Javier Astasio
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Secretos y mentiras, por Javier Astasio

Con todo esto de quién sabía y quién no de la decisión de abdicar del rey, de sus afirmaciones sin sentido contrario, del secretismo y ese no tomar decisiones que parece rodear a la corona, me viene a la memoria la película de Mike Leigh, "Secretos t mentiras", la historia de una familia londinense, en la que nadie dice ni parece querer saber la verdad, por el miedo a que esa verdad pueda dar al que la dice o al que la escucha. Y, si me viene a la memoria, es porque tal parece que estemos rodeados de personajes prudentes y protectores que no nos niegan el acceso a la verdad, como se niega un juguete a un niño, para evitar que pueda hacerse daño con ella. Dicho de otro modo, nos condenan a vivir bajo el ala protectora de quienes, casi cuarenta años después de salir de la dictadura, sigue considerándonos inmaduros que no podemos caminar si no es cogidos a su mano.

Desde que ayer supimos, el común de los mortales, porque otros ya lo sabían, que el rey abdicaba, no he escuchado otra cosa que elogios al rey, elogios que, en su mayor parte, yo he compartido y aún, alguno, compartiría, y, de entre toso ellos, el más repetido el de que "le debemos la paz y la prosperidad de todos estos años". No sé si es porque también escuche ese elogio del tirano Franco, que construyó sus años de dictadura sobre centenares de miles de muertos, desaparecidos, exiliados y penados, pero padezco de una cierta resistencia a creer que las naciones deben nada a nadie, más bien al contrario, los gobernantes hacen el bien o el mal, tienen éxito a fracasan gracias al pueblo y nunca sabremos qué hubiese sido de nosotros si no hubiese estado ahí el rey o su comportamiento hubiese sido otro.

Vaya eso por delante, pero de lo que os quiero hablar es del enorme fraude que, a mi modo de ver, supone el hecho de que sólo unos pocos privilegiados conociesen de antemano la decisión del rey. No es justo y tampoco es honrado. Imaginad si no cuál hubiese sido el tema central de la pasada campaña electoral de haber tenido, por ejemplo, Cayo Lara u Oriol Junqueras esa información en sus manos. No, desde luego, Europa, tampoco el machismo del candidato Cañete. Probablemente hubiésemos hablado de lo que ayer se hablaba en tantos sitios y, sobre todo en las plazas cubiertas de banderas tricolor de cuarenta ciudades españolas.

Ayer nos dijo Rajoy que quien quiera la República plantee una reforma de la Constitución. Y lo dice quien tiene los lazos del, esta vez sí, "atado y bien atado" a  que nos ha llevado tan longevo y lánguido consenso.

Ahora, con las cartas boca arriba, habrá que ver cuántos militantes y, sobre todo, cuántos votantes del PSOE mantienen su fidelidad a un partido que dejó de reivindicar la República por prudencia y ahora sigue en ello quizá por miedo. Estoy seguro que el desplome del partido sería casi total, aunque confío en que en el congreso que se celebrará de aquí a poco más de un mes resurja el tradicional republicanismo socialista y en que se articule de un modo, cuando menos, más sincero.

Miedo o prudencia, secretos y mentiras ene esta abdicación exprés, sin una ley previa que la regule, resuelta con urgencia en menso de treinta palabras, que, por las prisas, me recuerda demasiado a aquella maldita reforma de la constitución sin anestesia ni explicaciones con la que PP y PSOE pusieron, sin dignidad ninguna, la soga del déficit al cuello de los españoles. Y es que no sé cómo acabará esto, pero tengo claro que la clandestinidad y el secretismo no auguran nada bueno.

Para terminar os contaré el final de la película de Leigh. Todos esos secretos guardados durante tanto tiempo y todas esas mentiras piadosas no hacen más que contener y comprimir una verdad que cuando explota lo hace sin control. Esperemos que el sentido común abra los ojos de tanto líder superprotector y se nos conceda a los españoles la mayoría de edad que nos libere de la tutela de unos pocos. Dennos, por favor, los datos y déjennos acertar o equivocarnos.

Puedes leer más entradas de "A media luz" en http://javierastasio2.blogspot.com/ y en http://javierastasio.blogspot.es y, si amas la buena música, síguenos en “Hernández y Fernández” en http://javierastasio.blogspot.com/

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Leales y traidores, por @CarlosPenedoC

A la literatura le gusta la traición, y la lealtad; dan juego psicológico.
Con pocos días de diferencia, dos menciones. Benjamín Prado defendía en un artículo a traidores estilo Julian Assange (Wikileaks), Edward Snowden (espionaje masivo) o Hervé Falciani (dinero negro en Suiza).
Javier Cercas, en su libro sobre el 23-F y en reciente artículo sobre el fallecido Suárez, vuelve a elogiar a traidores como el expresidente, que dinamitó el Movimiento por el que ascendió a primera línea política; como Carrillo, que renunció en la Transición a parte de las posiciones mantenidas durante toda su vida; como Gutiérrez Mellado, que acabó su carrera en las antípodas de su inicio, en la quinta columna de otro golpe de Estado, el del 36. Fueron traidores a su biografía y leales al tiempo histórico en su madurez. Literatura, análisis psicológico o ambas cosas.
En la fórmula establecida por la que los altos cargos de la Administración pública prometen por su honor o juran por Dios hacerlo lo mejor posible, aparece la lealtad al Rey. Literatura. Si recitaran un cuento de Monterroso traducido al esperanto los efectos prácticos serían los mismos, nada les eximiría de cumplir la ley, ni de los remordimientos.
La lealtad es un compromiso personal, particular, de cada uno con su pareja, con su jefe, con su guía espiritual, con su ejercicio profesional o con el cultivo de camelias, lealtad ante su conciencia, y nulo argumento legal. La lealtad se practica y deberíamos desconfiar de quien presume de ella.
Produce escalofríos –casi tanto como la chapuza en su ejecución- escuchar cómo los que activaron el golpe del 23-F y también quienes lo desactivaron utilizaban o se movían por lealtad al Rey, a Franco o a sí mismos, o eso decían, no a la ley ni a sus compatriotas.
En ambos bandos encontramos quienes se agarraron al parecer al testamento de Franco, no al que establecía el reparto de su multimillonario patrimonio, sino al político.

Testamento político de Franco, perfectamente editado.

En ese texto efectivamente aparece el deseo del dictador de que “rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido”. Pero también figura en el mismo testamento la voluntad de “alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España”, y nadie ha invocado su testimonio para avanzar en esos ámbitos.
El marco legal ya estaba claro. El Real Decreto-Ley 10/1977 prohibió a los militares la actividad política.
La Constitución de 1978 señala que “el Gobierno dirige la política interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado”.
Las Reales Ordenanzas que memorizaban los candidatos a oficiales en las academias militares decían en su versión de 1978 que “todo militar deberá conocer y cumplir exactamente las obligaciones contenidas en la Constitución”.
Decía el texto de la Ley Orgánica 6/1980 que regulaba los criterios básicos de la defensa nacional y la organización militar que “el Presidente del Gobierno dirige y coordina la acción del mismo en materia de defensa”.
Ni había ni hay lealtades por encima de la ley.
La lealtad a las personas además es resbaladiza, porque se les puede ir la cabeza y de hecho a la mayoría le ocurre o nos va a ocurrir, incluso al canonizado ex presidente que vivió sus últimos años sin recuerdos del mayor consenso que alcanzó: el que recibió en su contra.
Por mucho que yo jure con lágrimas en los ojos lealtad al consejero de Industria, Energía y Minas de la Comunidad de Madrid, si me para la Guardia Civil y descubre que no tengo la ITV pasada, me cruje.
No hay mayor tranquilidad que circular con la ITV en la guantera y con la pegatina en el cristal, que cumplir la ley. Y luego que cada uno tenga las lealtades que le parezca, que las vaya cambiando con el tiempo o no tenga ninguna.
Allá cada cual con su conciencia.

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Ha pasado trece meses desde que conocimos por El País que militares españoles torturaron en Irak. Esas personas o siguen dentro de las Fuerzas Armadas o andan tranquilamente por la calle. Los tiempos de la responsabilidad política, de la reputación de una organización, nada tienen que ver con los judiciales.

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Suárez y su transición militar, por @CarlosPenedoC

El expresidente sentó algunas de las bases de la defensa moderna: la creación de un único Ministerio, las limitaciones políticas de los militares, la supremacía del poder civil

Carlos Penedo. Artículo publicado originalmente en Estrella Digital.

Los militares que han llevado a hombros el féretro de Adolfo Suárez poco tienen que ver con los que amenazaron la naciente democracia española bajo su presidencia. Y la política de defensa tampoco.
El ruido de los disparos en el Congreso y la voz cuartelera del golpista ejecutor más visible aún ocultan algunas medidas que Suárez puso en marcha durante sus cinco años en la Moncloa.  Entre 1976 y 1981 se inició un largo proceso, se pusieron algunas bases para convertir la política militar en una política de defensa, y quizá el ejemplo paradigmático fue la propia creación de un Ministerio de Defensa en 1977, que aglutinó los tres ministerios existentes hasta entonces, uno por ejército.
En ese lustro los militares comenzaron a pasar de destinatarios de una política corporativa a un instrumento del Estado para la política de defensa, de institución bastante autónoma a organismo enmarcado en la administración general del Estado, de actor político sin prestigio profesional a militares reconocidos por su actuación recibiendo órdenes del Gobierno, del enemigo interior como objetivo a la protección exterior.
Cuenta Gregorio Morán, autor de varios libros sobre el expresidente, que Suárez con 29 años, durante una breve estancia en Sevilla, se presentó en 1959 a las oposiciones para el Cuerpo Jurídico de la Armada, que no aprobó. Una salida profesional para licenciados en Derecho que no parece hoy muy afín a la ambición personal y política que el joven Suárez ya apuntaba. Su ingreso en la Armada hubiera cambiado la historia de España, o no si miramos a otros políticos como Alfonso Osorio, vicepresidente con el propio Suárez, o Federico Trillo, hoy embajador en Londres, que pasaron por esa etapa profesional. Quedó el episodio de las oposiciones en un breve paréntesis de Suárez en su estrecha relación con Herrero Tejedor, al que acompañó en su ascenso primero y luego propio por el Movimiento Nacional.
En la hora de la despedida a Adolfo Suárez es preciso reconocer que gran parte de lo que hizo en relación con los militares se lo debe a Gutiérrez Mellado, en el apartado de normas publicadas en un boletín oficial; y a la navegación diaria corresponde el mensaje claro que enviaba Suárez a la milicia sobre quién contaba con la legalidad y la legitimidad.
Para el historiador Fernando Puell de la Villa, “el principal mérito de Gutiérrez Mellado fue, sin lugar a dudas, haber llevado a buen término la instauración del Ministerio de Defensa. Tampoco deben dejarse de lado otros elementos modernizadores –añade-, cuya importancia no se debe minimizar. Por ejemplo, la reforma de las longevas Ordenanzas de Carlos III, la lucha contra el pluriempleo, la reducción de efectivos y la nivelación de escalas, o la adecuación de determinados símbolos a la nueva situación, en particular la sustitución del desfile anual conmemorativo de la victoria de 1939 por el Día de las Fuerzas Armadas”.
A continuación, un intento de detectar semillas de avance en el mundo de la defensa entre 1976 y 1981, con alguna referencia a la actualidad.

Con Franco, un 40% de ministros militares

Narcís Serra, ministro de Defensa con el PSOE entre 1982 y 1991, recuerda en su libro “La transición militar” que de los 114 ministros que tuvo Franco, 40 eran militares; y también 955 de los casi 4.000 procuradores en Cortes. Este escenario convierte a las Fuerzas Armadas al inicio de la Transición en un actor corporativo privilegiado en un sistema hasta entonces sin partidos, que pasa a un sistema de representación democrática con más actores y donde las decisiones se adoptan por concierto.
Modificando una imagen que ha circulado en estos últimos días, en el ámbito militar no había que remodelar el edificio viviendo en él sin que dejara de funcionar, porque en este caso no funcionaba. Como mucho, había que reformar sin que el inquilino te agrediera.
Suárez entró en diciembre de 1975 en el primer Gobierno de la monarquía presidido por Arias Navarro como ministro Secretario General del Movimiento y en julio de 1976 el Rey le nombró presidente.
Puell de la Villa señala que “la mayoría de los analistas coinciden en afirmar que la transición política se inició con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno y  podría situarse el pistoletazo de salida de la militar con la llegada de Gutiérrez Mellado a la Vicepresidencia Primera del Gobierno para Asuntos de la Defensa en septiembre de 1976”.
Existen precedentes dentro de los ejércitos que intentaron avanzar, sin éxito, hacia la neutralidad del militar en temas políticos, la subordinación al poder ejecutivo, impulsados en gran medida por el teniente general Manuel Díaz-Alegría como Jefe del Alto Estado Mayor y sobre todo antes desde la dirección del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, destinos ambos donde contó con el trabajo de Gutiérrez Mellado como estrecho colaborador.
Los ejércitos en esos momentos son una organización desmesurada, que salía del conflicto del Sáhara, con exceso de oficiales y cuadros de mando envejecidos, donde buena parte de los militares estaban pluriempleados, cuya cúpula basaba su prestigio en la Guerra Civil, con una operatividad muy modesta.
En 1977 la participación de Defensa en los Presupuestos del Estado era del 15%, el triple que en la actualidad, lo que da idea de su tamaño exagerado y de la elevada factura total de salarios normalmente bajos, y también refleja el porcentaje unas cuentas públicas que aún no tenían el IRPF salido de los Pactos de la Moncloa.

“El Ejército no está para mandar, sino para servir”

Palabras de Gutiérrez Mellado en su toma de posesión: “No olvidemos nunca que el Ejército, por muy sagradas que sean sus misiones, está no para mandar, sino para servir; y que este servicio, siempre a las órdenes del Gobierno de la Nación, es exclusivo para España y para nuestro Rey”.
La separación de los militares de la política se instrumentó mediante el Decreto-ley 10/1977, aprobado en febrero de ese año, y supone una de las primeras medidas legales en el ámbito militar del Gobierno presidido por Adolfo Suárez. Se trata de una normativa muy estricta, que prohibía cualquier actividad política y sindical en el seno de los ejércitos, disponía el paso a la situación de retirado y sin posibilidad de reingreso de cualquier militar de carrera que se afiliara a un partido, fuera candidato en elecciones o aceptase un cargo público. El propio Gutiérrez Mellado y el ministro Osorio se vieron afectados por la norma y pasaron a la situación de retiro.
Para el exministro Narcís Serra se trataba de lanzar a la sociedad y a los militares un mensaje contundente, aunque no se muestra muy optimista sobre sus efectos, ya que “frenaron la difusión de ideas democráticas en los ejércitos españoles”. Doce años después el propio Serra estableció una regulación mucho más flexible.
Dando un salto hasta la actualidad, hace unas semanas el Ministerio de Defensa tuvo interés a través de una nota de agencia de noticias en informar a los interesados de que los militares en servicio activo no podrán participar en las primarias abiertas que el PSOE convocará previsiblemente el próximo mes de noviembre por tratarse de un "acto de colaboración" con un partido, incompatible con la obligación de "neutralidad política" que queda establecida en la Ley de Derechos y Deberes de los miembros de las Fuerzas Armadas.
Aún perviven hoy resistencias hacia la participación política de los militares, incluso de carácter anónimo y sin ostentación de uniforme o profesión, circunstancia discutida y discutible por especialistas en derecho constitucional.
Un tema cercano es el de las relaciones e incluso tensiones entre el ámbito político y el militar, que entran dentro de la normalidad en un régimen democrático, que han llevado hasta al presidente de Estados Unidos a cesar fulminantemente en 2010 al máximo responsable militar norteamericano en Afganistán, Stanley McChrystal, por un reportaje en la revista Rolling Stone en donde deslizaba críticas hacia el equipo político de Obama.

De tres ministerios a uno

A pesar de que durante la guerra civil tanto la República como el bando franquista tuvieron un ministro de Defensa, Franco decidió en 1939 crear tres ministerios militares, que se mantuvieron hasta dos años más allá de su muerte. Las causas hay que buscarlas en los recelos al excesivo poder que pudiera concentrar una sola persona, y también la utilidad de sentar tres uniformados en el consejo de ministros. Como clara desventaja, la dificultad de coordinación, cada ministerio militar se dedicaba a defender los intereses de cada ejército, la difícil actuación integrada, la interlocución directa a la que se acostumbraron con la jefatura del Estado.
La creación del Ministerio de Defensa se considera uno de los principales logros de la política de Defensa de Suárez incluso por parte de los propios protagonistas, aún con todas las resistencias, limitaciones al nuevo organismo y cantones independientes que incluso hoy se mantienen.
Aunque existieron planes previos y la decisión ya estaba tomada, Suárez prefirió esperar para crear el nuevo Ministerio al reconocimiento del PCE y a la celebración de las primeras elecciones generales que le legitimaban en el puesto, y así finalmente se hizo en julio de 1977.
El Ministerio de Defensa nace con la obligación de que militares de carrera ocupen los altos cargos y no se hizo depender de él las áreas correspondientes de los ejércitos, circunstancia especialmente llamativa en armamento y material, cuya dirección general debía desempeñar sus funciones “de acuerdo con las normas y especificaciones que señalasen los cuarteles generales de los ejércitos”, según recuerda Serra.
Durante los primeros siete años de vida el Ministerio de Defensa no tuvo sede propia, pero aún así su creación, que no despertó una oposición frontal como otros temas, permitió colocar los cimientos de los avances de una transición militar que se prolonga al menos hasta finales de los 80.
A pesar de la creación del Ministerio de Defensa, su estructura quedó como algo al margen de lo militar, como mucho con la misión de dotarlo de medios humanos y materiales, pero sin competencias directas sobre la fuerza, al margen de la cadena de mando que enlazaba directamente al jefe del Estado con los ejércitos.
Puell define la situación creada con el nuevo Ministerio en una “autonomía de las Fuerzas Armadas respecto a la administración general del Estado, quedando inmersas en una especie de limbo de difícil encaje legal y ajeno al Gobierno, situación que éste optó por mantener, de forma que la política militar quedase totalmente en manos de los militares”.
En los dos años primeros años de vida Gutiérrez Mellado fue el primer ministro de Defensa, hasta que en abril de 1979, ya en la segunda legislatura, ocupó la cartera Agustín Rodríguez Sahagún, primer civil en el puesto en medio siglo y titular del área el 23-F. El primero siguió como vicepresidente del Gobierno para los asuntos de la Seguridad y la Defensa Nacional, y ambos cesaron el 26 de febrero de 1981 cuando se formó el nuevo Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo con Alberto Oliart como ministro de Defensa.
Aún hoy, siendo muchos los cambios, los responsable del Ministerio de Defensa continúan, por ejemplo, avanzando en la reducción de los órganos de contratación –200 hasta muy recientemente- y centralizando adquisiciones como combustible, informática, electricidad, limpieza o seguridad.
Con mayor relevancia económica y política, la Dirección General de Armamento se encuentra a punto de culminar un proceso de concentración de competencias y programas hasta ahora dispersos, los fondos, las decisiones y la responsabilidad, entre los cuarteles generales e incluso la propia industria de defensa.
La organización sigue mostrando resistencias incluso a la figura de un mando militar operativo único, que es el Jefe de Estado Mayor de la Defensa –JEMAD-. Hace no mucho tiempo, en acto público, un primer jefe de uno de los tres ejércitos se quejaba de que “el entrenador que está toda la semana con el equipo no ejerce cuando se juega el partido”, en alusión a que quien adiestra las unidades a la hora de la operación real no interviene, forma nada disimulada de cuestionar la figura del JEMAD y de desligarse de las decisiones operativas que toma el Gobierno.

Espías y OTAN, objetivos pendientes

Dos importantes asuntos quedaron en el quinquenio de Suárez a medio hacer, la reforma de los servicios de inteligencia y el ingreso de España en la OTAN, ambos curiosamente muy relacionados con el 23-F.
En el decreto de 1977 que fija la estructura del nuevo Ministerio de Defensa aparece un nuevo órgano de inteligencia, el Centro Superior de Información de la Defensa –CESID- que agrupa dos servicios preexistentes, el creado por Carrero Blanco para vigilar a la oposición (Servicio Central de Documentación de la Presidencia del Gobierno, SECED) y la Segunda División del Alto Estado Mayor.
Juzgándolo por los resultados, el nuevo CESID pudo ser un primer paso para racionalizar la inteligencia pero no fue posible por los cambios frecuentes en su dirección, por su descoordinación; y sobre todo porque no pudo o no quiso desactivar el 23-F e incluso algunos de sus integrantes participaron activamente en el golpe.
Precisamente el golpe de Estado es directamente responsable del segundo asunto, la acelerada integración de España en la OTAN decidida por Calvo Sotelo como método de civilizar las Fuerzas Armadas y también para evitar que la victoria del PSOE en las siguientes elecciones, que se daba por segura, pudiera truncar el proceso.
Suárez y Gutiérrez Mellado fueron especialmente cautos con la pertenencia de España a la Alianza Atlántica, probablemente con el fin de evitar un nuevo tema de enfrentamiento en el debate político, con toda la oposición de izquierdas radicalmente en contra.
La evolución del asunto es conocida, Calvo Sotelo aceleró el proceso, en otoño se produjo un bronco debate parlamentario, en diciembre de 1981 el Consejo Atlántico aceptó y el ingreso fue formalizado en junio de 1982.

La autonomía política hoy es corporativa

“El poder civil no ejerció el mando sobre las fuerzas armadas en el sentido real del término hasta mediados de los ochenta”, confiesa el propio Narcís Serra.
El rechazo de una parte importante del colectivo militar a la nueva etapa democrática queda fijado como en una fotografía en el texto de la Constitución de 1978, y se prolonga en el tiempo en los ámbitos donde el exministro sitúa las reservas de autonomía, que suelen ser los campos de la Justicia y la Formación.
Por una parte, en pocos asuntos como éste la Constitución de 1978 es hija de su tiempo y de la relación de fuerzas entonces existente. Con ser un avance importante –en partes como la separación de los ejércitos y la policía-, conserva una apreciable dosis de ambigüedad en varias aspectos que la llevaron a no ser un punto de referencia sólido en la reforma militar.
Se ha debatido con generosidad sobre la inclusión de las Fuerzas Armadas en el Título preliminar dedicado a las instituciones y poderes del Estado, con lo que indirectamente se reconoce una autonomía como institución más allá de la política y de la administración del Estado de la que forman parte.
La redacción final del artículo 8, que encomienda a las Fuerzas Armadas la misión de "garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional" es muy similar a la del artículo 37 de la Ley Orgánica del Estado de 1967.
Una futura reforma del texto constitucional debiera contemplar la revisión en profundidad de cuantas referencias aparecen en el texto a lo militar, la paz o la guerra, o la inexistencia de la administración militar que allí aparece, por obsoletos.
El actual JEMAD acabó su formación superior de oficial en la Escuela Naval Militar de Marín en 1976 y el Jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra en 1974. La organización que les formó y a la que se incorporaron como alférez de navío o teniente no tiene nada que ver con la actualidad, afortunadamente. Lo que no implica que las Fuerzas Armadas hayan avanzado mucho más en cuanto a modernización material y capacitación de sus miembros que en la propia organización, el Ministerio de Defensa, que aún tiene mucho que avanzar como entidad única. Las reservas de autonomía que en el pasado escondían el rechazo al cambio político se explican hoy por la defensa de ventajas corporativas.

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Javier Astasio
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Mayorías, por Javier Astasio

 
 
Andan ahora loe medios de comunicación -y con ellos los partidos- enredados en sondeos acá y allá, sobre esto y lo otro, con la intención de medir la profundidad de la herida que está dejando la crisis en el electorado español, algo que resulta casi tan absurdo como pedir una analítica para un cadáver.
Basta con asomarse a las calles y plazas, con abrir las orejas a algo más que telediarios elaborados al dictado para darse cuenta de que a los partidos, especialmente a los dos mayoritarios, la gente de la calle, la de verdad, los quiere más bien poco.
Siempre he escuchado, y así lo creo, que la mayoría social de este país es de centro-izquierda, en el que, sin embargo, también es cierto que, cada cierto tiempo, la derecha gana con demasiada facilidad.
Qué ocurre entonces. Por qué, entonces, una mayoría de centro-izquierda, progresista, acaba estando bajo gobiernos, no ya de derechas, sino muy conservadores y, para algunas cosas, ultraconservadores.
Creo que la respuesta está en la pobreza de las alternativas que se ofrecen ante las urnas a los votantes de izquierda.
Dicho de otro modo, esa indiscutible mayoría de centro izquierda, al final, acaba teniendo apenas tres opciones ante las elecciones: PSOE, IU y abstención. Si sumamos estos tres factores, obtendremos un retrato de esa mayoría, incluso corrigiendo el dato de  la abstención que, sin duda, al que habrá  que descontar una parte aunque mínima de abstención llamémosla pasiva. En otros países esa alternativa la ofrecen los verdes y sus coaliciones, por la izquierda, o los liberales por el centro derecha, pero en España hemos perdido demasiado tiempo cultivando el voto útil que en último extremo ha acabado haciendo coraza en el bipartidismo que, querámoslo o no, está en el origen de nuestros males.
La soberbia del Gobierno y la pasividad resignada de la oposición socialista, sólo tienen sentido si se  graban en piedra los resultados arrojados por la foto fija, que otra cosa no es, de las elecciones. Pero hay que tomar conciencia de que este país en crisis, no sólo económica, está cambiando y mucho. No hay más que hacer las cuentas de las movilizaciones de la semana que concluyó ayer para comprobar que hay una mar de fondo en la que se expresa el descontento y la frustración de más de dos años de deterioro generalizado, fundamentalmente económico y social, pero causado por otro más grave que es el deterioro de la misma democracia.
Ahora que afloran y se perdonan menos los casos de corrupción, escuchamos que quienes fomentan esa carcoma, las grandes empresas que contratan con la administración, pagan a cualquier partido que gobierne, lo que explicaría que su propósito no sería favorecer a uno frente a otro, sino conseguir que todos acaben dependiendo de sus "donaciones". Ese ha sido el peor de los males, la hipertrofia de los partidos que, al final, los pone en manos de los de siempre.
Por eso es necesario que toda esa fuerza que ha salido a las calles se articule en un partido, una coalición, algo, para reconstruir esa mayoría de centro-izquierda que este país tiene y devolverle el poder y, desde él, rehacer el traje constitucional para que nunca, nunca, vuelvan a repetirse los atropellos ni los vacíos de poder frente a Europa que  tanto daño nos han hecho.
 
 
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