cuerpo-mente. Sin embargo, cuando descubrí mi eneatipo, con la ayuda de la psicóloga que impartía el curso de eneagrama al que asistí por segunda vez, sentí como si por primera vez en mi vida descubriera quién soy. Después de aquel fin de semana de taller llegué a casa, me senté y me dije: "Maria, te presento a María". Es algo así como: "por fin nos conocemos, ¡cuánto tiempo!". Porque puedes pasar toda una vida sin saber quién eres en realidad.

Desde entonces, el eneagrama me parece una poderosa herramienta de conocimiento personal que, sin embargo, no es más que eso: un instrumento a nuestro servicio que, como cualquier otro, puede ser bien o mal utilizado. Me consta que ya lo usan psicólogos y responsables de Recursos Humanos en los procesos de selección de personal y deseo que sepamos ver nuestro eneatipo como una pista más en el sendero que nos conduce a nuestro interior.

Dice Claudio Naranjo que el eneagrama es la más completa herramienta de autoconocimiento, un instrumento que nos permite "dejar de actuar reactivamente, con automatismos, como una máquina: ante cada situación serás capaz de actuar con conciencia" si conoces tu eneatipo. Y "si descubres qué pasión te domina aprenderás a dejar de actuar como una máquina para empezar a vivir con conciencia", explica en esta entrevista.

Este psicoterapeuta está convencido de que "si buscas el yo, acabarás topándote con la ausencia de yo", pues "lo transformador es sentir el ser", por eso recomienda: "ocúpate del reino del corazón y el resto te llegará por añadidura". Porque "muchos son los llamados, pero muchos son también los sordos" en la invitación a conocerse a sí mismo.

Recientemente, la Fundación Claudio Naranjo ha organizado unas jornadas de investigación sobre cómo influye el carácter en la educación y en la formación, para intentar averiguar si se puede enfocar la educación en función del carácter de cada persona. Todo ello enfocado a una educación integral que tenga en cuenta los tres centros del ser humano de los que habla el psiquiatra chileno: el mental, el emocional y el instintivo, de los que ya hablé en La nueva educación en julio 2013.

¿Educamos para ser humanos? Me preguntaba en diciembre 2010 citando también a Naranjo. De educación he hablado largo y tendido en mi blog. Seguiremos... ...

Javier Astasio
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El que parte y reparte..., por Javier Astasio

Desde que tengo uso de razón vengo escuchando una sentencia, muy machista por cierto, que asegura que la mujer del cesar -del césar no dice nada, de ahí su machismo- no sólo de be ser honrada, sino, además, parecerlo. Está claro que pese a ser madrileña como yo, Lucía Figar, la consejera de Educación del gobierno de Madrid, la que más lloró la primera fuga de Esperanza Aguirre, la que hizo sin prisas y con cámaras del gobierno cuando se olió la tostada del fracaso en Eurovegas, Lucia Figar, no parece haber oído nunca el dicho, porque acaba de adjudicarse, para escolarizar a su hija pequeña, un cheque guardería de mil cien euros.

Adjudicar, adjudicarse, mil cien euros, ella que con su marido ingresa al año más de ciento veinticinco mil euros, para que matricular a su niña en una guardería de élite, mientras en Madrid se han suprimido las becas de comedor, es están cerrando centros y son muchísimas las familias que necesitan, quizá más que ella, escuelas infantiles para cuidar de sus hijos mientras trabaja la pareja, no es sólo una afrenta, y más si es ella quien preside la consejería que diseñó el cheque y los adjudica, sin que es un verdadero insulto para los que, si quieren trabajar para comer y pagar las deudas, deben andar repartiendo bebés por las casas de los abuelos, los amigos o los vecinos.

Lo que más escuece no es el descaro con que l consejera y su marido, el neoliberal Carlos Aragonés, director que fuera del gabinete de Aznar en La Moncloa, ni siquiera que resulte evidente que, para ellos, mil cien euros al año son el chocolate del loro. Lo que me cabrea y cabrea a la gente a la que le queda una pizca de sentido de la justicia es que no es sólo una torpeza de gobernante déspota, lo más cabreante es que lo que acaba de saberse es el paradigma de lo que no es sino una manera de entender la vida y el uso que debe hacerse de los recursos públicos, una visión neoliberal del mundo que entiende que son iguales el bebé de una mujer que lleva comida a casa limpiando oficinas y el hijo de la consejera y el diputado.

Diréis que, en efecto, son iguales, pero nada más lejos de la realidad, porque deberían ser iguales, pero en absoluto lo son. Y la tragedia es que la política educativa que viene haciendo los populares en el gobierno de la Comunidad de Madrid es esa:: desviar los fondos que deberían estar destinados a la escuela pública a los centros privados que siempre acaban por discriminar a sus alumnos para reconducirlos a las "reservas" de los colegios para pobres, mal dotados, a duras penas gestionados por profesores cada vez peor pagados, cada vez más agobiados, con lo cual "la clientela", los niños, acaban matriculados en colegios concertados que, también con fondos públicos, van alejando la enseñanza del sueño de ser obligatoria, sí, gratuita, también, pero en absoluto de calidad, porque, si lo es, lo es por el esfuerzo del profesorado, en absoluto porque esa sea la intención del gobierno.

Madrid está cerrando institutos de barrios obreros, barrios que, salvo excepciones, también votan para su y nuestra desgracia, al PP. Los está transformando, los quiere transformar en centros para la  Formación Profesional, como queriendo reafirmar la teoría de Rajoy de "la estirpe buena", para que, ya desde la cuna, quede claro en que van acabar unos y en qué van a acabar otros. Lo hacen estos neocon y han contribuido a hacerlo, no sé si por razones ideológicas, porque ya dudo de todo, o por razones económicas, también  los socialistas que, durante años, han ido abriendo las puertas por las que, luego, los populares han entrado a caballo.

Creo que, en el fondo, las cosas son así. Pero aunque no lo fuesen, el mero hecho de dar la razón a esa oras sentencia que reza que "el que parte y reparte se queda con la mejor parte" ya es lo suficientemente escandaloso como para que la consejera renuncie a tan escandaloso abuso.

Puedes leer más entradas de "A media luz" en http://javierastasio2.blogspot.com/ y en http://javierastasio.blogspot.es y, si amas la buena música, síguenos en “Hernández y Fernández” en http://javierastasio.blogspot.com/

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Javier Astasio
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La burbuja editorial, por Javier Astasio

 
 
Aún recuerdo cómo todos los años, por estas fechas, en mi familia, incluso por entonces numerosa, tres varones y una niña, se componía el puzle, a veces complicado de cuadrar, de llenar la cartera de tres colegiales, la pequeña quedaba al margen por edad y porque "iba con las monjas", con los libros de texto recomendados por el colegio, un pequeño colegio de barrio, seglar y con nombre de virgen, llevado por una familia, para el que, pese al malicioso y rebelde punto de vista del niño y adolescente que fui en él, sólo tengo elogios y del que guardo buenos recuerdos.
Éramos, como digo, tres hermanos en el mismo colegio y eso ayudaba, porque una gran parte de los libros que yo necesitaba, por no decir todos, los heredaba de mi hermano mayor, con el que me llevaba poco más de trece meses -el traicionero doctor Ogino debió tener la culpa- y que, obligado o por vocación, los cuidaba con esmero, con lo que yo los recibía como de "kilómetro cero".
Aún así, siempre había que conseguir los libros de ese hermano que a veces venían del primo Juan de Dios, mucho más creativo, rebelde y hábil ilustrador, y alguno de los míos que, por exceso de kilómetros, por cambio de profesor, por extravío o por alguna otra razón, había que comprar.
Era entonces cuando se ponía en práctica el plan B que no era otro que el de tratar de encontrar esos libros en buen estado en cualquiera de las librerías de segunda mano -no de viejo, que son otra cosa- abiertas en la castiza calle de los Libreros. Allí estaba la Felipa, con casi medio siglo de oficio y mal humor, pero eficaz como pocos, tasando los ejemplares que le llevaban "los de septiembre", con las asignaturas recién aprobadas, y poniendo precio a los que, casi inmediatamente, nos adjudicaba y tachábamos de la lista, cuidando mucho que la edición no fuese demasiado antigua.
Recuerdo aquellas excursiones al "centro", con un metro recién inaugurado desde mu barrio, después de un año largo de obras infernales, todavía en pantalón corto -genial invento que permite al niño crecer y alargar sus piernas sin resultar ridículo- a una calle demasiado cercana, para las mentes bien pensantes, de la tenebrosa calle de la Ballesta, junto a la que, al final, acabé trabajando.
Recuerdo la última vez que pasé por la calle de los Libreros, hace unos años, en busca de un libro ya descatalogado y recuerdo que apenas tenía que ver con el bullicio que yo recordaba de aquellos septiembres de mi infancia y adolescencia. Creo recordar que la famosa librería de La Felipa ya no existía o acaso no la supe encontrar, pero lo cierto es que la calle estaba muy cambiada y que me dio por pensar en cómo el mal que aqueja a los nuevos ricos y el peso de los lobbies editoriales -yo trabajaba para uno y sé de sobra que algunos asuntos, como éste, eran tabú- en los gobiernos de la España democrática, con sus continuos cambios de planes de estudio, acabaron convirtiendo los libros de texto, incluidos los de algo tan rancio y fosilizado, como la religión, con lo que hundieron el negocio de la compra-venta y enriquecieron a determinados grupos editoriales que tenían, cada curso, un fijo de ingresos en caja.
Era, no me cabe la menor duda, todo un negocio que degeneró en burbuja, en el que lo que sería imposible de otro modo, se sostenía con las ayudas para libros costeadas con dinero público. Y, de aquellos polvos del derroche y el cambiar los textos por cambiarlos, vienen estos lodos de libros carísimos y "de obligado cumplimiento" que cada familia debe comprar a pelo y sin la anestesia de una ayuda, porque estos señores, a los que, probablemente, muchos de los perjudicados habrán dado su voto, no son capaces de ver más allá de los límites de su chalé o la comunidad de vecinos de su lujosa casa y, por ello, han decidido acabar con las ayudas, pero no con la burbuja, dejando a muchas, demasiadas, familias colgados de la brocha en este inicio de curso.
Sería bueno que quienes nos vayan a gobernar en el futuro pensasen más en la gente a la que representan, les voten o no, que en esas editoriales, no ya con periódicos, sino con grupos mediáticos completos que curso a curso han ido hinchando la burbuja que ahora toca desinflar. Si no, ya se encargará la sociedad civil con sus iniciativas y su capacidad de presión quien se encargue de desinflarla.
 
 

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