Javier Astasio
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Tan lejos y tan cerca, por Javier Astasio

 
 
Anda la presidenta castellano manchega, en calidad de secretarias general del Partido Popular, por tierras chinas y anda firmando memorandos, que no acuerdos, en los que se ponen de manifiesto los puntos que tienen en común, oído al parche, el Partido Popular y el Partido Comunista Chino. La aparente paradoja, sólo aparente, se resuelve en cuanto reparamos en alguna de las características del milagro económico chino. Un crecimiento basado en la explotación, casi esclavista, de la mano de obra,  en la prohibición de los sindicatos libres y en el crecimiento a costa de lo que sea, aunque sean el medio ambiente y la sostenibilidad futura del país.
Una vez más, los extremos se tocan, porque la política económica china, que, no hay que negarlo, está sacando al país de un atraso ancestral, simultáneamente está reabriendo, si no manteniendo, el abismo milenario existente en el gigante asiático entre las clases populares y las élites, antes feudales y hoy del partido, porque las expropiaciones forzosas, el abandono del campo como modo de vida está llevando a las nuevas generaciones de chinos a la esclavitud de los salarios mínimos, los horarios agotadores y las ciudades dormitorios.
Con esto no quiero decir que eche de menos la china precolonial o la de Mao. En absoluto podría yo haber vivido en ninguna de ellas, porque a una y otra les faltaba lo que yo más aprecio, la libertad. Pero estar en contra de algo no significa estar a favor de su contrario y es que, en la China de hoy, la libertad, la verdadera libertad, tampoco es moneda de curso legal. Tanto que, casi cada día, tenemos noticia de atentados contra la libertad en China, bajo cualquiera de sus formas.
No sé qué tiene China -y no me refiero a su pasado- para cautivar como lo hace a nuestros políticos. Ya lo hizo con aquel joven Felipe González, que allí aprendió a no hacerle asco a l color de los gatos, siempre que cazasen ratones, sin que a él y a nadie se les ocurriese empatizar con esos pobres ratones que ahora, sin su campo y sin sus tradiciones, bien ahora en ratoneras urbanas, a disposición del gato de turno.
Lo que me extraña es que María Dolores de Cospedal no se haya hecho acompañar por Juan Roig, el propietario de Mercadona que no hace mucho se manifestó encantado con lo que él llamó "cultura del esfuerzo" que se practica en los bazares chinos y que no es otra cosa que una explotación infernal que no respeta, horarios, edades o estado de salud, con tal de hacer caja. Un empresario, este Roig, que acabó de retratarse manifestando estas veleidades, ya que acabó con ellas de un plumazo con toda una leyenda, la de que su empresa era una especie de Arcadia para los trabajadores.
En fin, que a lo que pueda salir de la excursión de Cospedal le temo más que a un nublado, porque conociendo su afición a perseguir sindicalistas, recortar derechos y su política de comunicación, más propia de PCCh que de un partido demócrata europeo. No me extrañaría que, de allí, se trajese algún invento prodemocrático para aplicarlo aquí, porque, al final, los extremos se tocan y China y su Gobierno, aparentemente tan lejos, están más cerca de lo que aprese del sueño de más de un dirigente popular.
 
 
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Javier Astasio
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De aquellos arroces vienen estos lodos, por Javier Astasio

 
 
Por si fueran pocos los motivos de preocupación que agobian a  este país o que, al menos, a mí me agobian, cada vez resulta más evidente que existen intereses, no siempre confesables, dispuestos a llevarse por delante los escasos parapetos que la democracia ofrece a los ciudadanos para defenderse de quienes los quieren silenciosos, sumisos y serviles. Uno de esos parapetos ha sido la libertad de prensa, pero no entendida únicamente como el derecho de los medios a informar, que, naturalmente, es vital, sino como el derecho de los informadores a que se respete su trabajo y, cuando ese trabajo va firmado y aparece en las páginas de opinión, quede a salvo, una vez publicado, de las tijeras de la censura, que nunca es peor que cuando anida en la propia redacción.
Esta reflexión que no es ajena a lo que habitualmente vengo expresando en este blog, viene a cuento de los episodios de censura que últimamente vienen produciéndose en el diario EL PAÍS y que, al menos para mi conocimiento, arrancaron con aquella columna de Santos Juliá mutilada en su alusión a Enric González y aquella amarga carta en la que denunciaba el ERE que estaba a punto de caer sobre la plantilla del periódico, un caso que dio lugar a una carta de protesta de una veintena de intelectuales ligados al periódico, entre los que figuraban, por ejemplo, Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina.
De aquello hace ya unos meses, pero lo más preocupante es que, al parecer, no han aprendido la lección, porque el que maneja las tijeras en EL PAÍS no parece haber entendido que, en tiempos de Internet y redes sociales, por mucho que se reclame el auxilio del Señor Lobo de "Pulp Fiction", siempre quedan rastros y lo censurado se vuelve como un boomerang contra el censor multiplicado, amplificado y glosado por los lectores ofendidos, porque qué es sino ofensa negar al lector criterio y discernimiento para entender algunas cosas.
Como digo, no parecen haber aprendido la lección y en los últimos días, intoxicado por no sé qué intereses o no sé qué principio de autoridad, el censor ha vuelto a intervenir, primero contra un artículo de Miguel Ángel Aguilar, en el que formulaba una serie de incómodas preguntas sobre hipotéticos e ilícitos ingresos del presidente Rajoy como registrador de la propiedad, y, en las últimas horas, contra otro del economista Juan López Torres, Titilado "Alemania contra Europa" , en el que el autor escribe documentadamente lo que desde hace ya tiempo venimos pensando muchos.
Queda claro que, a la vista de que todavía es posible encontrar en la red todo lo que fue censurado, que el esfuerzo del censor no hará sino conducirle a un estado de melancolía, al tiempo que ahonda en el desprestigio por el que parece deslizarse el periódico que, durante años y antes de caer presa de la soberbia, fue uno de los garantes de la libertad de expresión en España.
Supongo que son muchos los intereses creados que atender y muchas las mordazas que las deudas acaban imponiendo a un periódico que se emborrachó de éxito. Pero, al tiempo, convendría que sus responsables recordasen que los que hacen grande los periódicos, los que los alzan y los dejan caer son los lectores, esto último, cuando se sienten engañados.
Y mientras en Miguel Yuste se considera inapropiada la crítica descarnada a Alemania y su actitud de soberbia y superioridad frente a la Europa del Sur, desde las páginas de Die Welt que atienden más a  las protestas contra las corridas de toros que a las masivas protestas de la plataforma anti desahucios, se considera a los españoles poco menos que inmaduros. No es de extrañar que María Dolores de Cospedal se atreva a criticar a los jóvenes que protestan y a ensalzar a los carromeritos de su partido. Tiene todos los triunfos en la mano. Censura y desmesura remando en la misma dirección.
 
 
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Javier Astasio
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Censura y desmesura, por Javier Astasio

 
 
Por si fueran pocos los motivos de preocupación que agobian a  este país o que, al menos, a mí me agobian, cada vez resulta más evidente que existen intereses, no siempre confesables, dispuestos a llevarse por delante los escasos parapetos que la democracia ofrece a los ciudadanos para defenderse de quienes los quieren silenciosos, sumisos y serviles. Uno de esos parapetos ha sido la libertad de prensa, pero no entendida únicamente como el derecho de los medios a informar, que, naturalmente, es vital, sino como el derecho de los informadores a que se respete su trabajo y, cuando ese trabajo va firmado y aparece en las páginas de opinión, quede a salvo, una vez publicado, de las tijeras de la censura, que nunca es peor que cuando anida en la propia redacción.
Esta reflexión que no es ajena a lo que habitualmente vengo expresando en este blog, viene a cuento de los episodios de censura que últimamente vienen produciéndose en el diario EL PAÍS y que, al menos para mi conocimiento, arrancaron con aquella columna de Santos Juliá mutilada en su alusión a Enric González y aquella amarga carta en la que denunciaba el ERE que estaba a punto de caer sobre la plantilla del periódico, un caso que dio lugar a una carta de protesta de una veintena de intelectuales ligados al periódico, entre los que figuraban, por ejemplo, Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina.
De aquello hace ya unos meses, pero lo más preocupante es que, al parecer, no han aprendido la lección, porque el que maneja las tijeras en EL PAÍS no parece haber entendido que, en tiempos de Internet y redes sociales, por mucho que se reclame el auxilio del Señor Lobo de "Pulp Fiction", siempre quedan rastros y lo censurado se vuelve como un boomerang contra el censor multiplicado, amplificado y glosado por los lectores ofendidos, porque qué es sino ofensa negar al lector criterio y discernimiento para entender algunas cosas.
Como digo, no parecen haber aprendido la lección y en los últimos días, intoxicado por no sé qué intereses o no sé qué principio de autoridad, el censor ha vuelto a intervenir, primero contra un artículo de Miguel Ángel Aguilar, en el que formulaba una serie de incómodas preguntas sobre hipotéticos e ilícitos ingresos del presidente Rajoy como registrador de la propiedad, y, en las últimas horas, contra otro del economista Juan López Torres, Titilado "Alemania contra Europa" , en el que el autor escribe documentadamente lo que desde hace ya tiempo venimos pensando muchos.
Queda claro que, a la vista de que todavía es posible encontrar en la red todo lo que fue censurado, que el esfuerzo del censor no hará sino conducirle a un estado de melancolía, al tiempo que ahonda en el desprestigio por el que parece deslizarse el periódico que, durante años y antes de caer presa de la soberbia, fue uno de los garantes de la libertad de expresión en España.
Supongo que son muchos los intereses creados que atender y muchas las mordazas que las deudas acaban imponiendo a un periódico que se emborrachó de éxito. Pero, al tiempo, convendría que sus responsables recordasen que los que hacen grande los periódicos, los que los alzan y los dejan caer son los lectores, esto último, cuando se sienten engañados.
Y mientras en Miguel Yuste se considera inapropiada la crítica descarnada a Alemania y su actitud de soberbia y superioridad frente a la Europa del Sur, desde las páginas de Die Welt que atienden más a  las protestas contra las corridas de toros que a las masivas protestas de la plataforma anti desahucios, se considera a los españoles poco menos que inmaduros. No es de extrañar que María Dolores de Cospedal se atreva a criticar a los jóvenes que protestan y a ensalzar a los carromeritos de su partido. Tiene todos los triunfos en la mano. Censura y desmesura remando en la misma dirección.
 
 
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Javier Astasio
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Decencia y docencia, por Javier Astasio

 
 
No sé si nos hemos parado a pensarlo como merece, pero hace ya bastante tiempo que este país ha dejado de creer en sus políticos y éstos, en lugar de hacer lo imposible por recuperar la confianza de sus votantes, parecen empeñados en darles más razones para agrandar el abismo que, cada vez más, les separa de ellos.
Lo de este fin de semana ha sido para, como hizo en su día Onetti, meterse en la cama y no volver a salir de ella. El miserable sainete de Ponferrada y Ferraz, el tocomocho de Caja Navarra o la terapia de grupo del PP, más para las cámaras que para consumo interno, en la que, seguro, no se escuchó lo que se debería haber escuchado y seguro que no se escuchó esa liturgia de Alcohólicos Anónimos que arranca con la asunción pública de la enfermedad, aquello de "Hola, me llamo María Dolores y soy despótica y torpe"... todo ello bastaría para que un juez dictase una orden de alejamiento entre la mayor parte de nuestros políticos -he citado estos casos que afectan a tres partidos de gobierno- y sus votantes.
Ignoro cuanto tiempo podrá aguantar esta situación, sin más que el consuelo de manifestarse de vez en cuando y firmar peticiones, en la calle o en la red, una sociedad con seis millones de parados, en la que ni siquiera uno de cada dos jóvenes, gran parte de ellos universitarios, ni siquiera encuentra un miserable mini empleo de esos de a trescientos euros la media jornada y, sólo si hay suerte y un poco de decencia, con cotizaciones a la Seguridad Social.
***Abro aquí un paréntesis para contaros que acabo de escuchar a Rajoy cantando las excelencias de Cospedal y he tenido que respirar hondo para no vomitar el desayuno ¡Qué descaro el suyo y qué vergüenza para quienes, cada vez con más esfuerzo, aún creemos en la democracia!***
Os decía que no sé cuanto aguantará una sociedad así, pero me temo que estamos cada vez más cerca del chispazo que lo encienda todo, de ese último atropello, de ese último escándalo, de ese último abuso de autoridad que lo ponga todo patas arriba. Evidentemente, España no es Túnez ni es Egipto, pero, si siguen cargando el platillo de las injusticias no van a tardar en comprobar que el desequilibrio de la balanza puede llevarnos a serlo.
Y, mientras los ancianos recortan en medicinas y comida, mientras los más pudientes de entre ellos mantienen con sus ahorros, si es que no se los ha robado algún banco, y su pensión mantienen a hijos y nietos, mientras los padres que aún podemos ayudamos a nuestros hijos en paro o precariamente empleados, mientras les niegan el futuro... mientras todo esto ocurre, Yolanda Barcina, Miguel Sanz y no sé cuantos consejeros más se llevaban de Caja Navarra, en una mañana o una tarde, los ingresos de toda una familia durante un año.
Mientras se recorta en sanidad, educación, dependencia, transportes, limpieza y todo lo demás, el PP repartía sobres con sobresueldos entre algunos de sus dirigentes, con la complicidad y el silencio de todo el partido, y con la misma complicidad y el mismo silencio se le tapaba el culo al brazo ejecutor de tal falacia, ignorando la indignación de los votantes, propios y extraños, al tiempo que la confianza del ciudadano en el sistema se desmorona a cada minuto.
Pero no queda ahí la cosa. Mientras se nos pide rectitud, decencia, mientras se hacen declaraciones en contra de la discriminación de la mujer en el trabajo, mientras se condena en público la violencia de género, el maltrato y los abusos a mujeres y menores, el PSOE permite pero condena, a toro pasado y vistas las consecuencias, la ignominiosa moción de censura que, con los votos del acosador Ismael Álvarez, le da la alcaldía de Ponferrada, una alcaldía tan vergonzosamente conseguida que ha tenido que renunciar a ella, dejando un costurón en la representación socialista en la ciudad leonesa, que se ha quedado sin concejales y sin prestigio.
Llevan años, pero especialmente lo han hecho en los últimos meses, explicándonos que, lo que hacen, lo hacen por nuestro bien. Y no es cierto. O al menos no es del todo cierto. Porque, de una manera u otra, se las arreglan para poner a cubierto lo suyo, siempre antes que lo del resto. Y esto que digo sirve lo mismo para el dinero, los cargos o el prestigio.
Gastan demasiado tiempo en docencia, cuando, para convencernos, les bastaría con demostrar un poco de decencia.
 
 
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Javier Astasio
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Tienen la credibilidad que tienen, por Javier Astasio

 
 
Tiene cola de león, melena de león, garras de león y ruge como un león, pero hay quien se empeña en convencernos de que no es un león. Es algo "tan de cajón" que pierden el tiempo en intentarlo. Allá ellos, porque, al final, el primer zarpazo va a ser, ha sido ya, para ellos y tengo la impresión de que, de este, no se recuperan. Pese a todos los intentos de explicar lo inexplicable.
Con mucho más aplomo que su jefa, la torpe María Dolores de Cospedal, tan autoritaria como torpe, el inefable Esteban González Pons nos situó ante la disyuntiva de tener que elegir entre la credibilidad del PP y la de su fiero ex tesorero que al verse solo en la selva de los tribunales ha comenzado a dar zarpazos más a diestro que a siniestro. Hizo mal González Pons en invocar aquella credibilidad que les dieron cientos de miles de ciudadanos hace quince meses en las urnas, porque, con tanta promesa incumplida, tanta trampa y tanto trapo sucio al descubierto y tan pocas y fiables explicaciones, de aquel capital político que, efectivamente, tuvieron, apenas quedan migajas. Pero creo que hizo aun peor al emplazar al innombrable Luis Bárcenas ante los tribunales. En realidad lo de Pons fue un brindis al sol, porque quien les emplazó, y por sorpresa, fue el propio Bárcenas, demandándoles por despido improcedente ante la Magistratura de Trabajo.
Efectivamente, señor González Pons, los tribunales dará la razón a uno quitándosela a otros o quién sabe si a la inversa. Pero cuando alguien ha estado recibiendo mensualmente una cantidad fija, con su correspondiente retención del IRPF y las no menos correspondientes cotizaciones a la Seguridad Social, quedando constancia de todo esto, probablemente en una cuenta corriente a nombre del ex tesorero ahora apestado, y, seguro, en la Agencia Tributaria y la Tesorería de la Seguridad Social, malo sería que un tribunal no lo considerase un salario, sea cual fuere el trabajo por el que percibía su contraprestación el demandante.
Para desmantelar la más que verosímil teoría llevada por Bárcenas ante Magistratura, al PP le bastaría con presentar un papel, un sólo papel, firmado por el propio demandante, en el que se estableciesen los términos de ese acuerdo por el que el ex senador recibiría una indemnización "diferida" de más de cuatrocientos mil euros "simulada" como salario por su trabajo en el partido. Bastaría, pero no lo han presentado. Les costaría una importante sanción por fraude a la tesorería de la Seguridad Social, pero taparían de una vez, al menos en este asunto, la boca del que fuera su senador por Cantabria. Y cabe pensar que, si no lo han presentado, es porque no debe existir. Porque Bárcenas puede ser malo, malísimo, pero tonto no es. Y no me lo imagino abriendo un nuevo frente legal sin tener todos los triunfos en su mano.
Cuánto daría por mirar por un agujerito lo que ocurre estos días en la sede nacional del PP. No puedo creer que todos los cargos del partido y mucho menos sus militantes puedan permanecer impasibles ante la ópera bufa que están representando la secretaria general, torpe donde las haya, y todos sus mariachis, mientras el "Don Tancredo" que tienen por presidente en el partido, ellos, y por presidente de la nación todos nosotros, permanece quieto pálido y pintado de blanco, pensando que el león es un toro y que va a "pasar" de él.
Se equivoca Rajoy y se equivocan sus cospedales. Los jueces no entienden de credibilidades sino de pruebas y, de momento, el que las tiene todas y las administra con frialdad es Bárcenas. A este Don Tancredo ya no le sirve de nada la credibilidad de aquellos once millones de votos que difícilmente recuperará en mucho tiempo. Ese toro, insisto, con melena, cola, garras y rugidos de león, es un león y lo único en que su presencia evoca al mundo de los toros es que, ante ella, la dirección de su partido se está comportando como la cuadrilla del bombero torero.
 
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Que entren los payasos, por Javier Astasio

 
Siempre me gustó la canción de Stephen Sondheim, con su amarga ironía. Dónde están los payasos -dice- Que entren los payasos. La canción habla de la farsa de una pareja como tantas otras y la pareja que forman los ciudadanos y sus representantes demasiado a menudo es sólo una farsa.
Ayer mismo, aquí en España, tuvimos más de una ocasión de comprobarlo. El caso más llamativo, el de el lindo Toni Cantó, votado por quienes estaban hartos de PP y PSOE para que les representase en el Congreso, designado portavoz de su partido, UPyD, en la comisión de igualad, que se encargó de demostrar, no sólo que un político con twitter tiene más peligro que un mono con un saco de bombas, sino que, además, tiene una cierta predisposición misógina que debería haberle impedido ocupar tan alto y vistoso cargo en la comisión que se ocupa de tan delicados asuntos. Es lo que tiene la absurda mercadotecnia en que ha degenerado nuestra política. Al final, se colocan frívolamente en las listas caras bonitas que, sin embargo, carecen de currículo o pedigrí suficientes para las responsabilidades que se les pueden venir encima si, finalmente, son elegidos.
El caso de don Antonio Cantó, destilando misoginia y demagogia, al cincuenta por ciento, no es la única evidencia que tuvimos ayer de la farsa en que vivimos. María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular y presidenta del gobierno de Casilla La Mancha, se colocó por primera vez en mucho tiempo ante periodistas con voz que, como intermediarios entre la realidad y su audiencia, quisieron saber cuál fue hasta hace semanas la situación del despasaportado Luis Bárcenas dentro del PP. Una vez más, la falta de recursos, los nervios y, sobre todo, lo insostenible de la farsa, hicieron que el elefante del acto fallido asomase su trompa entre los labios de la señora Cospedal haciéndole la palabra fatídica que lo explicaba todo, pero nunca debió decirse: simulación -se supone que de salario- para abonar una indemnización. Algo que está, no sólo prohibido, sino considerado falta muy grave y que a la avispada de la ministra Báñez le va a traer más de un quebradero de cabeza, porque, después de lo que dijo su jefa en el partido, debería abrir un expediente, de momento y al menos, informativo al Partido Popular, empresa sita en la Calle Génova, número 13.
Son sólo dos ejemplos de la torpeza y pobreza de ideas de quienes, desde el estado mayor o la infantería de los partidos políticos, con largas carreras o recién llegados, nos representan. No es de extrañar, por tanto, que en países como Italia, donde, desde que acabó la última guerra, la política ha sufrido interferencias primero de los aliados, empeñados en desmantelar la fuerza de los herederos de los partisanos, luego de la Mafia, a veces de unos y otros, y ahora de la UE, los ciudadanos hayan optado por hacerle una sonora pedorreta al sistema, derribando para siempre la menos democrática de las opciones, Monti, dando un apoyo inesperado al partido de las cinco estrellas de Beppe Grillo, premiando al vencedor de las primarias de la izquierda, pero no lo suficiente y, lo que es peor, franqueando el paso de nuevo a las marrullerías de Berlusconi, para el que ya he agotado todos los calificativos.
Nos movemos entre la farsa y la tragedia, porque, más allá del castigo y el síntoma que suponen, los resultados de ayer abren un terrible periodo de incertidumbre. Allí, porque los ciudadanos lo han querido, han entrado los payasos. Aquí, sin el permiso de los votantes y visto lo visto ayer, llevaban tiempo dentro.
 
 
 
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De sobres y poder, por Javier Astasio

 
 
Cuentan las malas lenguas que ayer, antes de que centenares de madrileños indignados se reunieran para cantarle al PP las verdades del tesorero, se habían agotado las existencias de corrector de ojeras en las perfumerías de la calle Génova y en alguna otra del centro de Toledo. Y es que la secretaria general del PP necesitó toneladas de la barra mágica, para esconder los estragos que la información publicada por EL PAÍS había dejado en su rostro, a pesar de que, como todos sabemos, es mucho.
Pueden repetirlo hasta la saciedad, pero, esta vez, su mensaje está lleno de fisuras y sus explicaciones llenas de lagunas que restan credibilidad a sus declaraciones reclamando sin éxito, incluso con torpes amenazas, la inocencia de su partido.
Dice el principio de Peter que cada cual alcanza su máximo nivel de incompetencia y es eso lo que le está ocurriendo al presidente del gobierno en su empeño por dejar que los problemas se arreglen solos mientras él se esfuma en la niebla del silencio. Utilizar a la señora Cospedal como perro de verja que ladra a todo lo que se menea, mientras el lee su Marca y fuma puros en su rincón, si alguna vez le ha servido, ya ha dejado de hacerlo. La gente tiene derecho a pensar que quien es incapaz, no sólo de garantizar las cuentas de su partido, sino, también, de sucumbir a técnicas tan miserables como la de repartir en sobres el dinero que entraba ilegalmente en el partido, es del todo incapaz de garantizar la limpieza de cualquier acción del Gobierno.
Rajoy se está ahogando en su propio silencio. Tanto ha defendido su propia honorabilidad y la de los suyos en vano, que ahora, como a Pedro, el del lobo, ya nadie le cree. Y un presidente de gobierno sin credibilidad es del todo perjudicial para su país, dentro y fuera de las fronteras. Con qué cara se va a presentar ante sus iguales, Merkel la primera, este mismo lunes, después del eco que ha tenido en la prensa internacional el escándalo desatado por la salida a la luz del cuaderno de los horrores.
Le van a tomar, les van a tomar, por el pito del sereno y de nada le van a servir la mayoría en el Congreso y su acorazada de injuriar, incluida en parte en los asientos de pagos, la gente está harta, muy harta, de las ratas que campan a su antojo por la despensa del país, mientras, en la mesa, los platos de todos están cada vez más vacíos.
Cuánto echo de menos una oposición fuerte y limpia, a la que nadie pueda replicarle con el "y tú más" que hace bajar los ojos y callar las bocas, cuando tanta falta hace mirar de frente y decir claramente y en sede parlamentaria lo que todos sospechábamos y ahora sabemos, eso para lo que, por lo dicho por Rajoy a Cayo Lara, no está el Parlamento.
Es triste y lo he dicho más de una vez, pero, en este país, para que no nos asustásemos por el coste de la democracia, frente a la aparente gratuidad de la dictadura, alguien decidió disimular y encontrar vías alternativas para pagarlos, a base de "donativos" no tan anónimos, en sobres, bolsa y cajas repletos de dinero, que, más tarde, ya desde el poder, serían compensados en adjudicaciones, obras y recalificaciones. Un sistema que, poco a poco, con el paso de los años, fue reforzando la posición de dos de los partidos, PP y PSOE, que se han ido alternando en el poder, con las consecuencias que ahora estamos padeciendo.
Nadie puede, nadie podía creerse que estructuras como las que tienen ambos partidos se financiasen únicamente con el dinero "a la vista". Ahora estamos frente a la paradoja de tener un gobierno en crisis absoluta, inmoral a los ojos del pueblo y una oposición en su medida no menos inmoral, incapaz de pedir a ese gobierno bajo mínimos que se vaya y convoque elecciones, porque tiene la seguridad de que no alcanzará el poder y de que, si lo alcanza, no acaben por salir los esqueletos que esconde en sus armarios.
La democracia española es imperfecta. Tanto como para permitir que se apruebe una reforma laboral que ha llevado a más de medio millón de ciudadanos al paro. Y lo es, porque en la carera para conseguir un escaño, algunos salen con kilómetros de ventaja sobre el resto y no hablo, en esta ocasión, de la maldita ley de D'Hont, sino del baile de sobres, sean del color que sean, que consagran la triste realidad de que el que paga siempre gana.
 
 
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